Vayan a la tiendona del chino Luis a traer la tractolina

Crónicas de un pueblo que se sale de sus calles. (5 y última)

Vayan a la tiendona del chino Luis a traer la tractolina y pregúntenle si todavía tiene carne de caguama de las que mató ayer, decían las señoras del rumbo de las huertas de los López, hasta la casa de Procopio que está rumbo a la salida de los territorios del  Salerno, que va por el récord de Manuel que duró 40 años de subdelegado. En el patio de la casa de piedra toda la vida el trajinar, la faena y las tareas impuestas por el patriarca se cumplían  puntualmente. El ronroneo del motor de un foringo 48 que extraía el agua de un pozo para uso familiar y el riego de la huerta, se confundía con el trajinar de las faenas diarias: un día había que destazar caguamas, otro, abrir la concha de “cerros” de almeja, filetear pescado, descargar “el burro sureño”, acarrear a la cocina la carne de la vaca recién sacrificada, cuidar el agua de los surcos repletos de tomate, chile, rábano, zanahoria, regar las flores, los naranjos y las limas. Una tarea de hormigas mientras los “guerreros chicos” se entretenían mirando a sus hermanos trabajar. Y es que fue una familia de doce hermanos y antes completaba la tropa el abuelo Luis, los tíos Manuel y Joaquín. Al paso de los años la casona fue platicando con la soledad y el silencio y en las noches otoñales se escuchaba el “resuello” del fuelle,  la fragua y el golpeteo en el yunque al pedazo de fierro que el chino estaba haciendo machete, y el jugueteo del agua del arroyo con las piedras del cauce y el croar de las ranas y sapos… ¡el canto magnánimo de los grillos! Murió el troco familiar llegado desde Cantón, China, luego el burro sureño y su dueño que añoraba sus andanzas y el  traje de buzo. Los hijos echaron una mirada al patio, la tiendona, los cuartos y su casa de piedra y llenaron su alforja de recuerdos, sinsabores, nostalgias y suspiros y fueron abandonando el caserío y el arroyo. La casa de piedra y la tiendona empezaron a ser vistos por los lugareños con cierta nostalgia y enredos de recuerdos cuando pasaban por la calle y detenían su mirada en los escalones de piedra que muchos años pisaron para comprar mercancías.

Arnulfo desempolvó su alforja, sacó sus recuerdos y el coraje que le implantó su padre… tomó el martillo y el serrucho y empezó por los marcos de las puertas y los techos caídos. La casa respira hoy lozanía y pertenencia. Nos recibió con los brazos abiertos, nos presentó su perra blanca, inglesa, luego a Gonzalo y su barba montaraz; no se quiso quedar atrás y nos presentó su perro “Piro” que estaba echado un lado de él. Le habló y le dijo: “ataca, ataca”. Piro se levantó medio tembloroso y tuturusco, olió unas hormigas y le picaron el hocico. Mi esposa estiró sus ojos al final del patio, miró el frondoso ciruelo del monte, se metió entre las ramas y le tomé la foto que la devolvió medio siglo en la rueda del tiempo. Ya tarde nos despedimos, nos regaló una bolsa de requesón y dos de naranjas y limas,  y por la magia del pensamiento escuché voces de los que compraban tractolina, frijol y arroz. En el silencio de la tarde escuché el ronroneo del motor del foringo 48. Cuando iba saliendo miré el muro del pozo de agua y pude observar al chino Luis amarrado un lado de la hornilla. A José Arcadio Buendía lo amarraron en el castaño del patio. Al chino solamente la soledad y el tiempo lo pudieron detener… la escafandra estaba a sus pies.

El domingo 17 de noviembre llegamos por Juan –el irrepetible-, tomamos la carretera y llegamos a Santa Águeda decididos a cruzar el arroyo y platicar con los residentes del rancho El Japón. Llegamos a la escuela, bajamos por el camino pedregoso y cruzamos el arroyo. Platicamos con la familia formada por Jesús Armando Salazar Dávila, su esposa y su hijo. La familia es Salazar Gaynor y tienen más de 40 años de vivir allí. Doña Amparo Arreola, cuando le platiqué que había ido al Japón y pregunté qué sabía, me dijo: “Mi viejo tiene 80 años y nació en ese rancho. Paralelo a la orilla hay unos cimientos de casas que la tradición oral señala que allí se construyeron unos billares y un burdel que eran visitados por jefes franceses. Se comenta que posiblemente algún grupo de japoneses desertores de la empresa que vivían en el “pueblo japonés” de Cerro Verde y Soledad, (1904) hayan cruzado la meseta y se asentaron a orillas del arroyo. Otra versión apunta que los japoneses habían llegado como en 1860, que venían de la costa de Tortugas y Asunción, y otros que llegaron desde las lagunas de Guerrero Negro.  Lo cierto es que hay un vacío histórico, ni una tumba, ni nada. Mi correo: raudel_tartaro2@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: Pero el Japón existe, es un rancho con una hermosa huerta de más de una hectárea. Y tal como en la bonanza de la casa de piedra el agua nunca falta: una bomba la impulsa por un tubo que la transporta por la pequeña pendiente que llega hasta la huerta. En Cachanía Jesús Monobe fue el tronco de una familia de origen japonés, pero él llegó de Sinaloa, y claro, sus antepasados venían de Japón. Alea Jacta Est. 6-12-13

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