La política mexicana está seriamente infestada de mitos

Mitos políticos. Mitos narcos

La política mexicana está seriamente infestada de mitos. Los más benignos han nacido de nuestra caracterología. Los terminales, los que carcomen el cuerpo social, han sido producto de nuestra frontera con Estados Unidos, una nación protestante e insaciable.

Desde el punto de vista histórico y sociológico, el mito es una de las más arraigadas fuerzas de la civilización. Antiquísimo, el mito está conectado intrínsecamente con todas las actividades del hombre. Pero nuestro panorama actual exige la desmitificación política.

La tradición mítica es inseparable del lenguaje, de la poesía, del arte y del más remoto pensamiento histórico. Antes de alcanzar la concatenación lógica, la ciencia tuvo que pasar, necesariamente por una etapa mítica.

Así como la alquimia precedió a la química, la astrología a la astronomía, el mito precedió a la razón científica. En la infancia del género humano, el primer maestro de la humanidad, el mito fue el único pedagogo capaz de plantear y resolverle el enigma de la muerte.

El mito, como una forma de expresión irracional, se integra en las más contradictorias estructuras. En la religión, en el arte, en la política y aún dentro de una misma organización tribal, es posible que se presenten expresiones míticas.

‎El mito, por su naturaleza, no nace de procesos intelectuales, ni de razonamiento alguno. Brota de lo profundo de las emociones humanas, es un típico producto biopsicosocial. Por eso, Ludwig Feuerbach, maestro de Karl Marx en Berlín, le atribuyó la invención de lo divino, por el miedo de las tribus a las fuerzas naturales desencadenadas.

Mircea Eliade, en El mito del eterno retorno, le concede una función de integración social. Sócrates en su embate contra los sofistas, ataca el mito de la sabiduría total. Platón ataca a los poetas forjadores de mitos.

Herodoto dice que los poetas míticos fueron los inventores de la primera generación de los dioses del Olimpo. Aunque el primer historiador reconoce que hay que seleccionar entre aquellos mitos que deben tolerarse en bien del Estado.

Los filósofos republicanos del exilio en México, siempre lúcidos, hablan de la creación de los mitos como una respuesta irracional a las exigencias de las crisis políticas. José Gaos los ubica como «un juego de imágenes y de símbolos capaces de movilizar a los hombres para la praxis política».

Algunos de los mitos más importantes de nuestro tiempo han alimentado filosofías privatizadoras, totalitarismos, populismos latinoamericanos, asiáticos y africanos: la mano invisible, la sociedad sin clases, la superioridad racial, la dictadura del proletariado, el caudillismo, el desarrollismo, los dogmas religiosos de fe, por citar algunos.

Los mitos no pueden desecharse a priori. Deben ser tomados en serio. Por algo «el brazo incorrupto de Teresa de Ávila», que inspiraba los desaguisados franquistas, tiene su lugar en la larga noche española.

Un perchero, el mito creado por Ruiz Cortines

El empleo del lenguaje para mitificar se basa en la utilización mágica del idioma, más que en su naturaleza semántica. Mientras éste responde al llamado de la razón, aquél obedece a la urgencia política de un mito. Sus palabras están cargadas de sentimientos y pasiones, para provocar respuestas inmediatas.

El héroe es una verdad histórica, racional‎. El caudillo es, estricta y sociológicamente hablando, un mito. Mientras que el estadista gobierna con inteligencia, el caudillo manda con fuerza, con su sólo prestigio, decía Carlyle en La teoría del culto al héroe.

A veces una imagen optimista del destino ha conducido a pueblos hacia mejores condiciones de vida. La gran mayoría de las veces, un mito ha deformado la realidad, encubriendo situaciones sociales de suma gravedad: por ejemplo, el mito de la pax porfiriana‎ o su concepto de la modernidad industrial, en base a crecimiento de enclaves extranjeros.

Destruir los mitos, señala con precisión Casirer, rebasa el poder de la filosofía ortodoxa. Un mito es, en cierta medida, invulnerable. Es impermeable a los argumentos racionales; no puede refutarse mediante silogismos.

Uno de los mitos con carta de naturalización en la conciencia política mexicana es la conseja de Gramsci de que «la violencia es monopolio exclusivo del Estado». Aquí en México, definitivamente no. La llegada de una nueva generación al poder desechó la especie.

El subdesarrollo, la miseria y la corrupción han generado a tantos detentadores de violencia como regiones tiene el país, como necesidades tiene cada una de ellas‎, como hombres y mujeres dispuestos a asesinar por unas monedas, producto del drama económico en el que estamos postrados.

Los deberes antaño del poder, son monopolio exclusivo de los grupos que ejercen la fuerza contra la población, sin reclamo alguno del Estado constituido, que para ello tiene «iniciativas inteligentes», decálogos de acciones eficaces y boletines feroces, tanto del poder político como de los partidos.

Adolfo Ruiz Cortines, un político que se burlaba de las ambiciones y ansiedades de sus congéneres, convirtió en todo un mito su perchero en la secretaría de Gobernación‎. Lo colocó en un viejo rincón de su despacho en el palacete de los Covián.

Hizo correr la versión de que quien lo quitara de ahí, jamás obtendría «la mano de doña Leonor». Y así fue. Cuanto secretario transitó por esa oficina fue incapaz siquiera de tocarlo. A la fecha, después de 65 años, el perchero sigue ahí y no ha habido una postura en contra de parte de Oso…rio Chong.

El mito de EPN, como estudiante brillante, no cuajó

El mito de la intocabilidad de la Constitución acabó siendo destruido este trienio, que se modificó más de 50 veces el artículo de la libre información, a propósito de ningún objetivo superior. Pero se quedó –sólo como un mito– igual que el de las «reformas estructurales» que hasta la fecha no sabemos para qué sirven.

‎El mito que hablaba de los recios y avezados hombres del Grupo Atlacomulco –y su capacidad para agenciarse gran cantidad de recursos de manera mágica, sin exponer al país– prevaleciente durante casi un siglo, fue prácticamente tirado a la basura en los primeros meses del sexenio, al comprobar en la práctica que sólo se trataba de voraces improvisados venidos a más.

El mito de que el Alma mater‎, el lugar donde hubiera estudiado el Titular del Ejecutivo honrara a éste con el título del «alumno más destacado de la historia de la institución», cumplió su ciclo y periclitó después de que los estudiantes de la Universidad Panamericana se rehusaron a rendir honores al favorecido con tal distinción.

Y ya que usted y yo andamos cazando mitos,‎ debemos de vivir para ser testigos de que ahora sí, lo juramos por ésta, el «sistema nacional anticorrupción» emprenderá una feroz batida, de tal dimensión, que aquel mito de Hank sobre «político pobre, pobre político «, tan venerado por los de Atracomulco, será borrado para siempre de este territorio nahuatlaca.

Nunca acabaremos de hacer la tarea de los gringos

‎Pero hablando de los mitos terminales, debemos estar conscientes de que sólo una beatería protestante gabacha llevó a Andrew Volstead, del Comité Judicial de la Casa Blanca, a supervisar el Acta de Prohibición del comercio y consumo del alcohol en EU en 1919‎, redactada por el cuáquero Wheler.

Si las emociones mexicanas hubieran llevado a sus fuerzas armadas a engancharse en ese combate, en defensa «patriótica » de ese monumental mito, este país habría desaparecido. Muertos nos hubieran faltado para cubrir la cuota de ese Leviatán sangriento y descerebrado.‎

Los rescoldos religiosos de esa misma ética que tantos beneficios y daños les ha causado, nos arrastraron desde hace 35 años a un combate que nunca ha sido nuestro: el de las drogas.‎ Ha sido el sursum corda, la manera en que «hemos levantado el corazón hacia el Señor», la forma de presumir ante el patrón imperial que latimos a su ritmo, que obedecemos sus consignas.

Pero hemos puesto más de cien mil muertos, comprometimos el desarrollo del país a esa lucha ajena, arrastramos el nombre de México ante el mundo para hacernos aparecer como cavernícolas sangrientos, con un territorio sembrado de fosas y camposantos clandestinos.

Hemos construido un mito casi sin retorno. De nada ha servido saciar la sed de circulante armamentista entre la tropa. Imposible. Los carteles están mejor equipados que todas nuestras fuerzas del orden. De nada ha servido que nuestras tierras produzcan una variedad fina de opiáceos que en otras condiciones podría funcionar como base de despegue de una floreciente industria farmacéutica.

No hemos aprovechado las ventajas comparativas, en términos de intercambio, estrictamente comerciales, que podrían habernos generado suficientes divisas frescas para fomentar adecuadamente, desde la planta industrial hasta el empleo digno y el fortalecimiento del mercado interno.

Por cumplir a ciegas con un deber impuesto por los gabachos, no hemos podido siquiera reclamarles la doble moral que utilizan para que sus agencias contra la droga se dediquen a surtir su enorme mercado de estupefacientes, mientras que aquí comprometemos nuestros impuestos para matar a sus proveedores.

Nunca acabaremos de combatir a los zares de la producción y trasiego de drogas. Es como una hidra de mil cabezas, en un panorama de miseria, corrupción y desempleo. Si cae uno, surgen tres, cada vez más violentos y equipados. Cada vez con mayor capacidad de soborno, incluyendo a fruncionarios propios y ajenos.

Cada día que pasa, el sistema se corrompe más por este mecanismo. Nadie puede tirar la primera piedra. Todos están inodados. Como en esta lógica la miseria, igual que el mito del combate, seguirá creciendo‎, nadie puede parar este despropósito.

Sin embargo, por supervivencia, ya no por estrategia, no debemos continuar enganchados a esta espiral paranoica y destructiva. Ya basta de hacer el Tancredo. El mito debe terminar. Seamos racionales una vez en la vida. Démosle sepultura‎, antes que sepa que nos hemos matado entre nosotros.

Índice Flamígero: Hace algunas décadas, un famoso editor acudió a un evento internacional. Durante un coctel se hicieron las presentaciones. “Soy Fulanito de Tal. Soy de México”. A lo que una dama española respondió en automático: “¡Ay, pobrecito de usted!”. Eso fue hace años, muchos años. Hoy, mundialmente, ya damos más que lástima, pese a los desplegados que paga el Virrey Videgaray, para autoelogiarse, en el The New York Times. ¡Pobrecitos ellos!, ¿o no?

www.indicepolitico.com / pacorodriguez@journalist.com / @pacorodriguez

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