La intolerancia progresa en todas partes y mata a gran escala

Por las crisis, perdimos la naturaleza

La intolerancia progresa en todas partes y mata a gran escala. Su avance plantea incontables cuestiones morales y políticas para la raza humana. Se considera una seria amenaza para la supervivencia.

Se opone a la aceptación y al aprecio por la biodiversidad, la autosuficiencia alimentaria, la seguridad y la capacidad de vivir. Es contraria al privilegio de gozar derechos y libertades, sin vulnerar los del prójimo.

Más de doscientos años después de que Voltaire condujera una batalla filosófica contra el sectarismo y la injusticia que sustentan y legitiman la intolerancia, ésta se ha vuelto patrimonio de los intereses enraizados.

En sólo treinta años, hemos atravesado por dos mega-crisis financieras que han estado a punto de causar el colapso planetario. La voracidad financiera es el verdadero jinete apocalíptico.

La primera crisis, cuando a principios de los ochenta se agotó la viabilidad económica de los países banco-dependientes del hemisferio occidental. En México se nos informó de la existencia de «un problema menor» de «flujo de caja».

En realidad, de lo que se trataba era que se había extinguido la capacidad de los países latinoamericanos para pagar ni siquiera los intereses de la pavorosa deuda que ya entonces hacía estragos, ni la suerte principal de las mismas, contraídas la mayor parte para hacerle al Tancredo de los intereses financieros.

La única solución que vieron los financieros del FMI y del Banco Mundial para resolver esa fatal disyuntiva, fue la que les permitía llevarse la parte del león: abalanzarse sobre los recursos de la biodiversidad, sobre el capital de la naturaleza en los países pobres.

‎Propusieron, y les fue aceptado, que en lugar de entrar a una moratoria, los países pobres vendieran a intereses empresariales extranjeros, a precios y créditos blandos, los derechos sobre petróleo, bosques, agua, recursos minerales y extractivos, etc. Así, no dejaban de pagar y seguían acrecentando la deuda en esta tienda de raya.

‎Los operadores de las transnacionales en los países dependientes, se dieron a la tarea del arrase. Situaciones cutres de expoliación sin medida de los recursos naturales, llevaron a regiones enteras del planeta a límites de guerra civil.

Detrás de las compañías locales operadoras, no sólo se encontraban las filiales en cada país, sino los pavorosos «conflictos de interés» —que en México “acabamos de descubrir”, por las casas de Peña y Videgaray—de políticos y militares poderosos.

Como la frivolidad lopezportillista vio este asunto como un “conflicto de flujo de caja”, planteó la solución: estatizar la banca. Lo que pasaba es que los prestanombres privados de la banca sólo eran el extremo de una pinza mayor, operada por enormes intereses.

En 2008, el colapso de la economía mundial

El verdadero problema de la crisis de pagos de los ochenta lo constituía la voracidad financiera internacional. La solución mexicana planteaba la pelea en el buen sentido, pero contra los locales, sin una sola posibilidad de ganarla contra los intereses reales. Eran fuegos de artificio. Por otro lado, nunca se habló de librarla resguardando los recursos soberanos.

‎La segunda gran crisis, conocida como «dotcom 2000», fue detonada por el boom del índice Nasdaq que orilló a los estadounidenses a comprar computadoras, en lugar de hacerse de carro y casa, eje histórico de la bonanza de los grupos financieros.

Montándose en una realidad virtual, generaron una recesión económica más grande que la causada por sus abuelos en 1929, dedicados a comprar acciones de la Bolsa, creyendo que por sí mismas daban de comer.

Ante la inestabilidad provocada por Bush II con el auto-atentado a las Torres Gemelas –para sustentar la invasión a Iraq– el gobernante idiota optó por la salida fácil de dar carta blanca al mercado de capitales para que éste financiara la adquisición de viviendas.

De esta manera, Bush hijo daba a su pueblo la garantía de la «estabilidad» del sistema financiero de Wall Street.

En el acto, la Reserva Federal de Alan Greenspan redujo drásticamente las tasas de interés en un período muy corto, del 6% al 1%, produciendo dinero muy barato con el que 8 mil bancos iniciaron una operación letal.

Todos los agentes financieros promovieron en su beneficio una agresiva expansión del crédito hipotecario, generando activos «tóxicos» (por ser documentos sin probabilidad de pago) que inundaron al planeta. Brindaron la oportunidad de ser utilizados en todo tipo de transacciones comerciales y mercantiles, y se reprodujeron como hongos.

Todos especularon con los precios de los inmuebles y con los costos de la hipotecas subprime, generando una burbuja inmobiliaria, mayor que la informática «dotcom» de dos años antes, que fue la base de la destrucción financiera masiva del sistema global.

Se recalentó la economía, Greenspan volvió a subir las tasas de interés inesperadamente, y la burbuja‎ inmobiliaria, junto con los precios de los «activos tóxicos», estalló, causando el colapso de la economía planetaria.

Ahora, la voracidad a los productos del conocimiento

Todo quedó deteriorado. En todo el mundo, se sucedieron vertiginosamente las quiebras, las incertidumbres en las cotizaciones bursátiles, las intervenciones de bancos centrales, las nacionalizaciones bancarias, las recesiones y las quiebras de los países.

Ese apetito de las ganancias fáciles de los grupos financieros –cuyo ejemplo fue la quiebra de los mayores hipotecarios mundiales, Lehman Brothers, JP Morgan, Citi Group, etc.– todavía tiene al mundo conteniendo la respiración.

A siete años de distancia de ese colapso, los efectos se resienten en Europa (España, Grecia, Irlanda), Japón, China y lo que se pueda aún acumular. Causó la mayor crisis financiera, económica y humana de la historia.‎ Y junto con la de 1980, en el lapso de 30 años, demostró varias cosas:

Fundamentalmente, la precaria evolución del cerebro humano en los millones de años vividos sobre la Tierra. Equipado ancestralmente sólo para actividades de defensa y ataque, para reacciones inmediatas como cazar, procrear, guarecerse, atender funciones fisiológicas, no estira más.

El cerebro humano no tiene desarrolladas sus ignotas capacidades‎ prospectivas, ni preventivas ante el colapso de todo género. No se le puede tomar en cuenta en la solución de los gravísimos problemas que el hombre genera con su voracidad. Es una «solución inexistente».

No tiene respuestas ante la imperiosa necesidad de moderar la voracidad financiera, pues ésta es parte de la condición homínida de acumular, sin compasión ni medida, en detrimento de la especie viviente que sea.

Inmediatamente, en el Imperio surgió otra opción: la de los futurólogos del conocimiento.‎ Parten del supuesto que las guerras no tienen futuro, porque ahora ya la voracidad se trasladó, de los recursos naturales, a los productos del conocimiento.

Cambiemos de planeta; otro donde no haya toluquitas

Ven imposible que la presa de cacería sea, por ejemplo, la conquista de Silicon Valley, fuente de pensamiento e invención. Como todo lo natural puede sustituirse con remedios genómicos y biológicos en laboratorio, podemos producir petróleo, medicina y comida, en base a microbios y materias fósiles.

Hasta ahí está bien el argumento. Sin embargo,‎ la cruda realidad es que para hacer funcionar el experimento se requiere oxígeno, agua, sol en grandes cantidades, y eso es lo que nos estamos acabando. Entonces, la «solución es aparente».

La solución más barata es la de mayor viabilidad en las condiciones actuales: refrenar, moderar, disminuir el consumo de todo tipo de bienes. Usar la menor cantidad de los necesarios para vivir bien, sin derroches ni alteraciones del hábitat.

Pero esta es una «solución inaplicable», que no empata con la voracidad financiera que quiere de todo y más, pues el dispendio es la razón de su hegemonía. Aunque es la más sensata, es la menos viable. Y el círculo cuadrado se agranda y complica.

¿Puede alguien explicarme qué opina sobre las finanzas, el petróleo, los bosques, el agua, las minas, etc. el gobierno toluquita?

Porque si no existe el programa de Gobierno, nada más el Pacto, y tenemos que confiar en los «cerebros»  de Videgaray, Lozoyita, Korenfeld (todavía en funciones de asesor áulico), Guerra Abud‎ y los «responsables» de las áreas, ya sabemos adónde vamos.

Finanzas, petróleo, agua, bosques, minas y lo que se acumule, al cajón de la basura. ¡Mejor cambiemos de planeta! Uno donde, para empezar, no haya oluquitas, ¿no cree usted?

Índice Flamígero: La abominable censura es el tema central del epigrama con el que hoy nos obsequia El Poeta del Nopal: “¿Quién patrocina el asedio / contra la pluma que acusa? / ¿con qué argumento se excusa / para quitarla de en medio?; / sale más caro el remedio / pues el censor llega tarde / y en un estéril alarde / con débil voz amenaza / sin advertir que su casa / desde los cimientos arde.”

www.indicepolitico.com / pacorodriguez@journalist.com / @pacorodriguez

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