Hay recuerdos que se pegan y allí perduran

Hay recuerdos que se pegan y allí perduran: el gran aguacero de enero o febrero que transformó al internado en un chorro de agua, es imborrable. Lo mismo con la mudanza al internado nuevo. Nunca olvido que fuimos un puñado los que decidimos no cambiarnos por eso no tengo duda en que nunca viví en el internado nuevo. Tampoco se me olvida que desde el internado viejo íbamos todos los días a la Normal: algunas veces  nos llevaba un autobús amarillo, de esos trompudos. A dos compañeros estudiosos de la historia les pregunté el año en que entró en funcionamiento la Normal ya que tengo idea de que nuestra generación (1957-58) fue la que inauguró el patio al que fui el 5 de febrero. Uno me informó que de acuerdo a la síntesis histórica sobre la Normal, escrita por el profesor J. Rosario García (mi maestro de Historia de México). El edificio se ocupó el 8 de abril de 1956. El otro compañero me dice que en 1957 fue entregado el edificio y don Domingo dejó de ser director de la secundaria y se dedicó a la administración de la Normal Urbana. Tal vez mi mente entró en un “torbellino de olvido” ya que solamente recuerda unos cuantos meses vividos en la escuela nueva y, ¡claro! la clausura de cursos en junio de 1958. De mis compañeros de generación recuerdo a: Epifanio Fiol –el que cantaba “dicen que ya no  me quieres, quiero saberlo por ti”-, Gilberto Rubio Manríquez (Loreto), Guadalupe Ojeda (Miraflores) José Miranda y Félix Mario Higuera (La Purísima), José Luis Esquer (San Ignacio), Patricio Rodarte y Alfredo González (La Paz). De las compañeras recuerdo a: Concha Villalobos  y Tota Núñez (Todos Santos), Gladys y Teresa León (hermanas), Magda Cuenca, Alicia Gallo, Cristalina (¿). De los grandes camaradas recuerdo a: “Enrique Zorra” Canet (La Purísima) Manuel Garay (Cachanía), Plácido “Pairo” Davis (Loreto) Eduardo “Poca luz” Galindo (La Paz), Miguel Ángel Téllez (San José de Comondú), Toño Sandoval y los hermanos Anaya (Cachanía), Teto Domínguez (Puerto Cortés). Mención especial merece el compañero José María Camacho Liera (Isla de Cedros) que fue emblemático desde que entró por el portón de la calle Reforma: Chaparro y gordito, dientón y muy feo. Era muy serio y parecía triste. Los malosos luego, luego le dieron mucha carrilla; le hablaban de su mamá y que lo extrañaba mucho y que lloraba. Camacho también empezó a llorar. Le gritaban ¡muérete abulón! Y le dibujaban corazones con esa leyenda y “tu mamá llora por ti”. Cuando estábamos en tercer año le empezaron a mandar mucho dinero: ¡le mandaban mil pesos quincenales! ¡era un dineral! Me transformé en su lugarteniente y encargado de sus tristezas y hacerlo reír: le tenía que cantar e inventar escenarios que le gustaban. En pago cada quincena rentaba un taxi, compraba cerveza y nos íbamos de parranda. Compraba levis, camisas de cuadros y botas vaqueras para él y a mí me compraba muda completa y botas: vestíamos igual. En un baile de la secundaria-normal me encontraba en la planta alta viendo las parejas que se arremolinaban en la cancha. Como Camacho tenía mucho dinero se daba el lujo de tener bonitas novias –o cuando menos él se enamoraba solo-. Lo miré que atravesó la cancha, platicó con una bella jovencita y rápidamente dio media vuelta –vestido con su clásica indumentaria-. Al rato llegó conmigo; lo vi más serio que de costumbre. Se acercó al barandal, miró para abajo y me dijo: “si me tiro ¿me mataré?” Me asomé y le dije: “sí, tírate”… retrocedió unos tres pasos y se lanzó al vacío. Sentí un temblor gordo en las piernas cuando su cabeza pegó con la saliente del barandal. El impacto lo hizo dar vuelta. Lo miré cuando daba vuelta, sus brazos apretados al pecho, sus ojos y cara en un rictus de muerte y un hilo de sangre en la boca. Cayó inclinado en la cancha: Gritos, desmayos y carrera de hombres y mujeres. Unos cuantos segundos perdí la noción del tiempo y lo recuperé cuando lo levantaron y lo sacaban por el pasillo de la escuela. Salí corriendo y llegué hasta donde creo era el hospital. Allí atendía el doctor Cardoza. Creo era cerca de donde ahora es la oficina de correos. Llegó al internado a los dos días, apoyándose en un bastón, un brazo en cabestrillo y la boca cubierta con un pañuelo negro. Le llamaron el Joaquín Capilla porque en esos días era famoso ese clavadista. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: Mi mente está entercada en que mi generación fue la primera que salió del edificio actual. Si estuve en cuarto y quinto no lo recuerdo. Solamente recuerdo la mesa, a mi mamá y padrinos en la graduación en 1958. Pero en el “internado nuevo” nunca viví. Es decir, si la escuela se inauguró uno o dos años antes, fueron los que los desarrapados caminamos a patín, en el autobús trompudo o de raite para llegar a la Normal. Ayer pasé por la calle de atrás… el mismo espacio donde jugábamos beisbol. Está abandonado y muerto. No están los mezquites donde nos sombreábamos… Alea Jacta Est.  12-02-14

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