Qué ajenos estábamos entonces de la amenaza que se cernía sobre nuestras cabezas.

¡Y tan lejos que veíamos a China!

Estaba yo muy tranquilo el jueves 2 de enero, del recién inaugurado 2020, habiendo sobrevivido a posadas, cenas, y amanecidas navideñas, imaginando cómo sería este año que recién comenzaba. Ya saben ustedes amigas, amigos, en ese clásico sopor que nos deja la nostalgia del año que se fue y la alegría por develar los misterios del que viene.

Yo había hecho planes para este año ahorrar, volverme millonario, cambiar de carro, bajar de peso, hablar inglés, viajar a Europa y todas esas cosas que se propone uno y que se van quedando por el camino conforme transcurren los meses.

Por esos invernales días, aparecían tímidas notas en las noticias que hablaban de una epidemia de neumonía en algún lugar remoto de la milenaria China.

Qué ajenos estábamos entonces de la amenaza que se cernía sobre nuestras cabezas. Palabras como coronavirus, COVID-19, mascarillas N95, pandemia, y otras más eran totalmente desconocidas para la mayoría de nosotros que nos preocupábamos más por lo caro y escaso que estaba el hueso con tuétano para el cocido de res, que por lo que acontecía en el lejano continente asiático.

Vivíamos tan ignorantes y distantes de la catástrofe que se desataría meses después, como los pasajeros del Titanic a las 10 de la noche en su viaje inaugural.

Hoy todo ha cambiado, permanecemos encerrados en nuestras casas con miedo e incertidumbre. Lo que antes era virtud ahora es pecado.

Cada uno se las va arreglando para sobrevivir como puede y hasta donde le alcancen los recursos, hay quienes se han tirado a la milonga y matan las horas de ocio sentados frente al televisor, otros jugando a ser chefs, inventando inverosímiles recetas de cocina, que a juzgar por las imágenes que suben al feis, hay que ser más valiente que un médico del IMSS, para probarlas. Y están, los menos, aquellos que han decidido ser productivos y se mantienen ocupados atendiendo hasta donde es posible sus trabajos y su educación y ahora que se pusieron de moda las plataformas digitales, toman cursos, asisten a conferencias, hacen juntas por video llamadas y hasta celebran fiestas de cumpleaños a distancia.

Yo estoy esperando que me confirmen la cita para acudir a una orgía que mis amigos están organizando a través de uno de estos medios digitales. Aclaro que mi asistencia es con carácter estrictamente profesional y pienso asistir solo para documentar el insólito evento.

¿Para cuándo terminarán los días de reclusión? Eso es un enigma mayor que la existencia del hombre de las nieves.  Y mientras las autoridades sanitarias se ponen de acuerdo para otorgarnos la libertad condicional, solo nos queda apechugar este encierro y sacarle el mayor provecho a la adversidad o lo que sea que eso signifique.

Por lo pronto a seguir encerrados, dándole buen uso al tiempo, porque después de esta crisis sanitaria viene una mayor, la crisis económica que ya comienza a asomar la nariz.

Pero de eso no se preocupen, ya veremos cómo cruzamos ese puente cuando lleguemos ahí. No será ni la primera ni la última vez que tengamos que lidiar con una situación así.

Para eso de las crisis, los mexicanos nos pintamos solos.

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