No era luna de octubre pero como si lo fuera ya que su reflejo platinado sobre la alfombra verdioscura de Playa Los Naranjos y la silueta casi traslúcida de la montaña que parte la playa, parecía transportarnos al mundo mágico que solamente vemos en esos parajes. El ruido del silencio nos arrulló y la noche fría nos arropó en un sueño reparador. El miércoles, las nietas enfundadas en sus trajes de baño –los que no encontraban- rompieron el paisaje interrumpido por búngalos, y de la mano de su padre llegaron hasta la playa: inventaron juegos, tiraron al agua los mil catarros que traían y llenaron sus baldes sin fondo ya que la arena volvía a la orilla, y volverlos a llenar: platicaron de muchas cosas: “estas conchas son para la Gabi, estas para la Tania y estas grandes se las llevaremos a tía faty”. No aguanté su ritmo y me senté en una banca debajo de una ramada. Por fin regresé al búngalo. Mirar los hijos pequeños y nietos (las dos matracas nuestras) tirarse al piso, desparramar la arena de sus baldes, apartar las conchas de almeja, mover sus manitas como aspas, ganarse una a otra la pala o pelota, es la fiesta sideral que los padres y abuelos cargamos en nuestra alforja para que nos la echen al ataúd en la partida. La rutina metálica y metódica de la rueda de la vida se disloca en esos espacios de felicidad incomparable: todos los bienes del mundo, todas las tareas “importantes” sucumben ante la fibra luminosa que inunda la figura multicolor de los nietos, su alegría desbordante en esa fiesta de años sin frontera cuando se montaban a la camioneta para ir a comer a Mulegé: pedir sus sillas periqueras para alcanzar la mesa, hacer caricias o jugar con un perro –que nunca falta en los lugares donde hay norteamericanos, picotear sus alimentos, hacer rabietas: “yo no quería esto”, la línea al borde de la paciencia de la mamá y la abuela, son el alimento que nutre a los viejos que esperamos la tarde de la vida sentados en las poltronas de viento. Ver el río Mulegé con sus trincheras de mangles y rocas derrotados por los meteoros recientes, el paseo al faro, mutilado por la torrentera de la lluvia, el eterno restaurante del amigo Güero Almeja –finado- que nos llenó de bonhomía y canciones y llegar hasta el pie del promontorio coronado por el faro donde el compañero Jesús Solís Alpuche oteaba el horizonte y bebía distancias para atracar en su bella Yucatán y mantener la férrea lucha por la dignidad y el decoro, desenredaron la piola de mis recuerdos y como vuelo de gaviotas se lanzaron al espacio salobre del estero. ¡Y brotó como mágica aparición! El logo del PSUM que en los setenta dibujamos en la parte plana de esa roca del faro. ¡Allí está todavía! como mudo testigo de una lucha que hermana a los cantores de la libertad. Ir a Mulegé y acortar el tiempo para continuar la travesía a Cachanía. El viernes a las diez de la mañana enrumbamos para alcanzar el Tiro William y San Luciano, mirar la fundición retratada en la mole granítica del cerro de la Reforma. Despedirnos de Naranjo agradeciendo su hospitalidad y amistad familiar. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: los ojos de mar y arena dieron paso al cuerpo de fierros y calles apretujadas de la centenaria Cachanía. Esa ciudad que cambió sus ojos de mina, cañuela encendida y grasa de donque, por el cántico nocturno de canoas pesqueras, olor a sargazo y calamar. La ciudad que ahora enseña sus calzones negros a los viajeros de calamareras y a los residentes de ojos negros y rasgados. La ciudad que pretende dar vida a la nueva minería de Metalúrgica Boleo. Las nietas cambiaron los arreos de playa por trajes veraniegos para ir a visitar a sus tías. Se dieron vuelo jugando en el pasillo de un nuevo hotel, medio lujoso, ubicado frente a lo que fue la llantera de Eduardo Meza. Ya instalados salimos a recorrer la ciudad: las mismas calles, los lotes y sus callejones. Las avenidas sin tráfico por ser días de “playa”. Javier –mi yerno- y yo dimos una vuelta para la ramada de los fariseos y nos tomamos una cerveza en una cantina de otro mundo: local oscuro con paredes sucias y techo de triplay a punto de caer. Un tubo que seguramente sirve para el show de unas damas. Declaro que nunca había entrado a un local como ese. Salimos y recorrimos las calles solitarias. Pasamos dos veces por el mercado municipal y un grupo de personas que estaban en la banqueta, nos gritaban. A la tercera vuelta me estacioné: Santa Rosalía es el pueblo donde la raza buena puede tomar cerveza en plena calle. Allí saludamos a : Lalo Juárez, Pipi Zúñiga, Diablo –uno de tantos- Fernández y al yerno de Olvera. Fue una tardeada única, como las que se escenifican casi siempre en plena calle. Nadie molesta y a nadie incomodas. Alea jacta est. 12-04-13. (concluiré el miércoles) Mi blog:  http://nivelcincuenta.blogspot.com