Ojos de madera cuchillos de vidrio

Los recuerdos más viejos de mi infancia se remontan a aquellas calles de piedras de mi pueblo San Luciano, uno de los Grupos mineros más nuevos de la empresa del Boleo, ya que con anterioridad funcionaban: Purgatorio, (Cerro Verde) Providencia, Santa Martha y la Soledad. En la primera hojeada de mi mente aparecen la fila de casas que se miraban frente a frente, los postes de la luz que partían la calle en dos, el Tiro William, torre de fierro, portentosa, que desafiaba –y desafía- el agreste territorio, las distancias y la soledad, y el tránsito de mi madre –en esa calle llena de piedras, y de bajada, al tiro para entregar el lonche a mi padre. Algunas veces la acompañaba y sentía un pánico incontrolable ya que para llegar a la base del tiro, por donde subía la jaula llena de mineros, teníamos que rodear el enorme terrero que se había formado por la tierra y arenilla que sacaban de los enormes niveles que formaban la energía del tiro y la mina. Y mi miedo nacía desde el momento en que escuchaba el rumor sordo y pesado que parecía brotar de la panza del terrero, y que era el ruido de los carros de la mina, que corrían sobre rieles para volcarlos en la parte alta del terrero. Entonces la tierra y arenilla bajaba como cascada, pero algunas veces bajaban terrones chicos, grandes y enormes, que se precipitaban hacia abajo brincando como pollos despescuezados. Cuando llegaban al plan, los muy grandes sonaban como calabaza fofa. Era un chamaco de unos 5 años y por eso sentía el pavor al verlos bajar rápidamente. Recostado en el corredor de la casa miraba a la de enfrente en la que había dos o tres jovencitas. Allí me enamoré de la famosa Pelancha, que ocupa un lugar en mi novela “Sueños de metal y lumbre.” Luego mi infancia se vio interrumpida porque en San Luciano liquidaron mineros y mi padre decidió la aventura de enrolarnos en el barco San Luciano para llegar al valle de Mexicali. Mi mente tiene a flor de piel esa aventura: parecíamos condenados, en la cubierta del barco; nos formaban para darnos los alimentos… recuerdo las galletas marineras. Al amanecer parecíamos sonámbulos de una película de terror ya que unos allá, otros más acá, algunos saliendo de entre lanchas, envueltos en cobijas, nos íbamos despabilando junto con los ruidos del barco. Desde Santa Rosalía navegamos hasta San José del Cabo, dimos vuelta y el barco atracó en Ensenada. Fueron varios días de travesía. Crecí un poco en Mexicali, cuando ya mis ojos se estaban acostumbrando a ver vacas, toros, pastizales y enormes planicies sin fin, y otra vez la aventura de regresar a nuestro origen minero a ver cerros y piedras. Otra vez la piola de mi mente se fue enrollando: San Luis Río Colorado, Sonora y llegar en tren a Guaymas. Abordamos un barco –no recuerdo cual- y al atardecer llegamos a la dársena del muelle de Cachanía. Sentí un nudo en el estómago pues la playa estaba muy quieta, amarillenta marcando surcos blanquecinos por el reflejo de faros de las lámparas de la fundición que parecía un cementerio gigante, muerto, fantasmal. Y mi memoria enredando la piola: nos llevaron a un cuarto de madera con piso de cemento. Allí dormimos. El cuarto se llamaba El Farolito. Y otro día desenredé un poco la piola de la mente ya que la calle era de tierra y piedras, de bajada, con casas mirándose de frente y la irrepetible fila de postes que partían la calle en dos. Terminé la primaria, me vine a esta ciudad y el regreso de vez en vez y la chinga de la mina. Ya como maestro continué con la costumbre de “hacerme minero” los meses de vacaciones. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: El trabajo de la mina me nutrió de un acendrado respeto a ese trabajo y los mineros. Luego me dio la locura de empezar a escribir y el primer poema se llama: “A ti minero de Cachanía.” Luego vinieron otros, obtuve premios territoriales en poesía y en cuento. En ese desenredar la piola han surgido tres novelas: “Caídos del cielo del infierno, Sueños de metal y lumbre, y, La ciudad del canal, referida a Guerrero Negro. Hace meses terminé una novela sobre los ranchos muleginos entrando por San José de Magdalena, hasta San Dieguito, y por San Ignacio llegando hasta Las Higueritas, de don Mayelito Rojas, por la sierra de Guadalupe. Ya buscaremos la forma de hacerla libro.

Alguien me convenció para que escribiera una crónica y la presentara al Premio Estatal de Literatura 2013. La presente y logré el premio en ese género con la obra: “Ojos de madera cuchillos de vidrio,” que recientemente editó el Instituto de Cultura a través de la Coordinación Editorial a cargo de Sandino Gámez. Hoy fui invitado a una plática a Radio Cultura ISC y los invito a que entren a Facebook Radio CulturaISC para que la escuchen. El próximo jueves 18 presentaremos el libro en el Ágora de La Paz, desde las seis de la tarde. El Ágora está frente al Museo de Historia, en Altamirano y Cinco de Mayo. Presentarán la obra los compañeros cachanías: Arturo Meza y Juan Melgar, dos magníficos escritores y excelentes narradores. Obviamente desmenuzaré en parte Ojos de madera cuchillos de vidrio, que es una crónica puntual desde el momento en que don José Rosas Villavicencio descubrió las bolas de cobre, hasta la minería del Nuevo Boleo, de los coreanos. Ojalá se den un tiempecito y nos acompañen. Ojalá pueda saludar a muchos cachanías el próximo jueves 18 del mes: “Esta crónica la escribí sumergiéndome en las raíces profundas del alma del cobre, transportándome en las alas mágicas de mariposas multicolores…” Alea Jacta Est. 11-02-16

Subscribe
Notify of
guest
0 Comments
Inline Feedbacks
View all comments