Te lo digo Juan. Para que lo entiendas Pedro.

Una historia conocida

Armando Sánchez Salcido.

Había una vez un próspero empresario que con mucho esfuerzo y dedicación logró crear una exitosa fábrica de transformadores eléctricos. Este hombre tuvo un hijo solamente y que al morir él, se vio obligado a hacerse cargo del negocio de su padre. El joven nunca se había involucrado en los asuntos de la fábrica que heredaba.

Sobreprotegido por su madre, y habiendo llegado a la edad de treinta años, no sabía nada de transformadores ni de cosa útil tampoco. Lo suyo eran las parrandas con amigos y llevar una vida alegre, divertida y dispendiosa. Pero para poder seguir con esos lujos y derroche desmedido necesitaba que la fuente de sus ingresos continuara funcionando de manera regular.

Ignorante como era el flamante empresario, se le ocurrió la feliz idea de contratar a un amigo suyo de todas sus confianzas para ponerlo como director de la empresa heredada.

El recién contratado solo poseía habilidades sociales; simpatía, carisma, facilidad de palabra, y una gran imaginación que le permitía ver cosas que los demás no veían. Simplemente porque no existían.

Carecía de conocimientos técnicos, administrativos y de idiomas. Grave deficiencia para estar al frente de una empresa donde muchos clientes y proveedores eran de Estados Unidos y Europa.

Como era de esperarse, al poco tiempo de haberse instalado el protegido del patrón, los problemas en la empresa se comenzaron a multiplicar. Lo primero que ocurrió fue que los proveedores de las materias primas suspendieron los créditos ante el temor de que la nueva administración fuera incapaz de cumplir con los pagos comprometidos. Después vino la desconfianza de los clientes que dudaban de recibir a tiempo sus pedidos y optaron por buscarse otra compañía que les garantizara estos.

Viéndose obligados a reducir gastos por la pérdida de ventas, el par de bisoños empresarios, decidieron despedir a todos aquellos que a su juicio tenían sueldos que no correspondían a su desempeño, y así, recortaron a los jefes de ingenieros de proyectos, producción y mantenimiento y los sustituyeron por otros con menor experiencia y conocimientos alegando que estaban sobrevaloradas estas aptitudes.

Como el recorte de personal no reducía los gastos en la medida que ellos esperaban, optaron por sustituir las materias primas que siempre se habían usado, por otras de menor precio y calidad. Lo que trajo como consecuencia una pérdida de productividad en la línea de ensamble aumentando el tiempo de fabricación y con ello la demora para entregar cada pedido. Y con eso aumentaron las pérdidas.

Poco a poco el personal altamente calificado que durante años había laborado en la eficiente fábrica se fue sustituyendo por amigos del director, familiares, compadres y todo aquel que fuera leal a la nueva administración.

El final ya se lo podrán imaginar estimados lectores.

No pasó mucho tiempo para que la compañía de nuestro relato cerrara sus puertas, devorada por la incompetencia, los malos manejos, la improvisación y la falta de oficio de sus administradores.

Este es el fin que le espera a cualquier organización humana que se pone en manos de personas incompetentes e inexpertas. Llámense empresas públicas o privadas. El resultado siempre será el mismo.

Te lo digo Juan. Para que lo entiendas Pedro.

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