La fuerza se funda en la opinión. ‎¿Qué es el gobierno? Cuando falta la opinión, nada."

Propaganda ¿o Guerra de Lodo?

En el exilio de Santa Elena, Napoleón escribió: «Para ser justo no basta con hacer el bien; es necesario, además, que los gobernados estén convencidos de ello. La fuerza se funda en la opinión. ‎¿Qué es el gobierno? Cuando falta la opinión, nada.»

Treinta años más tarde, Lamartine anunciaría el ingreso de la humanidad a la «era de las masas». La socialdemocracia europea inventaría el partido y el discurso de multitudes. Cuando murió el diplomático, en 1869 , nació el emblemático Partido Socialdemócrata Alemán.

Jules Monnerot, fundador del Partido Comunista de Martinica, escribiría: «Los poderes destructores que contienen los resentimientos humanos pueden ser utilizados, manipulados por especialistas, casi como cualquier material explosivo». Así se establecieron las bases de lo que vendría.

El hombre moderno está asombrosamente dispuesto a creer, decía frecuentemente Mussolini. Hitler apostaba a que el hombre tenía una «disposicion casi femenina a la impresión que se produce en sus sentidos, más que a la reflexión».

Leni Riefenstahl, su productora cinematográfica estrella, reseñó en la película «El triunfo de la voluntad», que el Führer alcanzó a prometer en sus discursos: «Cuando lleguemos al poder, cada mujer alemana obtendrá un marido».

En su esencia, la propaganda hitleriana era un llamado a la sangre, a la guerra, una invocación a lo racial y a lo mesiánico. La propaganda alejó al pueblo alemán de toda posibilidad racional. Fue conducido a la locura del éxito, después de la penuria, el costo y el hambre de la derrota en la Primera Guerra. El pasto estaba seco.

La propaganda soviética de la Guerra Fría tenía como fin colectivizar los medios de producción. Utilizó para ello técnicas y métodos de persuasión sicológica, hoy asumidos por la comunicación moderna a partir de la realidad de cada pueblo.

‎La propaganda y la democracia, decía Goebbels, no son incompatibles, ya que «la propaganda es la medida de control de los estados democráticos, equiparable a la fuerza y el miedo utilizados por los estados autoritarios».

Aún más: «en la democracia hay dos tipos de ciudadanos: la élite o clase especializada y la población o rebaño desconcertado. La élite es la que emite la propaganda y controla, o por lo menos lo intenta, a la población».

‎Las grandes campañas publicitarias de propaganda llevadas a cabo por el aparato norteamericano se dispararon después de la Primera Guerra y durante la gran depresión que duró una década. Se inyectó a las nuevas generaciones el espíritu de superioridad occidental y de dominación.

Sus impactos fueron dirigidos a adecuar la conducta electoral, las creencias, juicios y valores con el protestantismo militante en todos los sectores sociales que generaban opinión o que pudieran influir en su formación.

Reforzar ideas y creencias, procesos de persuasión, las formas de violencia social y la preparación ideológica de cara al ingreso en la Segunda Guerra Mundial. Los estudios de Lasswell, Lazarsfeld y Popper son esenciales.‎ En la actualidad es difícil distinguir la propaganda política de la publicidad comercial. El cliente es el mismo.

La propaganda es efectiva sólo si está conectada a la realidad

Los partidos políticos, los sindicatos, los grupos de interés y de presión, las universidades y el gobierno generan propaganda, con distintos objetivos y misma plataforma: lograr el consenso social en apoyo de sus posiciones.

Pero de ninguna manera es cierto que la propaganda sea un producto que pueda fabricarse en el alto vacío, ni en el confinamiento de un laboratorio. Los objetivos de la propaganda deben establecerse a partir de lo que indican la realidad y el pulso social.

La propaganda no es magia, ni genera por sí misma espontaneidades o movimientos a favor o en contra de «algo». No es un producto que se pueda lograr tabula rasa, es decir, haciendo a un lado lo que lo perjudica y centrándose en lo que se quiere lograr.

El triunfo o fracaso de un programa propagandístico no se encuentra ni en la calidad de su diseño, ni en la cantidad de dinero que se utilice para lograr su profusión ‎. Esos son sólo atributos. La esencia de la propaganda es su contenido. Si éste va de la mano con la realidad, tiene el éxito garantizado.

Si algún producto social debe estar metido bajo la piel de un pueblo, latiendo al mismo ritmo que su pulso colectivo, ese es la propaganda política. Cuando no se logra insertar su contenido con la esperanza o los objetivos de una población, todo es inútil. El ingenuo que lo pretenda se encuentra en las manos del primer adversario perspicaz que aparezca.

Los toluquitas no tienen derecho a quejarse de los opositores

Si alguien no tiene derecho a quejarse de la propaganda que utiliza el opositor, es el gobierno‎, por la simple y sencilla razón de que el aparato público tiene a la mano los datos duros de su programa y la inmensa red de comunicación para «llevarse el gato al agua».

Un gobierno que se queja del éxito de la propaganda de sus oponentes, es un gobierno que admite la derrota en sus propias narices; incapacitado para comunicar y para influir en la mente y la disposición del colectivo, en función de objetivos superiores.

Es como si un ladrón se quejara de la policía o de los rateros que viven al lado.‎ No tiene la legitimidad para hacerlo. Mejor que se dedique a otra cosa. El que no quiera quemarse, mejor que salga de la cocina, decía Truman. El que no quiere ver espantos, que no salga de noche, decimos acá nosotros.

‎De igual modo, la propaganda contraria se haría agua en las manos de la oposición si no estuvieran dadas las condiciones en el flanco oficial para que fuera aceptada y asumida sin más por la población perjudicada. Por sí misma, la propaganda no tiene favoritos.

La propaganda está al alcance del que quiera conquistarla. Todo es cuestión de ideas y de sensibilidad para lograr el leit motiv (música, colores, símbolos, frases) del mensaje, la idoneidad del medio, la duración y espectro del contenido.

Hay razón en todo de lo que acusan a los priístas

‎En un momento en que el partido oficial mexicano debiera estar abocado con sus seis sentidos a despertar la simpatía del electorado para refrendar el apoyo que le urge al sistema y aterrizar sus planteamientos políticos, la propaganda no aterriza, no existe, no «prende», es demasiado baladí .

Al contrario, todos los candidatos del PRI, tanto a los gobiernos estatales, como a diputados federales, están tocados por los dardos lanzados por la oposición de todos los colores. Sin posibilidad de réplica alguna.

Están sólo aguantando la vara, sin poder levantar cabeza. No tienen qué ofrecer. Si las elecciones de medio período son una especie de referéndum para el gobierno federal en turno, tal parece que la sentencia del pueblo está emitida de antemano.

Sí alguien de la oposición endereza contra los candidatos del régimen la acusación de corruptos, ésta llega hasta sus partes blandas de inmediato. Han levantado al santo y las limosnas. Hay dos billones de pesos sustraídos por Videgaray del circulante que no aparecen. Resultados de la «lucha anticorrupción» (jejeje) , hasta el 2018.

Si los acusan de poco aptos para el ejercicio del gobierno, esto parece un retruécano, por las muestras evidentes que sus «superiores» han dado desde el Palacio. Aparte de su inutilidad, todavía han abusado del patrimonio nacional e inflado muchas veces el costo de obra pública.

Lo que es peor, si son acusados de complicidad en asesinatos de autoridades federales y estatales desde los cuerpos policíacos, desgraciadamente no pueden defender su inocencia, por la percepción social que existe sobre delitos de desaparición forzada, reconocidos ante supervisores internacionales.

‎Si los acusan de haber provocado la crisis económica nacional y las políticas fiscales regresivas, están hablándoles casi de su especialidad, pues si algún grupo ha arrasado con la planta productiva y el empleo de este país es el «gobernante».

Igual que si los tachan propagandísticamente por haber atizado el encono de pobres contra ricos, de haber pulverizado a las familias y a los amigos por el asunto de la pobreza, van a estar dando en el blanco permanentemente.

Si los acusan de ignorantes y nepotistas, no pueden hacer como si la Virgen les hablara y voltear hacia otro lado, pues han dado pruebas suficientes desde el gobierno de violar todas las normas de idoneidad, todas las reglas de respeto institucional hacia los cargos públicos y sus haberes.

Si los hacen responsables de estar subastando la soberanía nacional y haber endeudado al país hasta el cogote‎, aparte de acabar con el prestigio exterior de México, no tienen otra cosa que hacer que pasar aceite.

La sentencia popular: el PRI va a perder

Desgraciadamente, no pueden cambiar de caballo a la mitad del río. Aceptaron las postulaciones creyendo en el prestigio de un régimen y su facilidad para «escurrir el bulto» con propaganda política en los niveles más altos de audiencia del «canal de las estrellas», entre los impolutos comentócratas y los noticiarios de postín.

‎Ahora no pueden llamarse a engaño. Salieron a la calle a dar la cara por sus candidaturas y se llevaron la sorpresa de estar cargando a lomo con el descrédito popular y las reclamaciones de haber hecho a un lado todas las promesas de campaña . De haber sido timados por los de Zacazonapan.

‎Los candidatos priístas a los gobiernos de Nuevo León, Sonora, San Luis Potosi, Colima, Baja California Sur y Michoacán se tambalean. La mayoría en la Cámara de Diputados será cosa del pasado. El DF, ni pensarlo.

En descargo, como en todos los partidos del sistema hay huellas de corrupción, en las campañas se juega «Juan Pirulero» y esto se ha convertido en un chapoteadero donde se libra más que una batalla de propaganda, una verdadera guerra de lodo.

‎Los encuestadores a modo dicen que la votación va a ser igual que los últimos años, cuando ha ganado el PRI. Dan brincos de gusto por la posibilidad de que el desprestigiado partido Verde vaya a legitimar el triunfo del partido oficial. Trabajan para la quimera.

Acarrean con la falta de palabra y de prestigio de un régimen.

Sin el apoyo de la opinión el gobierno es nada.

Toda opinión en contra es bienvenida.

Contra eso, ninguna propaganda política puede hacer nada.

No es problema de la propaganda. Es una simple cuestión de Estado.

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