La suerte está echada / Crónica de 216 horas irrepetibles (I)

Nuestras dos nietas más pequeñas desde cinco días antes nos hablaron informándonos que tenían un día buscando sus trajes de baño. El jueves sonó el teléfono y la voz inconfundible de Edayan Nadesdha se escuchó: “dile a mi tata que ya encontramos los trajes de baño”. La vida, con sus ruedas de engranes perfectos, de un bronce reluciente, toma su ritmo acompasado, tan acompasado que llega a predestinar el vaivén de los años, días, horas, minutos y segundos, que hilvanan el tiempo de cada sujeto humano. Sin darnos cuenta nos vamos en la “cuenta” de las ruedas de la vida y la existencia se transforma en el ir y venir de la chamba, la tarde para tomar el café y la noche para dormir… y así en la cuenta larga de la vida corta: la rutina se nos pega como segunda piel ¡y ni lo notamos! Por eso cuando las nietas buscaban sus trajes de baño, las ruedas de mi tiempo se brincaron un engrane y desperté pensando en el viaje que se había programado en compañía de mi esposa, una hija y su esposo, y las dos nietecitas. La cajuela de la camioneta se llenó hasta el tope al grado de que al abrirse caían bolsas al piso. Para las diez de la mañana pasamos por el kilómetro 98 y no llegamos a comer los gustados burros y empanadas porque llevábamos lonche. Pasamos por el “cien” y las ruedas molachas de la vida con muletas asaltaron mi memoria: recordé los años del ochenta en que era descanso obligado echar gasolina, entrar a los baños y comprara burritos. Llenarnos del olor risueño del café recién colado de los changarros  que estaban frente la gasolinera. Los estragos de los tiempos achacosos en reumas y soledad poco a poco se fueron comiendo la lozanía, la humedad, la algarabía, la esperanza y la pujanza de los rancheros y residentes de la comarca; acomodaron sus cachivaches y con lágrimas en los ojos abandonaron sus afanes y recuerdos y emprendieron su caminar por la línea de la carretera. La alfombra verde de los sembradíos sin horizonte, las acequias rebosantes de agua, la humedad de los surcos y las casas con techos fabricados con tejas de sacrificio y bondad, fueron desapareciendo y el abandono acompaña a los viajeros por la línea de la carretera hasta Ciudad Constitución que también nos muestra locales coronados con escamas de soledad, silencio sin destino y huellas de errumbre gris. Y las nietas en esa fiesta de años sin frontera no paran de gritar, platicar y brincar del asiento trasero al delantero. Para las dos de la tarde cargamos gasolina en  Loreto, comunidad que espera el lobo del cuento para que el turismo descargue sus bondades. Pasamos por la mueblería del compañero Blas Gámez, recordé su guitarra colgada en una pared y mentalmente “tararié” la primera estrofa de “María”: “de las flores del campo, que a ti te gustan tanto, yo tengo celos, María”…, canción predilecta de Gámez y que a mí me gusta muchísimo cantar. Los estragos del viaje hicieron su aparición y las nietas se desparramaron en las piernas de su mamá y la nana. Nos desentumió el puesto de control del ejército, Edayan y Ankahara María, cargaron energías y la cuesta de Ligüi y el horizonte azul de la bahía revitalizó sus afanes de gritos y travesuras: el Coyote, Los Cocos, el Burro, El Requesón y Santispack, playas llenas a reventar, donde los paseantes tiran por la borda el tiempo y el ayer, ¡y viven a plenitud el presente! Y otro día, otra vez el presente, y el pasado con sus patas arrugadas por el agua de la playa, a nadie importa. Para las cuatro de la tarde salimos de la carretera y tomamos la brecha para arribar a la Playa Los Naranjos, propiedad del compañero Armando Naranjo Mariscal, playa que acoge a los vacacionistas con la quieta presencia de cabañas y bungalows, con servicio de: camas, baño, regadera, luz eléctrica y estancia cómoda y segura, atención esmerada y limpieza. Nos proporcionó dos bungalows, nos instalamos y fuimos a Mulegé para hablar por teléfono, comprar hielo y chucherías. El regreso con Naranjo para descansar en esa quieta paz de Punta Arena. Las nietas no desaprovecharon el entorno y rápidamente sacaron sus baldes, palas y pelotas y se pusieron a jugar con la arena. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: Aunque la vieja pujanza de los pioneros que sembraron ranchos paralelos a la carretera, desde el kilómetro 28, los filos –en la virgencita- hasta Constitución, se haya desparramado más allá o más acá, la esperanza por una vida con menos sacrificios sigue latiendo en la serranía, valles y playas. Por eso las vacaciones de semana mayor reúne esfuerzos y abrazos cordiales de familias y amigos para –aunque sea por unos días- volvernos a reencontrar en el salitre de los mares, en la espuma de los niños que atrapan sueños y en el abrazo electrizante de los que hacía mucho no nos mirábamos. Alea jacta est. Continuaré el viernes. 10-04-13.