En los tiempos viejos de Cachanía hubo dos barcos emblemáticos que se encargaron de la ruta comercial y de pasajeros entre Santa Rosalía y Guaymas y viceversa.

El Güero, Acorazado del Golfo

En los tiempos viejos de Cachanía hubo dos barcos emblemáticos que se encargaron de la ruta comercial y de pasajeros entre Santa Rosalía y Guaymas y viceversa. El Araguán y el Güero, cada quien en su tiempo surcaron el Golfo de California por más de diez años.

Busqué información de ambos y, en “San Google” encontré algunos datos que no comparto. Dice, por ejemplo, que el Araguán –de la armadora Abaroa- entró en operación en 1952 y explotó saliendo de Guaymas en 1958. Creo que en Santa Rosalía realizó la ruta a Guaymas en los sesenta y explotó como el 64.

El Güero se encargó de la ruta en los sesenta hasta la irrupción de la Era de los transbordadores en 1973. San Google señala que empezó a realizar la ruta en 2007… es un error.

Corrió casi con la misma suerte del Araguán. Atracado en el muelle de Ensenada fue abordado por unas personas para observar las ballenas que cruzaban la bahía. Después de más de dos horas de paseo hizo agua y en unos minutos se hundió. Creo que fue por los 70… en fin. No es el tema de esta entrega:

Al inicio de los sesenta, trabajando en San Ignacio, decidí aprovechar las vacaciones de verano para ir a comprar un carro a Ensenada ya que en esa ciudad tenía familiares y un hermano.

Abordé el Güero que iniciaba la travesía como a las siete de la tarde. Éramos como doce pasajeros. El equipaje seguramente se guardaba en la bodega, Era un barco pequeño y al pasaje lo mandaban arriba de cubierta en otra chica, techada en forma de visera. La media luna tenía una barra de madera a manera de banca o asientos. La estructura –de madera- estaba sujeta con unos tubos que a la vez servían para que los pasajeros tuvieran donde agarrarse. Algunos ocupamos un espacio y otros se tiraron al piso colocando una cobija.

La travesía transcurría normal, con los vaivenes característicos de una nave chica en las aguas del golfo, Como a las dos horas el barco empezó a entrar como a una boca de lobo. Dos marineros que pasaron por debajo de la media luna, platicando dijeron que nos agarraría “un Torito”. No tenía idea de qué era “esa cosa”.

El barco empezó a bambolearse más y el golpe de las olas en el casco producía un ruido alarmante. Empezó el viento y en el horizonte se producían fuertes relámpagos.

Llegó la lluvia y el viento arreció. El barco empezó a subir y bajar olas que nos inquietaron. Cuando la lluvia se transformó en tormenta, me sujeté del tubo y me recosté sobre mi costado derecho para aplastar la bolsa del pantalón y proteger el dinero.

De repente el ruido característico de las máquinas cesó. De inmediato el barco quedó a oscuras invadiéndonos una zozobra que nos recorrió el cuerpo en un miedo paralizante. Todo aumentó de intensidad –tal vez por el miedo- ya que la nave quedó al garete, a merced del monstruo marino. Ya no fue el movimiento de arriba para abajo de las olas; ahora el movimiento fue de costado a la derecha y la izquierda con instantes en que parecía que se voltearía. Observaba el palo mayor y me parecía que cualquier momento pegaría contra el agua… todo fue espantoso. Llegó el momento en que pensé que nos ahogaríamos ya que –reflexioné- podía ir de pasajero el campeón mundial de nado ¡y de nada le serviría!

A cada bamboleo más prolongado, desde el fondo del casco se escuchaban lamentos de un barco que se negaba a morir. Los ruidos prolongados recorrían todo el buque…parecían el estertor de la muerte. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

Pasemos el Rubicón: Cuando los relámpagos iluminaban por segundos la media luna, el espectáculo era dantesco: parecíamos condenados muerte. Los que estaban en el piso solamente se volteaban un poco para vomitar sobre el hombro y la cubierta. Empezaron el llanto y los lamentos; las pocas mujeres empezaron a rezar… en esa noche, con los ruidos del barco y las olas, la lluvia y el viento, los rezos se antojaban de muerte, los gritos llamando a la pareja se enredaban en la noche como lamentos. Entre los pasajeros iba uno al que conocía; le decían el Malata y era de Ranchería y en Semana Santa era fariseo. Su esposa le gritaba: “Malata, alcánzame una cobija”. Insistió muchas veces.

Los rezos y el llanto arreciaron y empezaron las promesas: “Diosito, te prometo portarme bien, iré todos los domingos a misa y me confesaré”. Otros prometían mandas y sacrificios.

El Güero no se hundió- ¡Era un acorazado del golfo!

Cuando las máquinas volvieron a trabajar se encendieron nuevamente los focos y el Torito amainó. Empezaba la claridad. Luego empezaron las burlas para los que prometían rezos y mandas. Al Malata le llovió la carrilla porque llorando le gritaba a su señora que no encontraba una cobija.

La nave viró a la derecha y en medio día atracamos en Guaymas.

Bajé, fui a un pequeño hotel, revisé mi dinero y otro día continué mi aventura.

A los dos meses mi hermano y yo tomamos la brutal ruta de Ensenada-Rosalía y a los 4 días llegamos.

Compre un Ford fairlane 1956, rojo, hermoso, lujoso. La ruta fue infernal, pero llegamos.

Mi fairlane dio guerra por cinco años hasta 1967.

Corrió la misma suerte que el Araguán y el Güero: tres días antes de casarme la raza organizó una despedida. Me dieron ganas de orinar, bajé de mi flamante unidad y llegó la policía. Me querían llevar al tambo.

Hicimos un arreglo: me llevaron a mi casa, se llevaron el carro y otro día llevé a la cárcel los papeles y me entregaron quinientos pesos. ¡en esa cantidad lo vendí! ¡nunca volví a ver mi fairlane rojo!

Alea Jacta Est- 25-04-2021-

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