La versión de los políticos.

La caída de Tenochtitlan

Armando Sánchez Salcido

Se ha puesto de moda, por eso de la conmemoración de los 500 años de la conquista del imperio azteca, que muchos de nuestros políticos saquen a relucir un indigenismo a ultranza y hasta renieguen de sus antepasados ibéricos. Esos mismos que para tomarse una foto se hacen limpias prehispánicas, calzan huaraches con suela de llanta, pantalón de manta y guayabera de marca, claro. Pero que en su vida nunca se han parado en una comunidad indígena.

Estos defensores de “nuestras raíces” que vienen al rescate de lo “nuestro” y usan Rolex, manejan BMW o Mercedes Benz, y tienen por hábito coleccionar propiedades inmobiliarias, ahora que andan cobijados con arrebatos de nacionalismo pretenden que la historia, nuestra historia, se cuente de una forma distinta.

Poco a poco quieren que lo que pasó hace cinco siglos deje de ser lo que fue, para convertirse en lo que según ellos se adapte mejor a sus filias y fobias nacionalistas y aspiraciones políticas.

Así tenemos a estos iluminados redentores del indigenismo puro, quienes pretenden vendernos la idea de que el imperio azteca era una avanzada civilización de pacíficos estudiosos de la astronomía, hábiles artesanos, e ingeniosos agricultores que además resultaron ser excelentes arquitectos e ingenieros y vivían en una armoniosa relación con sus vecinos con los que comerciaban alegremente.

Resulta muy conveniente para estos ávidos “historiadores”, no hacer demasiada referencia del singular gusto que tenía la élite de los mexicas por la carne humana. Y su insaciable necesidad de ofrendar corazones palpitantes a sus dioses que se alimentaban de ellos, sin importar que fueran de hombres, mujeres o niños.

Estos corazones regularmente eran obtenidos de los prisioneros de guerra o como parte de los tributos humanos que los pueblos sometidos deberían entregar continuamente junto con plumas, pieles, materias primas y alimentos a sus opresores.

Claro que resulta más cómodo decir que para estas civilizaciones prehispánicas ser ofrecido en sacrificio era un honor al que acudían gustosos los elegidos.

Y como se trata de reacomodar a héroes y villanos qué mejor que decir que la animosidad entre los pueblos originarios fue producto de la cizaña sembrada por los españoles en voz de la traidora Malinche y que los envidiosos de los tlaxcaltecas se unieron a los conquistadores cual si fueran un judas mesoamericano por treinta monedas de plata, o su equivalente en quintales de cacao que era la moneda corriente de aquella época.

Moctezuma, Cuitláhuac y Cuauhtémoc son los grandes héroes nacionales, en tanto Xicoténcatl, el tlatoani tlaxcalteca que acompañaba a los invasores, la Malinche y el mismo Hernán Cortés son la viva imagen de la traición y la barbarie.

Conviene tambien no decir que junto a los de Tlaxcala, combatieron hombro con hombro con los conquistadores miles de guerreros indígenas de Cempoala, Cholula, Quiahuiztlan, Texcoco, Azcapotzalco, Chalco y Mixquic hasta derrotar a los de Tenochtitlan y Tlatelolco.

Se ve mal que tantos pueblos estuvieran furiosos con los sacerdotes y gobernantes aztecas solo porque les arrancaban el corazón y el resto de su cuerpo se lo comían en pozole.

En la versión de estos políticos sobre nuestros ancestros las cosas son muy simples. Los buenos son los mexicas, los malos los españoles, los traidores los de Tlaxcala y la Malinche. Luego entonces que esto nos baste para cambiar los nombres de todo aquello que tiene un fuerte tufo a conquista española.

Ya hasta hay algunos que le quieren cambiar el nombre al Mar de Cortés. Bajaron a Colón de su glorieta. Ahora celebramos la noche de la victoria, no mas noche triste, y al paso que vamos deberíamos de pedir que la lengua oficial de nuestro pais sea el náhuatl y se pongan de moda los penachos de coloridas plumas.

Mientras tanto los descendientes de los indígenas se siguen muriendo de hambre en sus olvidadas comunidades y sus “defensores” andan en busca de estatuas que derribar o calles a las cuales cambiarles de nombre. Pero nada hacen por mejorar las paupérrimas condiciones de aquellos a los que tanto dicen admirar.

No cabe duda de que en toda historia de conquista existe la versión de los vencidos, los vencedores y los políticos.

Responder

Tu e-mail no seá publicado.