El miércoles pasado, como ya lo apunté, se presentó la segunda edición de mi novela “La ciudad del canal”

El miércoles pasado, como ya lo apunté, se presentó la segunda edición de mi novela “La ciudad del canal” referida a Guerrero Negro mi ciudad impensada, ya que sin imaginármelo, al escribirla y mis andanzas por ese desierto sin fin, sus dunas y los cabos amarillos fornicadores de arenas, me enamoré de esa ciudad contradictoria que para muchos visitantes es un fenómeno en el desierto, para mí es todo, es soledad contagiosa y silencios que te gritan. Al tener en mis manos la segunda edición pulsé el libro como una gota de agua, temblorosa, cristalina, que no debía escapar. El color verde jade de la portada, el título en blanco y el vampiro Loreto de Blackman recostado en el filo derecho de la portada, con su cara blanca, inexpresiva y sus manos largas –también blancas- con dedos como de gallina y su capa negra que sale desde el ángulo inferior izquierdo… ¡y un  triciclo rojo! en el que se paseaban niños del panteón clandestino. Una magnífica creación de los que se encargaron del diseño.

Conté con la agradable presencia de un grupo de sexto semestre del Cecyte del Centenario y un puñado de compañeros que asistieron para escuchar la charla sobre el tema. En 35 minutos salté desde la fundación, al Black Warrior barco que se hundió en laguna Guerrero Negro, la Punkin lancha que se hundió y perecieron ahogados cuatro gerentes y el lanchero, hasta llegar a la playa Malarrimo: “Cuenta la tradición oral que cada 7 de abril, en la cresta alta del médano que se desliza a la playa Malarrimo, aparece el Black Warrior semienterrado, al igual que la Punkin que solamente asoma la punta de la proa. Que una niebla muy espesa cubre todo el contorno. Que una tormenta eléctrica descarga rayos y centellas sobre el Black Warrior y la Punkin. Que la niebla se va tiñendo de una coloración muy hermosa: roja, azul, amarilla, morada, verde, naranja, gris. Que las lengüetas de colores se mueven rítmicamente como al impulso de una melodía y forman figuras caprichosas, impresionantes. Que en ese momento empiezan a aparecer figuras de fantasmas y querubines. Que de la Punkin emergen cinco siluetas vaporosas envueltas en túnicas grises. Que del Black Warrior salen once siluetas. Que dos siluetas están envueltas en  túnicas moradas. Una de las dieciséis siluetas es muy pequeña como si fuera muñequito. Su cabeza la cubre con un bonete muy rojo y calza unos zapatitos suecos. Que a las cuatro de la tarde todo desaparece y la playa recobra la tranquilidad y soledad de siempre… Los tres maderos siguen atentos a la cuenta larga de los barcos que no encuentran su atracadero. Atentos a la cuenta larga de las fantasías y los mitos.” (Así termina la novela, en la página 303)

Guerrero Negro se fundó oficialmente el 7 de abril de 1954 y en junio de 1967 llegamos un compañero y yo comisionados por la SEP para fundar la primera secundaria de la comunidad. Llegué después de 13 años de haberse fundado esa salinera población. Fue impresionante sentir el viento violento y frío que nos masacraba a todas horas; una niebla muy helada que diariamente bajaba al grado de no poder ver más allá de quince metros. Solamente en medio día se iba la niebla y amainaba el viento. Y en la tarde-noche otra vez el infierno de niebla, viento y frío. El poblamiento estaba formado por tres filas de casas bien hechas construidas de triplay grueso con techos resistentes. La vox populi le llamó colonia americana. Cuando miré el canal que dividía el centro empresarial (oficinas, casas, máquinas, obreros) del desierto, me acordé del río Mololoa que atraviesa –o atravesaba- la ciudad de Tepic. En 1967-68 no miré el desierto del oriente porque todo el tiempo me transporté en la avioneta que piloteaba el capitán Morales. Hay que recordar que no había carretera y llegar desde el sur (S. Ignacio, Cachanía o más del sur, era una odisea de muchas horas) Por eso cuando el doctor Julio César Peralta me pidió que escribiera una novela de su población le contesté con un rotundo “no” ya que tenía a flor de la memoria el clima infernal y la casi inadvertencia de los obreros que se consideraban “nacidos para ir y venir del trabajo.” En junio de 2009 llegué por la carretera Transpeninsular, pasé la Y que un ramal sigue más al norte, para El Arco, y explotó en mis ojos una franja ancha de pavimento: se llama bulevar Emiliano Zapata. Llegué al canal que ahora es el símbolo emblemático del inicio azaroso. El oriente que era la casa de la fauna desértica ahora está poblado por muchas colonias. Eso y más narré. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: Reviví en la plática personajes que encontré por ese desierto sin fin: al Sísifo de la carretilla que todos los días iba y venía cargando mil cosas. Coloqué en la carretilla cinco kilos de esperanza envuelta en terciopelo verde y dos bolsas de papel llenas del viento del norte. Di vida a la ciudad de arena y al changarro de Roberto que tiene una mesa destartalada con unas papas cancerosas, unos birotes lamosos. Y en la pared de enfrente se lee: “se encargan quimeras, nostalgias y suspiros. También se rentan los clavos del Mesías.” El viernes 24 terminó la extraordinaria semana del libro. Actividad cultural del Instituto Sudcaliforniano de Cultura. Un abrazo solidario a todos. Alea Jacta Est. 30-04-15 (caminando ranchos, arriba de San Ignacio)

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