Sin sus huellas, sin su sombra.

Los muertos que se van…

En los cursos de verano de 1966 estando en Tepic recibí un telegrama del profesor Ricardo Fiol Manríquez, que textualmente decía: “si quieres trabajar ven a esta o envía documentos”. El profesor Fiol estudiaba la Normal Superior en el Distrito Federal, y estaba formando la escuela secundaria de Ciudad Constitución. Solicité copia de mi boleta del año anterior y constancia de las cuatro materias que cursaba. El sábado muy temprano tomé un autobús y me dirigí a la Ciudad de México. El búnker de los sudcalifornianos que cursaban la Normal Superior era el Hotel Atlanta, allí lo encontré. Le entregué la copia de la boleta y la constancia de las cuatro que cursaba. ¿No cursas el tercer año con doce materias? Me dijo. Me aclaró que el departamento de secundarias no aceptaba maestros con menos de doce materias, pero que me podía asignar a la biblioteca para al siguiente año darme las sociales. De hecho iba a aceptar, pero puso una condición; “por unos dos años te mantendrás callado, es decir, no hablarás mal del gobierno ni del sindicato”. El maestro Fiol era un sindicalista a toda prueba. No acepté y me dijo que lo pensara ya que la Normal de Tepic tenía “bola negra” en la federación; que para el otro año me colocaría en los grupos. ¡Vaya que tenía razón! Tardé casi diez años en colocarme en secundarias. Me jubilé siendo maestro disidente. Al no aceptar me preguntó si no sabía de alguien que pudiera impartir “Estructuras metálicas” materia que pensaba iniciar. Mi hermano Lalo García recién había regresado de Ensenada y era carrocero y pintor de autos. Se lo recomendé y me dijo que le avisara y a finales de agosto se fuera a Constitución. Para la década del 70 mi hermano impartía todos los grupos, de estructuras metálicas. En ese tiempo mi esposa y yo lo visitamos varias veces. En su casa hacíamos caguamadas, él y yo cantábamos. En todos los grupos siempre hay   bohemios que cantan y tocan guitarra.

Algunas veces nos acompañó el licenciado Marco Antonio Orozco que fungía como Ministerio Público. Por la noche las tres familias nos íbamos al Mesón del Herradero.

Una ocasión ya “a medios chiles” el Oveja Orozco –así le decíamos- colocó una pistola sobre la mesa. El Lalo, mi hermano, se levantó violentamente y le dijo que la guardara, que con esas cosas no se jugaba. Como por ironía a los días, mi hermano  murió asesinado.

Marco Antonio al poco tiempo lo envían como agente del Ministerio Público a Santa Rosalía. Continuamos la camaradería de siempre. Algunas veces fui a caguamadas a su casa. Nos colocábamos en el patio trasero bajo la sombra de un enorme árbol de la India y su tronco gigante. Varias veces me gritó: “si quieres comer caguama ve a la casa.”

Ya radicado en esta ciudad coincidimos en caguamadas y en La Progreso. Me palmeaba el hombro y me decía: ¡García!

Nos sentábamos en la banca –verde- de los taxistas, frente la tienda de mi compadre Chato Verdugo. Allí llegaba el compadre Quique García. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: En 1980 fuimos candidatos a la alcaldía de Mulegé. Él por el PRI, partido de sus amores. Yo por el Partido del Pueblo Mexicano, la izquierda que me identificará hasta la muerte.

En lo álgido de la campaña –con pleitos en cantinas- un día pasé frente al local del PRI y lo miré sentado en la guarnición. Me estacioné y me encaminé a donde estaba. Le dije: “Orozco, te voy a ganar” Me miró de abajo para arriba y me contestó: Me dan ganitas” Sabía a lo que se refería: a la maquinaria infernal del PRI antiguo.

Tomó posesión como alcalde y yo tomé mis tiliches y me vine a La Paz, pero nos seguimos viendo como grandes camaradas.

Ya no encabecé luchas mineras. Ya el pueblo se apaciguó.

Recibí la noticia de su lamentable fallecimiento.

Y por la magia puntual del pensamiento recorrí los altos escalones del patio, escalones que dan al arroyo F, Montoya, abrí la puerta y en el árbol gigante de la India miré la mesa y un portafolio abierto al que en fila india se acercaban sus huellas, que fueron brincando: las del Valle, las de su ministerio en Cachanía, las solemnes de actos oficiales como alcalde, pero también las desmadrosas de bohemias y guitarras.

Recostada en el tronco gigante estaba su sombra desesperada por no poder acompañar al Oveja Orozco…

Un abrazo fraternal para Sandra, su esposa, y a sus hijos. No sé si en el cielo encontrará un PRI al que valga la pena apostarle,

Alea Jacta Est- 16-10-20

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