La gente sigue sin entender ni atender los llamados a cuidarse.

Total, de algo nos vamos a morir

El periodista norteamericano, John Reed, tuvo la oportunidad de cubrir dos grandes revoluciones a principios del siglo pasado. La Revolución Mexicana de 1910, y la de octubre en Rusia de 1917.

En 1911, Reed como corresponsal de guerra del Metropolitan Magazine, llegó a México y viajó junto a Pancho Villa durante sus batallas por el norte de México, tuvo oportunidad de convivir con los soldados del Centauro del Norte y conoció a Venustiano Carranza, presidente de México. Sus experiencias las plasmó en un libro que tituló, México insurgente.

Años después de su paso por Mexico, el periodista y su esposa serían testigos de la revolución bolchevique en Rusia. La pareja estadounidense asistió a los mítines, manifestaciones y asambleas en las fábricas que se realizaban por aquellos días. Documentó la movilización de los soldados, y tuvo oportunidad de entrevistar, de primera línea a Kerenski, Trotsky, Kamenev entre otros muchos actores que protagonizaron esos trascendentales eventos. La recopilación de lo que le tocó presenciar quedaron impresos en el libro “Diez días que estremecieron al mundo”.

Al hacer una comparación entre los revolucionarios de las dos confrontaciones bélicas, John Reed, afirmaba que los mexicanos eran más temerarios y sanguinarios que los rusos. Narra el periodista, quien estuvo cinco meses entre las tropas de Villa, que antes de cada batalla los soldados organizaban unas borracheras memorables que se acompañaban de música y baile hasta el amanecer. Llegada la hora de la batalla, resignados a morir los combatientes se lanzaban contra el enemigo decididos a vender cara la vida. Con esa determinación luchaban ferozmente sin importarles nada más que matar y seguir matando hasta agotar las fuerzas o recibir un tiro o un machetazo.

Esa es en mucho, la esencia de nuestro pueblo, entendido este como la masa de ciento veintiséis millones de almas que habitan este país, donde un sector muy importante de la población en total inconsciencia deambula en medio de la pandemia del COVID-19, sin temor alguno por contagiarse o morir, o peor aún, por provocar la muerte de sus seres queridos más vulnerables. “Total, que de algo nos tenemos que morir” es la convicción de millones de personas que se resisten a seguir las indicaciones sanitarias que le pueden salvar la vida a miles de mexicanos.

La parte más difícil de esta guerra contra el coronavirus se tendrá que librar contra la inconsciencia y la necedad de un pueblo que está acostumbrado a vivir al filo de la navaja.

A la mayoría de los mexicanos nos cuesta trabajo acatar las instrucciones de la autoridad, somos proclives al desorden, a movernos entre tumultos si mayor consideración por el prójimo.

Como bien me dice un viejo amigo mío, médico de la Secretaría de Salud en Michoacán…” De manera general el manejo de esta nueva normalidad no considera patrones culturales propios de la población y las consecuencias no se hacen esperar, durante este este periodo se han alcanzado los máximos picos en la frecuencia de casos de COVID-19, con una letalidad de las más altas del mundo”.

La gente sigue sin entender ni atender los llamados a cuidarse. Y no se crean que es un asunto solamente del pueblo bueno, humilde, esto ocurre a todos los niveles. Ricos y pobres, gobernantes y gobernados.

Parece que esta aceptación fatalista de la muerte nos lleva a la locura de ignorar los riesgos de la pandemia para finalmente concluir que:

 ¡Al cabo, para morir nacimos!

Y como ocurría durante la revolución mexicana.

¡Viva Villa cabrones y a morir por gusto!

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