El país, el estado y los municipios se precipitan en caída libre

Si no les gusta, váyanse

El país, el estado y los municipios  se precipitan en caída libre ante la mirada atónita de la ciudadanía, las omisiones y la negligencia de los gobernantes sumen en el desprestigio a las instituciones; funcionarios y representantes populares desfilan en actos públicos sumidos en su vanagloria sin atender a la realidad que los rodea.

 Si no les gusta, ahí está la puerta, aquí nadie está a fuerzas, es la respuesta sesuda y salomónica que han osado esgrimir algunos de estos funcionarios ante los reclamos y peticiones de los trabajadores a su cargo. Lo más terrible es que personajes no solamente accedan a cargos públicos de relevancia, sino que con estas miras tan cortas tengan la desfachatez de aspirar a más.

 Acceden a los cargos por suerte, por accidente. Sin la mínima idea e intención de hacer algo de provecho más que por  sí mismos, deambulan en las páginas de los medios con declaraciones sosas que son una bofetada para el clamor ciudadano ante tantos problemas sin solucionar, declaraciones infames que atienden solo a su conveniencia política o de plano, rebuznan a ocho columnas para deleite de los ciudadanos que no votaron por ellos o del coraje de quienes los apoyaron para que llegaran a ocupar algún cargo para nada.

 Desde que Vicente Fox alegaba su calidad de ciudadano por encima de su calidad de presidente de un país, la clase política ha venido abandonando su aspiración y obligación de ser hombres de estado, representantes de instituciones de gobierno,  voceros de las demandas ciudadanas para comportarse como ciudadanos de a pie, alegan el respeto a su vida personal, son incapaces de soportar y atender las críticas hacia su desempeño, eso si, con viáticos, gasolina, viajes y sueldazos a costa del erario, para eso sí se consideran a sí mismos grandes personalidades sobre las que descansa el futuro del estado. Pocas se les hacen las prerrogativas que les da el ejercicio del poder, pero de su desempeño ni hablar.

 Lejos han quedado los políticos, que sin ser santos ni mucho menos, asumían la responsabilidad del encargo público, tenían una visión clara de las necesidades de la gente y trataban, o hacían como que trataban, de dar solución a las demandas que las sociedad les planteaba; lejos han quedado los políticos que tenían la aspiración personal de trascender, de dejar huella en la historia de sus comunidades. Hoy solo llegan al ego y la avaricia personal, sus oficinas son las camionetonas del año o los restaurantes más caros, las oficinas públicas están desiertas de autoridades que resuelvan un problema, que pongan orden entre los trabajadores, ya no digamos que atiendan al ciudadano.

 Funcionarios basura que representan lo peor de nuestro sistema político, que no llegan para hacer, sino para querer ser algo más, desde las comilonas y las farras faraónicas, a costillas del pueblo, ven la realidad distorsionada,  las risotadas de su fatua felicidad acallan las lejanas voces de la población que reclama que se atiendan sus necesidades.

Si no les gusta, váyanse dicen, llenos de ira ante el reclamo del respeto a los derechos laborales de sus trabajadores, ofendidos ante la crítica de su pobre desempeño, váyanse dicen, como si las instituciones de gobierno fueran suyas, dictadorzuelos que creen que el ejercicio de los derechos laborales depende de su voluntad; ineptos que osan corregir a la ciudadanía: “no sean tontitos, no estamos mal, estamos bien, mira, esta gráfica lo dice”,  “claro que no, la ciudad no es un caos, cómo puedes creer más en la realidad que vives a diario que en este premio comprado”.

 Se enojan y alegan campañas sucias, fuego amigo, las críticas son atribuibles a toda suerte de conspiraciones intergalácticas, menos a su ineptitud, eso no, jamás. Se vuelven un lastre para sus propios partidos, dan pena ajena, y todavía ponen el grito en el cielo: “cómo es posible que fulano o mengano que ya fueron tengan el cinismo de querer volver”, quizá sea cinismo de algunos personajes de triste memoria para la ciudadanía aspirar de nuevo a ocupar un cargo público, pero si algo de vergüenza y sensatez les quedara a quienes hoy se sienten dueños de las instituciones de gobierno, se darían cuenta que solo la ciudadanía decide si vuelven o no, y que antes de poner el grito en el cielo deberían aceptar que es su ineptitud la que hace que la gente voltee al pasado en busca de respuestas y no mire en el presente una esperanza de futuro.

 Señores funcionarios, si no les gusta la crítica, si no tienen capacidad ni intención de atender la problemática que se les plantea, no se vayan, porque es difícil renunciar a los privilegios que ahora ostentan, más si antes eran unos pobres diablos sin oficio ni beneficio, no se vayan, no, quédense en sus casitas, calladitos, no salgan a hacer más daño, es preferible que los acusen de aviadores que de déspotas o buenos para nada, hagan cuentas y verán los votos que pierden cada día con sus tonterías, tienen más futuro político si se esconden debajo de la cama, en buena onda, de veritas.

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