Por donde se le vea, es un hecho que el sistema de partidos políticos en México está desacreditado

Partidocracia, herramienta de la oligarquía

Por donde se le vea, es un hecho que el sistema de partidos políticos en México está desacreditado.

Desde los estudios de Tocqueville recogidos en La democracia en América, se advirtió de los riesgos de fractura que los partidos representaban para cualquier sistema.

En esta materia, uno de los teóricos más conocidos en la actualidad, Robert Michels, identificó a los partidos con la naturaleza oligárquica original de las organizaciones de todo tipo de actividad, privada, pública o mixta.

«La organización», dijo Michels, «es lo que da origen a la dominación de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, de los delegados sobre los delegantes»‎. Toda organización, aunque lo simule, tiene mandos verticales.

Quien dice‎ organización, dice oligarquía, señaló desde 1911, y formuló su famosa «Ley de hierro de las oligarquías». Dejó sentada la profunda convicción de que esa oligarquía acabaría por destruir las posibilidades de la democracia.

Por esa convicción, Michels abandonó las teorías socialistas y democráticas que había abrazado durante toda su vida de lúcido investigador de la ciencia política y se dedicó a justificar y a trabajar para el fascismo italiano de Benito Mussolini Ricci. Después de todo, eran lo mismo.

El vizconde de Bolingbroke, afanoso miembro del partido Tory, ya había apuntado en La idea del rey patriota ‎de 1738, que los partidos estaban destinados a ser antisitémicos y a promover fracturas irreparables en los Estados que practicaban la democracia. O se ponían al servicio del rey, o no servían para nada.

Cuando a principios del siglo XX Max Weber recorrió los territorios protestantes de la Costa Este de los Estados Unidos, advirtió en 1918 que el financiamiento de los partidos llegaría a constituir un serio problema democrático. Siempre habría alguien poderoso, tentado a hacerse de todavía más.

Hans Kelsen, el mayor teórico de la normativa jurídica ortodoxa occidental, afirmó desde 1920 que la «democracia moderna iba a descansar seriamente sobre los partidos políticos». Eran palabras mayores.

Manuel García Pelayo, el acuñador del concepto «Estado de partidos», lo justificó argumentando que sólo ellos podían proporcionar los «inputs» (elementos activadores), tales como la movilización electoral, la gestión de las orientaciones y la sistematización de las demandas sociales.

‎Giuseppe de Vergottini, teórico lombardo del constitucionalismo, identificó a la iniciativa popular, el plebiscito, el referéndum legislativo, la revocación del mandato y las candidaturas independientes, como instrumentos de contrapeso a la naciente partidocracia.

Aún en gestación, los partidos políticos nunca tuvieron un futuro halagüeño.

Partidos, ¿mismos deberes que los ciudadanos?

Recién terminaba la Segunda Gran Guerra y junto a la explosión de las teorías administrativas se buscaba por todos lados la manera de aminorar, de suavizar‎ el efecto nocivo de la gran concentración de poder que acumulaban los partidos europeos, muchos de los cuales habían militarizado y destrozado países enteros.

‎La corrupción de la vida pública, la falsa orientación educativa de los ciudadanos, la regimentación innecesaria de la vida civil, la exaltación de diversos patrioterismos y nacionalismos rupestres habían sido posibles debido a su influencia.

Condiciones inequitativas de competencia, oficialización de preferencias partidarias, «monopolios» de la información política estatal, actitudes excluyentes y discriminatorias de intolerancia política, fueron ostentosamente manipuladas por algunos partidos en busca del poder.

A lo anterior, se aunaba la desproporción en los montos de financiamiento para los partidos oficiales sobre los de oposición, el otorgarles acceso preferente a los medios masivos de comunicación y la información adelantada de decisiones políticas cruciales de los altos mandos, fueron definitivos para ganar elecciones.‎ ¿Dónde habré oído eso?

La «partidocracia» europea representaba desde el punto de vista ideológico la distorsión del papel de los partidos políticos en los fenómenos de corrupción‎ de las naciones, con efectos muy negativos hacia todo el cuerpo social. ¿Y ésto, dónde, dónde?

El objetivo moderno debe ser el de adoptar instrumentos jurídicos, políticos, financieros y económicos que atenúen el peso de los partidos en la vida institucional. Responsabilizarlos con las mismas obligaciones que tienen los ciudadanos.

Una vez ganadores, se someten a las oligarquías

El reclamo occidental en la ciencia política y en las legislaciones electorales es aminorar la concentración del poder en los partidos mayoritarios o en sus coaliciones, para procurar que fortalezcan el sistema representativo.

‎México es, siempre, la excepción en estos temas. Desde 1977, los partidos tienen el remoquete  de «entidades de interés público». Pero resulta que son verdaderas entidades paraestatales «a fondo perdido» en donde el único que pierde es el presupuesto nacional. De ahí en fuera, ganan todos.

‎Porque, albarda sobre aparejo, el partido oligárquico, una vez triunfante, deberá someterse a los designios de una oligarquía todavía más estructurada, más vertical. La de verdad. En México todo mundo se somete a ella. Desde el primer mandatario hasta el último aspirante a síndico de ayuntamiento. Todos dan su reino, a cambio de unos minutos con buen maquillaje en la pantalla chica.

Los últimos 40 años han sido prolijos en cambios ocurridos en las legislaciones electorales. Así como se han rasurado superficialmente monolíticos presidencialismos, se ha dado paso a la participación de candidatos independientes a cargos de elección popular mayoritaria.

En el primer caso, el parlamentarismo propuesto ha sido relegado como una forma de gobierno «carente de eficacia» y en el segundo de los casos, el aventurerismo rampante asoma sus fauces en los triunfos electorales de seudo independientes, a contrapelo de los regímenes agotados.

Como en México nunca se quiso llegar a un verdadero pacto de transición democrática, tipo el español de La Moncloa, se pensó que las sucesivas reformas electorales serían suficientes para permitir seguir gobernando a los de siempre, fundamentalmente al PRI, que retrasó todas las posibles negociaciones.

Mientras el régimen presidencial mexicano no sea políticamente responsable –junto con todo el gabinete– ante el Congreso, se anularán ambas legitimidades y se buscará cada vez más judicializar la política. Como esa es la cuestión de fondo que no se quiere tocar, veamos qué está pasando en la acción política de los partidos.

Sin castigo por prevaricar con la política

Después del terremoto de 1985, el viejo sistema recapacitó. Se adoptó en la clase dominante el acuerdo virtual de repartirse «las piezas de cacería mayor», Presidencia y gubernaturas, entre los partidos grandes, regidos por cúpulas que comparten el mismo origen, similares plataformas ideológicas y una membrecía cíclicamente intercambiable de nóminas de candidatos, y, a veces, hasta de militantes, votantes y adherentes.

La fuente del financiamiento es nuestro bolsillo, una cantidad espeluznante de fondos públicos presupuestales que sostienen una burocracia partidaria parasitaria y demandante, con acceso permanente a todos los beneficios del Estado. Ninguna responsabilidad recíproca de consecuencias. Los triunfos así no producen gobernabilidad, menos legitimidad.

Como complemento al financiamiento del INE, al que otra vez se le cayó el sistema, cuentan con el apoyo monetario de los órganos ejecutivos del aparato del Estado, así como de las arcas gubernamentales de las entidades y ayuntamientos donde son mayoritarios. Sin recato, ni rendición de cuentas, pues nunca se ha efectuado auditoría o revisión formal a esos gastos. Hasta hoy, nadie ha sido castigado por prevaricar con la política.

La propaganda política, ha dejado de ser de contacto popular, para trasladar esas exquisiteces a los canales radioeléctricos de televisión o radio, que reproducen en horarios estelares ridículos spots que les ahorran el trabajo de desgañitarse en público o saludar con las manos, que después se despercuden horrorizados.

‎Los niveles de participación política en las urnas –que celebra ante las cámaras la Merkel, después de que nos desautorizó por timoratos ante el empuje de la violencia– son asegurados por los niveles del rating de las televisoras elegidas, en los segmentos comerciales en donde efectúan las promociones políticas. Los niveles de audiencia, definen los niveles de participación en urnas.

No hay necesidad de hacer campañas. Todos sabemos que el partido mayoritario en la Cámara fue votado, entre sus huestes, por la mitad de la población que no tiene la primaria y por la otra mitad que apenas la concluyó. Tal parece que la gente vota por refrendar el mandato de la televisión. ¿Por qué echan a vuelo las campanas ante este birlibirloque?

El dinero se impondrá a los desacreditados partidos

Los bastiones perdidos, siempre regresan. Los ganados, tarde o temprano se van. Entre los partidos está el negocio. Entre el electorado, el juego siempre suma cero. Todo responde al acuerdo.

Cuando un candidato independiente se separa del tronco común, los partidos establecidos se escandalizan y lo lapidan. Cuando les gana, justifican ese afán democrático sin parar mientes en que el financiamiento del «independiente» procede de grupos empresariales que terminarán arrodillándolo, como Femsa, Cemex, Vitro y demás gigantes mercantiles que estarán dispuestos a ahogar la «democracia» a billetazos. Procurarán arreglarse con los partidos formales.

Según el lenguaraz bronco «independiente» –más dependiente que muchos– él encabeza el hartazgo colectivo contra la corrupción. Irrumpe otro «ternurita» a la larga nómina de ingenuos y despistados electorales.

Los acuerdos no escritos de esta kakistocracia conducirán al in «dependiente» a someterse, sin chistar, a los mecanismos de los partidos formales, para que acabe de comprobar que nunca debió de salirse de ese carril.‎ Para acabarla de redondear, su ignorancia le impide ver que está entre la espada y la pared. Sólo le gusta vociferar insensateces.

Como sabemos, en un régimen como el mexicano, los malos ejemplos prenden rápido. Desde ahora, Televisa, que acaba de ostentar su influencia en la elección intermedia, ya perfila al prócer Claudio X. González ‎como su candidato «independiente» para «la grande» del 2018. Será Claudio Décimo Primero. El Décimo es su papi.

Los incautos y los interesados, serán arropados de inmediato por los comentócratas de petatiux para seguir este peligroso juego, exaltando las virtudes partisanas y educativas de este junior venido a más. El resultado que buscan es aquél donde la oligarquía del dinero, acabe por imponerse a los desacreditados partidos políticos‎.

Mientras, acá afuera sigue la danza política de los millones y del juego de espejos. Contando voto por voto en elecciones más manoseadas‎ que los naipes de un velorio de pueblo. La elección es una cobija que, según los beneficiados, tapa a todos.

‎De una vez, para que nadie se llame después a engaño, todos deben rendirse ante la televisión y el dinero. Esa es la única regla del juego. No le busquemos tres pies al gato. Esa es la verdadera «ley de hierro de la oligarquía».

¡Ni para dónde hacerse!

Índice Flamígero: Recibo un correo electrónico de don Alfredo Álvarez Barrón en el que me da una lamentable noticia. Lo titula «El Canto del Cisne» y en él señala: «Debido a un lamentable accidente de trabajo llevo varias semanas padeciendo, en la espalda baja, una dolorosa e incapacitante lesión que literalmente me ha hecho tocar las puertas del infierno. En tan precaria situación siento que las musas, el sentido del humor y hasta las ganas de vivir me han abandonado; de hecho, creo que los últimos epigramas han sido mi propio canto del cisne. Por tal motivo le ruego me excuse, temporalmente, de seguir participando en el debate político. Mi admiración y respeto, como siempre.» Y enseguida el que, por el momento, será su último epigrama: «¿Qué dolor estoy sufriendo, / qué intensidad lo supera, / qué cruel destino me espera, / si del trabajo dependo?; / mi cuerpo es un vil remiendo / donde no cabe otra herida, / mi espalda, triste guarida, / de mil demonios feroces, / que sin reparar en poses, / me empujan a la otra vida.» Pronta recuperación, don Alfredo. Se le extrañará. Y aquí está su espacio, esperándolo, como siempre.

www.indicepolitico.com / pacorodriguez@journalist.com / @pacorodriguez

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