En agosto de 1952 un puñado de niños-adolescentes llegamos al internado

Me tropecé con la piola de la memoria. ( 1 )

En agosto de 1952 un puñado de niños-adolescentes llegamos al internado que pomposamente se llamaba “de varones”. Llegamos a una calle que obviamente no conocíamos, nos bajamos del “troque” del Tabaco tres casi niños de Santa Rosalía: Efraín Díaz, Chuni Arce y Bobby García. Luego supimos que la calle se llamaba Reforma. Entramos por un enorme portón de madera y observamos un amplio patio de vil tierra con algunos árboles. Caminamos cargando nuestros velices de lámina –el mío era color verde- Observé que a la derecha del portón había una estructura de material que luego supe que eran cuartos. Caminamos por el enorme patio y en el mero centro había una palma muy alta y enseguida estaba una ramada muy grande sin paredes, de dos aguas con piso de cemento. Era el comedor, en el que había cinco mesas grandes de madera, con dos bancas cada una en las que nos sentábamos ocho internos. Frente al comedor estaba la cocina y antes de llegar a él  y a la derecha, había una construcción de cemento como de cuatro metros que daba forma a los lavaderos y pilas para el agua. A la derecha del comedor estaba un muro como de medio metro, que lo dividía de los cuartos de esa parte del internado. Había un techo de lámina como visera, que cubría un largo pasillo al que llamaban “cuarto siete”, mal nombrado “cuarto” ya que no tenía paredes y obviamente puertas. Allí había unas ocho camas protegidas nada más por la visera. El cuarto siete colindaba con la pared de los cuartos que tenían cuatro ventanas con reja de madera que miraban para la calle Revolución. Por esta calle estaba la segunda puerta del internado y se podía entrar por allí o por la Reforma, aunque la de la Revolución casi siempre estaba cerrada. En la esquina estaba la casa del general Félix Ortega. Me asignaron un cuarto de la calle Reforma en el que dormiríamos tres internos. Una persona –luego supe que era el administrador- nos informó que por la mañana se daría un toque de campana para levantarnos e ir al comedor donde nos pasarían lista. Que después otro campanazo nos indicaría el momento del desayuno. Que lleváramos nuestro plato, la cuchara y el vaso. En la lista que nos entregaron a los que pretendíamos “ir a estudiar a La Paz”, en un punto se decía que los enseres para la comida deberían ser de lámina o peltre. Los míos eran de color azul con manchitas blancas. A los novatos nos sentaron en las mismas mesas. A la hora de las comidas nos poníamos frente al plato y una campana nos indicaba que nos podíamos sentar. Con el tiempo entendí que el desayuno era un plato de frijol, un pan o birote y un vaso de café. La comida, arroz con frijol, algunas veces carne con frijol o mole. También nos servían –a veces- cocido. Colocaban en las mesas jarras de lámina con agua de sabores. Para la cena nos daban un plato de frijol, pan o birote y té. En el invierno después del pase de lista nos devolvíamos a los cuartos a acostarnos mientras nos llamaban para el desayuno. Algunas veces se corría la voz de que iban a dar huevos… ¡Nadie se quedaba en las camas! Hacíamos guardia a nuestro lugar porque los malosos a veces nos robaban el “desayuno”. Después del desayuno del primer día los novatos nos empezamos a conocer: llegamos: compañeros de San José, Santiago, Todos Santos, La Purísima, Loreto, Puerto Cortés y los tres de Cachanía. Se internaron también dos compañeros que vivieron en el orfanato de esta ciudad. Había internos que iban a cursar el segundo año de secundaria y otros que ya les quedaba el último para salir de maestros. La secundaria que es La Morelos y que en aquel tiempo era secundaria y Normal, estaba en la Belisario Domínguez a la siguiente cuadra del antiguo cine Juárez. Hoy es una sala frente al estacionamiento municipal. El internado estaba donde hoy es la tienda El Águila. En medio del enorme patio había un cuarto de madera con un cajón largo de cuatro orificios circulares. Eran los escusados. Había una puerta que con el tiempo la tumbaron. Cuando llegaba el cuarto a defecar la tenía que levantar y medio tapar el hueco para que no lo vieran del lado de la cocina y el cuarto siete. ¡Y qué decir del cuarto para bañarnos! Llenar un tambo de agua y echárnosla con un tambo chico. Al fondo del enorme patio había una pila que nunca tuvo agua y un lado estaba un  pozo de agua del que la sacábamos con una cuerda y rondana. Como en 1954 dejó de funcionar pues poco a poco lo fueron llenando –al igual que la pila- de pedazos de cama, colchonetas –le llamábamos cuiltas-, escombros, pedazos de árbol, camisas, pantalones…

A  los días nos fuimos conociendo: algunos se reunían a estudiar pues como el 26 o 28 de agosto se realizaría la prueba de selección para empezar las clases el día dos de septiembre. Mi correo: raudel_tartaro @hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: Un compañero nos hablaba de los egipcios y su cultura, el río y los faraones: le pusimos el Faraón. Un compañero, del que fui muy amigo se llamó José Miranda; había llegado de La Purísima. Nos hablaba de geografía y se sabía todo el mundo. Le pusimos El Geógrafo. A cada plática de ellos me asustaba más pues casi no sabía nada y ni un cuaderno de apuntes tenía. Me daba ánimos diciendo que no habría tal selección pues éramos muy pocos. Con los externos apenas si fuimos unos 45, entre hombres y mujeres. Alea Jacta Est. 17-01-14 (continuará).

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