De "aparecidos", "espantos" e inseguridades

Civitas Californio XXXII

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Quién no recuerda  las «historias», las «leyendas» y las «crónicas» caseras que nos contaron en nuestra niñez,  nuestros abuelos principalmente, nuestros padres o tíos, a los que ya cursamos el medio siglo o más de edad, teniendo como contexto las rancherías y comunidades pequeñas en las que crecimos, cuando lo que más llegábamos a escuchar eran las radionovelas y las narrativas coloniales de la XEW.  Cuando esto sucedía   en las épocas de verano durmiendo en catres fuera de la casa (el aire acondicionado, ni cuándo) usábamos abanicos de un pedazo de cartón o de una palma como las que se usan el Domingo de Ramos; o en las frías épocas decembrinas nos  acurrucábamos cerca de las hornillas en las viejas cocinas para lograr un poco de calor.

Y tal vez con más maña y ficción que realidad, el uso de los «aparecidos» y los «espantos»,   desde hace unas cuatro o cinco décadas hacia atrás, fue un recurso  más didáctico que religioso que las familias utilizaban, particularmente las familias humildes como las nuestras, para retenernos en casa,   porque para quienes por la  adolescencia pudiéramos  haber intentado algún tipo de vagancia, la escasez de luz «mercurial»,  así se le decía al reducido y marginal alumbrado público, en las noches sin luna, eran un obstáculo para jugar por la noche o salir a algún parque,  instalaciones públicas también escasas.

Muchos de nosotros recordamos cómo algún  familiar o vecino tocaba estos temas que más que pensar sobre el «más allá» nos ponían de nervios y con el cuero chinito, generalmente, después de la cena, donde el frijol azufrado, «caldudo», con tortillas de harina o de maíz elaboradas con nixtamal, un pedazo de queso, una taza de café de «talega» y leche de vaca o de «chiva» de la ordeña matutina, o en su caso de té de hojas de yerbabuena,  naranjo,  limón o de damiana con piloncillo, eran más que cotidianos, obligados y placenteros;  o esperando cerca de las hornillas, en una cocina construida con carrizos en el caso de San José, de vara de palo de arco, en Agua Caliente, Santiago o Miraflores,  de madera de vigas y cardones, en El Palo Escopeta, con techos de palma en todos los casos,  mientras desesperados esperábamos  turno para que «salieran» las tortillas esponjadas de los viejos comales;  ese era espacio propicio para recordar a  difuntos y   aparecidos cuyas andanzas se  exponían  con lujo de detalle, como si formaran parte de un programa de estudios.

A muchos nos educaron con ese temor, o utilizaron este recurso para evitar que nos saliéramos de control en las épocas de la inestabilidad emocional, o de la rebelde juventud, o de la imposibilidad de  formarnos de una manera más consciente de los peligros  que la realidad entraña a los jóvenes cuando quieren abrirse al mundo, conocer otras experiencias, o simplemente, porque en esa etapa todo se nos hace fácil.  Y, ciertamente, en muchos de nosotros, me cuento entre ellos, lograron su objetivo, porque  por temor a lo desconocido, a ver un «espanto», pasamos de largo por nuestros primeros años de adolescencia, sin estar en la calle, sino hasta que el sol se ocultaba, y presurosos corríamos a refugiarnos en nuestras casas, temerosos de que en el corto trayecto de la calle a la cocina o al corredor, nos topáramos con algo sobrenatural.

Ahí estaban los custodios de la calle:  la «Llorona», la mujer de blanco, el perro negro con una brasa ardiendo en una pata, el toro negro que embestía los carros por las serranías entre San Antonio y El Triunfo, el aparecido en la Cuesta Blanca, entre Miraflores y Agua Caliente,  el charro que se asemejaba a Joaquín Murrieta a quienes por la noche les tocaba riego en las huertas, el hombre de negro, que se escondía tras el tronco de un viejo mezquite cerca de la casa de Domingo Castro Aguiar, a quien por coincidencia le decían «El Diablo», o el bebé  con dientes de vampiro, o el viejito que  jalaba de un burrito cargado de oro,  o El Mechudo, aquel indígena guaycura que se lanzó al mar en la bahía de La Paz,  prometiendo la mejor perla que sacara para Luzbel,  o los recién casados que se aparecen a medianoche en la sinuosa carretera transpeninsular en el tramo de Ligüí, o el par de ancianos que se cruzaban entre las casas cercanas a la iglesia de El Triunfo, o el aparecido del  ahora inexistente árbol de guamuchil en el arroyo Hondo, o la mujer vestida de blanco que se cruzaba por el almacen que custodiaba Taracena en Almacenes Goncanseco, o el otro Mechudo que salía y entraba a las oficinas de la otrora delegación municipal de San José del Cabo, hoy palacio municipal,  y que cuentan que lo sigue haciendo,  o el perro con los ojos de fuego, o los aparecidos a los practicantes de misas negras en el Cerro de la Calavera, en el mismo Cerro donde está el Perfil del Diablo, o en el viejo cementerio de El Zacatal,………. y un largo número de relatos sobrenaturales que se quedaron en nuestra memoria durante los primeros quince años de nuestra existencia. Y otros de reciente catadura como la mujer, con su largo vestido,  sin verle los pies, con su cabello largo y suelto, su tez amarillenta y cadavérica que a las doce en punto de la noche nos asustó a la entrada de Todos Santos, casi frente al panteón, o la que le pidió raite a un amigo en el cruce de la carretera  al Carrizal y en un suspiro se le desapareció de su  carro,  o las apariciones de muertos durante el ciclón Liza de 1976 en La Paz.

Y muy ligados a los «aparecidos»,  la razón de que sus almas y espíritus anden penando:  «porque hicieron el mal»,  «se murieron con cuentas pendientes»,  «no descansan en paz» , «quieren una misa»,  «desean decirte algo», o en el mejor de los casos, «porque dejaron dinero enterrado»;  y eso no los deja cruzar el Umbral  de Luminosidad obligado en el tránsito entre la vida y la muerte, del que se ha escrito en El libro de los Muertos, de los egipcios o en los Evangelios Apócrifos.

Hoy  por hoy, estas narraciones que nos quitaron la tranquilidad y hasta el sueño, están más que en desuso, en vías de agotamiento.  En este tiempo, por la modernidad de la computación y la internet, niños y jóvenes recurren al ciberespacio y hasta el cine, para provocar la adrenalina en su sangre y agitar su corazón, ahora sin la compañía familiar y  sin motivar la imaginación porque los instrumentos audiovisuales, hasta eso han afectado.

Como familia, en lo general, hemos perdido terreno en la propagación de las tradiciones y costumbres, como las de estas narraciones,  y lo han ganado los medios electrónicos.  Ahora se sigue hablando y transmitiendo mensajes de espantos y demonios que ocurren en cualquier parte del mundo, alejados de la idiosincrasia local y regional, porque hasta eso, espantosamente, nos ha venido quitando la globalización de nuestras aldeas; y por desgracia, lo que tal vez pudiera detener a nuestros hijos jóvenes o a  nietos, es la amenazante inseguridad,  que esa ya no espanta, sino que acaba con vidas, muchas de ellas inocentes, que estuvieron en el momento y el lugar equivocados, principalmente  en las zonas urbanas de nuestro Estado.

Es lamentable que  hasta nuestros «aparecidos» y «espantos» se han quedado sin chamba en esta situación crítica que estamos viviendo, pues su lugar lo han tomado los dueños de la noche,  amos de la calle, los males de nuestro tiempo, los jinetes del apocalipsis, que no montan caballos ni poseen rayos fulgurantes, sino que en carros robados, en motocicletas, o simplemente a sangre fría,  con armas de alto poder, mantienen a la sociedad temerosa porque nuestros jóvenes y  hasta nuestros niños, son presa y carne de cañón, para sus diabólicos fines que tienen en la ambición, la codicia, la fama y el poder, el anclaje de su destino.

 Entonces, si se puede mencionar una moraleja, valdría la pena que «espantos» y «aparecidos» de nuestros años mozos, ganaran la calle y recuperaran su posición de despertar, otra vez, nuestros temores.  Quizás sea menos dañino que lo que nos está pasando. (14-07-2016).

#Sus comentarios y sugerencias las recibo en  mis correo:  civitascalifornio@gmail.com;  y valentincastro58@hotmail.com

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