Cuando escribí la novela Caídos del cielo del infierno ya radicaba en esta ciudad

El primero de mayo…

Cuando escribí la novela Caídos del cielo del infierno ya radicaba en esta ciudad y no tuve necesidad de ir muchas veces a Cachanía ya que la obra se desenvuelve en la vida álgida y azarosa de los mineros, la empresa, el sindicato y los grupos –centros mineros- antiguos. Solamente fui dos veces y llevé a mi padre a Santa Martha y hasta donde pudimos subir a Purgatorio o Cerro Verde. Me dibujó los escenarios y yo los grabé. Se emocionaba tanto que parecía estar viendo el poblado. Allá estaban los lavaderos –me dijo- , caminamos y encontramos las ruinas de ellos. El mecenas fue mi padre ya que fui “su visita incómoda” las dos veces. Para la novela Sueños de metal y lumbre, el mecenas fue el compañero Juan García ya que durante un año y medio, en idas y regresos, viví con él en su cuarto lleno de soledad y silencios. Para la novela La ciudad del canal, la empresa salinera me proporcionó casa y comida en Biconsa. Sin esos apoyos jamás las hubiera escrito ya que mi capacidad económica no me permite gastos en hotel y comida.

El 14 de mayo del año pasado –dentro de siete días hará un año- a las seis de la tarde llegué a la Casa de piedra de la familia Sui Qui García, símbolo emblemático de la estirpe llegada de Cantón, China: Luis, Manuel y Joaquín y Luis chico hijo del patriarca Luis. Para 1947 la casa fue inaugurada y desde entonces fue el centro comercial de la comunidad. Murieron los fundadores y la casa fue abandonada. Arnulfo Sui Qui, armado del tesón y coraje de su padre, al pensionarse tomó la determinación de irse a San José y levantar la casa. Me recibió con los brazos abiertos… ya hace un año del inicio de esa aventura que hace algunos meses (después del Odile) me llevó hasta el tope de la sierra de Guadalupe, en el rancho San Dieguito. Desde siempre tuve la intención de que la novela abarcara algunos ranchos que están por el otro lado del espinazo de la sierra saliendo desde San Ignacio. Mis antiguas correrías me llevaron a San Joaquín, San Zacarías y la Laguna de San Ignacio. Hoy el mecenas para llevarme hasta el tope del espinazo y que al otro lado está la antigua misión de Guadalupe fue el compañero Jesús Salvador Güero Verdugo. Fue una odisea mucho peor que el viaje a San Dieguito. Transitamos toda la sierra y subimos una cuesta mil veces más intransitable que la cuesta de El Chileno –para llegar a San Dieguito-. Llegamos al último rancho después de nueve horas y media de haber salido de San Ignacio. En la novela reseñaré el episodio. Obviamente sin el apoyo de Güero Verdugo no hubiese vivido la aventura que me llenó de gran satisfacción. Desde ahorita declaro que los habitantes de aquellas montañas –por San José y por San Ignacio- son seres de una estirpe tal que los habitantes de las ciudades, y mucho menos las autoridades y los políticos, no tienen la mínima idea de la pasta y madera de que están hechos.

Regresé a Santa Rosalía a las ocho de la noche del miércoles 29 de abril después de nueve horas y media de ida y seis y media, de regreso, por arroyos y montañas en las que se perdieron las rodadas de carro.

El día primero de mayo, día del trabajo, el desfile fue el formulismo para no dejar pasar la fecha. Por la avenida Obregón, y por la magia del pensamiento, me remonté a la década del 70 en que los mineros sin patrón, las cortadoras de sardina, maestros, estudiantes, choferes, eventuales, albañiles, atronábamos las mismas calles llenos de contento, de mantas y consignas contra el gobierno y los patrones. El pueblo nos observaba desde los corredores, las ventanas y banquetas. Tan pronto dábamos vuelta por el Chorizo, en Ranchería y avanzábamos por Calle Once y la Constitución, dejaban las ventanas y banquetas encaminándose a la plaza donde realizaríamos el mitin. Fue una tradición obrera y de lucha que duró diez años. Desde 1980 el pueblo y sus calles no han vuelto a vibrar por el coraje y bravura de la lucha minera. Los obreros de la minera, que fueron sindicalizados, nos quedaron a deber en la historia aguerrida que se remonta a la gallardía del grupo minero que en Santa Martha y Purgatorio escribieron la página brillante del sindicato rojo que fue masacrado por el gobierno del general Agustín Olachea. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: Los viejos pasos mineros/ nunca olvidaron su historia./ Espartacos de piedra/ desempolvando sus recuerdos/ en los panteones/ de los viejos grupos mineros./ Si los hubieras visto Cachanía mía/ ¡cómo arrastraban sus pasos/ de Ranchería al Parque Zaragoza/ y luego a la plaza central/ si los hubieras visto Cachanía mía!/ Y yo te vi nacer, te miré padecer/ Pero hoy apestas a marisco podrido,/ ya no tienes ojos de metal y cerro,/ ya no tienes vestido de mina/ ni el corazón de la fundición/ cuenta los latidos del pueblo./ Hoy tienes ojos de canoa y mar,/ ya no hueles a cobre y ceniza de carburo,/ hueles a marisma y salitre,/ a sargazo y lama./ El patrón oriental no tiene piel rosada/ tiene ojos negros y rasgados/ pero igual que ayer/ huele a explotación y miseria// (De: “A falta de mi poema escribo olas”) Los coreanos “inventaron las calamareras”. Los canadienses crearon la minera El Boleo, pero los coreanos se la compraron. El auge ya no se mira y han liquidado muchos trabajadores. Alea Jacta Est. 8-05-15

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