Debemos rescatar la nobleza de los procesos democráticos, y fomentar el ejercicio de la discusión pública.

“La verdad es hija de la discusión no de la simpatía”

Nos encontramos a unos días de que se lleven a cabo las elecciones intermedias en nuestro país. Sin duda, un evento de gran trascendencia pues se someterá a juicio el desempeño del partido en el poder.

Pero no solo es avalar o descalificar lo que ha hecho hasta hoy el presidente López Obrador, sino definir la ruta que habrá de seguir este gobierno. En estas elecciones, literalmente, se decidirá en mucho nuestro futuro.

Desafortunadamente, para tan importantes sucesos, vemos una escasez preocupante de parte de todos los partidos políticos de proyectos y propuestas, así como una marcada ausencia de candidatos calificados para asumir los cargos de elección popular que se habrán de decidir.

Nuestra incipiente democracia se pone a prueba cada día y la discusión colectiva de los grandes problemas que nos aquejan como nación sigue sin avanzar y en la mayoría de los casos esa problemática está empeorando, llámese, economía, salud, seguridad, educación o ciencia y cultura.

Lo peor, es que lejos de contar con una atmósfera cordial para generar nuevas ideas y fabricar los consensos necesarios para llegar a soluciones efectivas a nuestros grandes retos, estamos sumidos en una profunda división que confronta a la sociedad de una forma muy peligrosa. La violencia verbal y física entre los candidatos ha subido de tono y las agresiones hacia estos han llegado incluso hasta el secuestro y el asesinato de algunos contendientes políticos.

El nivel de degradación de las campañas electorales se manifiesta en el espectáculo carnavalesco que ofrecen ciertos candidatos, del corte de Alfredo Adame, el Chelelo, Paquita la del Barrio y otros más, que resulta ocioso mencionar aquí.

Sin duda que nuestro país es sacudido por una oleada de grandes cambios. Pero estos cambios deben de significar un avance real en términos de democracia, civilidad, paz y armonía, pero parece que ocurre todo lo contrario.

Ahora, pensar diferente sobre cualquier asunto del acontecer nacional se está convirtiendo en una falta grave que merece la descalificación colectiva y el escarnio público. Ya sea que se sitúe uno a favor o en contra del gobierno actual.

Debemos rescatar la nobleza de los procesos democráticos, y fomentar el ejercicio de la discusión pública, sin temor a ser lapidado por unos y por otros.

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