Cuchofleto va a la mina.

Hachiko, uno de los perros fieles

Somos millones de personas las que tenemos en nuestros hogares uno o más perros que nos hacen compañía, son parte de la casa y los queremos como si fueran familia. Saben cuando estamos tristes y se van a su rincón preferido. ¡Ah! Pero cuando andamos contentos nos acompañan con ladridos acariciantes, brincan, nos lamen, se nos arremolinan en las piernas y si estamos sentados se acurrucan a un costado y es condición perruna tocarnos con su cuerpo. En muchos hogares duermen dentro. Mi parrita Chihuaha duerme un lado de la cama a la altura de la cabecera.

Hay muchas historias de perros fieles, que se apagan cuando sus amos marchan…

Hachiko nació en una granja cerca de la ciudad de Ódate, en Japón. El profesor Hidesaburó, catedrático del Departamento de Agricultura en la Universidad de Tokio, lo adoptó como su mascota, “se fueron entendiendo tanto” que se encariñaron profundamente.

El perro acompañaba al Profesor a la estación –del tren- para despedirse allí todos los días cuando su dueño iba al trabajo y, al final del día, volvía a la estación para recibirlo. Esta rutina, que pasó a formar parte de la vida de ambos, no fue inadvertida ni por las personas que transitaban por el lugar ni por los dueños de los comercios de los alrededores.

Esta rutina continuó sin interrupciones hasta el 21 de mayo de 1925, cuando el profesor sufrió una hemorragia cerebral mientras daba sus clases y murió. Esa tarde Hachikō corrió a la estación a esperar la llegada del tren de su amo, y no volvió esa noche a su casa. Se quedó a vivir en el mismo sitio frente a la estación durante los siguientes 9 años de su vida. Conforme transcurría el tiempo, Hachikō comenzó a llamar la atención de propios y extraños en la estación; mucha gente que solía acudir con frecuencia a la estación había sido testigo de cómo Hachikō acompañaba cada día al profesor Ueno antes de su muerte. Fueron estas mismas personas las que cuidaron y alimentaron a Hachikō durante ese largo período. La devoción que Hachikō sentía hacia su amo fallecido conmovió a los que lo rodeaban, quienes lo apodaron el perro fiel.

En abril de 1934, una estatua de bronce fue erigida en su honor en la estación Shibuya, y el propio Hachikō estuvo presente el día que se inauguró.

El 8 de marzo de 1935, Hachikō fue encontrado muerto frente a la estación de Shibuya, Japón, tras esperar infructuosamente a su amo durante casi 10 años. El cuerpo de Hachikō fue disecado y guardado en el Museo de Ciencias Naturales del Distrito de Ueno (Tokio) El 8 de marzo de cada año se conmemora a Hachikō en la plaza frente a la estación de trenes de Shibuya.

Esta historia fue llevada a la pantalla…una bella película que miré en casa.

Hachikos hay muchos en los hogares diseminados de todo el mundo. En mi casa hay dos… Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: En Rancherías, municipio de Múzquiz, Coahuila, a la entrada de la mina Micarán, mina de carbón en la que murieron siete mineros, hay otro perro fiel. Cuchofleto (Cucho) el noble can, de pelaje negro con blanco, mirada triste y un amor incondicional, llegaba todos los días a ese lugar con la esperanza de volver a ver a su dueño, Gonzalo Cruz Marín, de 55 años de edad. El hombre fue el cuarto de los cuerpos rescatados el domingo siguiente al fatídico viernes 4 de junio pasado.

 “Cucho”, como le llaman de cariño, es un pobre animal que sufre mucho, aúlla y llora por la ausencia de Gonzalo. Relata su viuda que su esposo trabajaba dos turnos y el perro lo seguía para todos lados; se iba con él en la mañana, “lo dejaba” y regresaba a la casa. Si por la tarde no llegaba, salía a buscarlo. El día del accidente estuvo todo el día en el campamento que se levantó.

“El día del accidente ahí estaba mi perro con mi esposo y (después del siniestro) olfateaba, luego rascaba y rascaba en la bocamina, movía la cola, aferrado porque sabía que ahí estaba mi esposo”, recuerda. Ahí estuvo (en el campamento provisional) hasta que lo sacaron, y agrega que ella le hablaba a “Cucho” para darle de comer, pero el can no le hacía caso y se negaba a probar alimento. Todavía sigue muy triste, se aparta de todos y hasta lo ha escuchado llorar. “antier estaba como aullando”, Comentó que creía que “Cucho” tenía sed y les pidió a sus nietos que le dieran agua, pero siguió igual…todavía sigue así, no se resigna a la muerte de su dueño. Va todos los días a la mina…”

Alea Jacta Est- 23-06-2021

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