En junio de 1958 se realizó la ceremonia de clausura del ciclo 1957-58

En junio de 1958 en el patio “encementado” y al aire libre que estaba frente a los salones donde terminamos la educación profesional de maestros de primaria, se realizó la ceremonia de clausura del ciclo 1957-58. El miércoles entré por la puerta principal escuchando los redobles de tambor en los honores a la bandera, para la conmemoración de la fundación ocurrida el 5 de febrero de 1944 de lo que hoy es la BENU “Profr. Domingo Carballo Félix”. Entré por la puerta principal porque de estudiante nunca entré por el frente ya que unos cuantos desarrapados veníamos desde el internado viejo, recorríamos a patín toda la Bravo –que era, junto con la 5 de Mayo, las únicas avenidas pavimentadas-, cortábamos vereda por terrenos baldíos, cercos de alambre y casas de adobe con techos de lámina de cartón, y arribar por la parte opuesta en la que construimos el campo para jugar beisbol. Era un mundo de tierra y allá, al fondo estaba nuestra escuela que se antojaba pequeña en esa inmensidad de terreno… pero era nuestra escuela, a la que arrancamos del centro donde dejamos la Secundaria Morelos, en la que habíamos estado casi seis años. Quedaron en la memoria la subida de la Revolución y el buzón del correo, que estaba en la esquina, golpearlo y emprender la carrera a la escuela o al internado. Pasar por el Jardín Velasco, mirar a la derecha para observar la iglesia y llegar a la escuela. Frente a la Morelos había un edificio que era algo así como oficinas de gobierno ya que recuerdo que el profesor –era licenciado- Maurilio Núñez, salía de allí para impartirnos la clase de civismo.

El miércoles entré por el frente cargando en mi alforja un mundo de recuerdos que se “arrempujaron” para ser los primeros en salir. Y debe ser por el montón de años que me cargo ya que varias veces había ido a la escuela y mis recuerdos se mantenían adormilados en un rincón del alma- pero el miércoles no los podía contener: llegué, entre un mundo de gente, al mismo patio que transité muchas veces en 1958. Lo miré con nuevos ojos ya que se antoja pequeño en ese mundo de construcciones, y ese día, pequeño por el millar de ojos y brazos acompañados por sus dueños: muchos estudiantes al fondo y cientos de compañeros que con los ojos ávidos buscaban a sus compañeros de generación. Una techumbre modernista que niega la libertad que nos invadió en 1958 al ser dueños de esa alfombra de estrellas y el inmenso azul oscuro que nos envolvió esa noche en que recibimos nuestra carta de pasantes. Nadie nos puede secuestrar la figura “apaciblemente impasible” de don Domingo Carballo; su alma ese día brilló más ya que nos envolvió en su presencia paternal y su abrazo que pulsaba el universo.

Cuando bajé los escalones, por esa magia del pensamiento, me miré en una  mesa acompañado por mi madre y mis padrinos de generación: La Ñoña Mayoral y el Teto, mi compañero del internado. Mi madre no cabía de contento, feliz porque era su primer hijo que concluía una carrera. ¡Y vino por esos caminos del infierno en casi 24 horas de brincos y porrazos para estar con su hijo! Yo medio desubicado porque dejaría mi mundo de seis años, ese entorno de la Normal y el internado que hasta ese momento eran mi universo y mi modo de vivir. En mi pueblo conocía de minas y postes de la luz que corrían por el medio de las calles de tierra, el  pitazo de la fundición y el humo que nos picaba la nariz: en esta ciudad era feliz a mi manera ya que si la vida del internado era muy dura, el ir a pescar al muelle y comer pescados sin sal y cocinados en tapaderas de tibor de 200 litros, corretear el cochi ensebado en las fiestas de la marina formando equipo para agarrarlo ya que individualmente nunca lográbamos el éxito, y nuestras locuras el día del estudiante ya que inventábamos mil escenarios para divertirnos pues el dinero nunca estaba cerca  de nosotros. Hoy estaba en el mismo espacio que en 1958 me golpeó y acarició a la vez: un espacio rústico y una escuela con unos cuantos salones rodeada de una inmensidad de arena, y allá, lejos y a la izquierda, una edificación que le llamaban internado nuevo. En la mera esquina una casita chaparra con techo de cartón negro a dos aguas, sombreada por unos enormes mezquites donde vivía un señor que “sobaba”. Toño Sandoval me llevó, después de jugar beisbol, a que el señor me sobara ya que me había lastimado el hombro derecho. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: A mediados del año escolar (1958) azotó un poderoso aguacero y el internado se transformó en un “chorro de agua” que nos caía por todos lados. Las autoridades tomaron la determinación de “cambiar” a los internos al nuevo internado, porque la ropa empapada y en enero, podían provocar una pulmonía. Alea Jacta Est. (continuará) 7-02-14

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