Cuando llegué al internado, allá por 1952, unos jugábamos con trompos y canicas y otros jugaban a ser grandes

Cuando llegué al internado, allá por 1952, unos jugábamos con trompos y canicas y otros jugaban a ser grandes. Luego nos juntamos los que veníamos de Cachanía y empezamos a jugar béisbol en el gran patio del internado: Toño Sandoval, Miguel y Pancho Anaya, Erik Osuna, Bobby García, El Pairo y Cano Davis, de Loreto, el “Huevo” Núñez, de Todos Santos, y otros, nos fuimos metiendo al rey de los deportes hasta que logramos formar un equipo. A los del Esterito comandados por el Chunique Miranda, les dábamos unas palizas. Me enrolé en el equipo de Los Aguiluchos al mando de Nechi Cota. En ese entonces había dos ligas: La Paz Cortés y la del Santuario, en la que militaban Los Aguiluchos. Ya era tradicional que el 5 de febrero se enfrentaran las dos ligas en el juego de estrellas. El 56 o el 57, en una barrida en home el brazo derecho se me fue muy para atrás y se me rompieron los tendones. El Húmero (hueso largo del brazo) está unido a un hueso plano que se llama Escápula, y arriba está la Clavícula. El Húmero se desprendía de su lugar y seguramente se subía a la clavícula. Ya nunca pude jugar como antes y por fin me retiré de ese hermoso deporte. Para 1967, más o menos, cuando se me salía el hueso el dolor era insoportable; ya casi no tenía fuerza hasta para tomar una taza de café. En las vacaciones de julio-agosto me puse en manos del ortopedista Federico Sotelo, de Hermosillo. A mi indecisión a operarme me dijo: “Mira Cachanía, en una de las salidas de hueso ya no se te va a acomodar y el único que te puede amputar el brazo soy yo”. “Además, ni un cinco te voy a cobrar por la operación”. Hasta me apoyaba con dinero. Con esa advertencia me operé. Cuando se trataba de análisis ponía en la receta: “no le cobren”. Para la rehabilitación iba a su consultorio en el que siempre había varias personas. Un día llegó una señora con su hija a la que había operado de los pies. Ya caminaba con zapatillas. Se fue a despedir: “Doctorcito, no tengo cómo agradecerle lo que hizo por nosotros, que Dios se lo pague”. El doctor pegó un brinco y en un grito violento le dijo: “No, no señora, Dios no me lo va a pagar, el primer rico o millonario de Sonora que pase por esa puerta me va a pagar la operación de su hija”. El doctor en todo su ejercicio profesional, una o dos veces al mes operaba a personas pobres. Cuando me fui a venir de Hermosillo le dije: “Gracias doctor, que el primer rico que entre por esa puerta que le pague mi operación”. Tenlo por seguro que así será, Cachanía, -me dijo.

Y viene a cuento por lo siguiente: el domingo miré por la tele una marcha sui géneris protagonizada por muchos médicos locales y de los municipios –informaron-. Y es una marcha única porque si algo distingue a los médicos es su apatía ante el acontecer social; son entes aburguesados. Se manifestaron en apoyo a 16 médicos del Seguro Social de Guadalajara (Jalisco), que fueron procesados como responsables de una negligencia y muerte de un joven paciente. Creo que muchos médicos estudian esa carrera por amor a la profesión y el servicio a sus semejantes. Creo que muchos practican el altruismo y piensan más en sus enfermos que en el dinero. Pero creo también que muchos en “poco o mucho tiempo”, paulatinamente van olvidando el propósito que los llevó a la carrera y empiezan a amar más el dinero y la vida material que el servicio sacrificado. Deciden buscar chamba en el IMSS, en el ISSSTE, en el Hospital Salvatierra, transformándose en simples chambistas, asalariados de la medicina que se sacrifican hasta el cansancio y mal cumplen “en todas partes” y ponen en riesgo la salud de los pacientes de estas instituciones: consultorios atiborrados, atención rápida y a la carrera, con mal modo y hasta con prepotencia. Casos hay mil: médicos que en el servicio privado y de sus consultorios atienden con zalamería, apapachos y con tiempo sobrado: te miden, te pesan, toman la presión, te auscultan con paciencia infinita. Te llevan hasta la puerta. El mismo paciente va al Issste y el médico “zalamero”, el que te dedicó mucho tiempo, ahora ni te mira, te hace la receta y te saca casi a empujones… ¿Serás ahora otro paciente? Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: Cierto estoy que los médicos no atienden a los pacientes con el fin de provocarles un mal. Y como reza una manta: “ni son Dioses ni son asesinos”, pero la falta de profesionalismo ya va llenando muchos renglones. El deseo de ser ricos ya campea en muchas batas blancas. El cansancio por trabajar hasta en tres instituciones y su consultorio, es una práctica que denigra la profesión. ¿Ser médico será sinónimo de amasar riquezas? ¿No habrá entendido el profesional de la medicina que el prototipo del médico familiar –el que iba hasta las casas con su maletín respetable-, el que era por antonomasia persona seria, de clase alta, ya se arrumbó hace más de 30 años? El médico de hoy está entre dos caminos: recuperar el amor al prójimo, dejar la apatía social, o mantener la idea de que el médico debe ganar mucho dinero a costa –inclusive- de su salud física y mental. ¿La práctica de Federico Sotelo de operar gratuitamente a uno o dos por mes, sería práctica viciosa? ¿O sería médico relegado? No lo creo porque fue rector de la UNISON. Alea Jacta Est. 25-6-14

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