El lunes (7) se cumplieron 129 años de que el gobierno porfirista oficializó la concesión de los fundos mineros de Santa Rosalía

A 129 años de aquel estallido que parió bolas de cobre por las cuatro quillas del mar

El lunes (7) se cumplieron 129 años de que el gobierno porfirista oficializó la concesión de los fundos mineros de Santa Rosalía a la empresa francesa de El Boleo. Desde entonces han pasado muchas cosas y yo he rememorado muchísimo de esa historia. Hoy iniciaré el primer capítulo de mi crónica Ojos de madera cuchillos de vidrio, que logró el premio estatal de literatura Ciudad de La Paz, 2013.

POSIBLEMENTE HAYA SIDO SEÑALADO por el diablo para encontrar las bolas de cobre en la planicie del distrito de Santa Águeda y así se iniciara la historia de lo que sería Santa Rosalía. Y no pudo haber sido Dios el que lo pusiera al paso de las bolas ya que el sufrimiento nació pegado al cobre, los enganches de chinos y yaquis. En ese territorio desértico, inhóspito, donde la soledad platicaba con la fauna silvestre, el cobre ocupó el centro de la memoria. Don José Rosas Villavicencio, ranchero que descubrió el mineral nunca pensó que sería el botín del odio y la rapiña. La montaña se llenó de pasos y picos, de palas y cascos, de chinos, indios, mexicanos y franceses.

DON JOSÉ ROSAS VILLAVICENCIO llegó con su familia formada por su esposa y dos hijos pequeños, a la comarca que se llamó distrito de Santa Águeda a mediados del siglo XIX. Otras seis familias se asentaron en el mismo lugar ya que por la falda del cerro corría un arroyuelo de aguas cristalinas. Por la orilla había palo blanco, mezquite, tule y binorama. Casi a ras de suelo crecía zacate y vegetación arbustiva. Levantaron sus humildes viviendas con varejones de palo blanco, tule y barro. Luego se dieron a la tarea de seleccionar una parcela cada familia. Se dedicaron a la actividad hortícola, y de ranchos como el Mezquital, la Esperanza, los Molinos y de San Ignacio, llevaron chivas, borregos y algunas vacas.

En las travesías a la playa don José Rosas observó en la meseta que se desliza hasta el cañón Providencia, que algunas piedras adquirían un tenue brillo que contrastaba con su color pardo. Cerca de las piedras que brillaban encontró muchos terrones rugosos, otros de color verde intenso y muchos más, negruzcos. Tomó dos y con facilidad se desmoronaron en sus manos cayendo laminillas que a simple vista parecía cobre. Las mandó analizar y resultaron ser una formación de alta ley de cobre. Rosas Villavicencio entró en contacto con comerciantes y ricos, y después de acuerdos y trámites el gobierno entregó la concesión minera a una empresa francesa que se llamó “El Boleo”, que pactó a razón de 75 centavos por hectárea, para fundar una colonia minera en el distrito de Santa Águeda.

Apenas asimilaba el descubrimiento de las bolas de cobre cuando entre un grupo tupido de matacoras y cardones encontró restos de esqueletos humanos y pedazos de redes de las usadas para pescar. Cuando se acercó se dio cuenta que los pedazos tenían mucha rama seca y zacate. Cortó varias matacoras y cubrió los huesos y redes. Durante dos semanas se dedicó a las labores propias sin ir a la playa. A nadie le platicó de los terrones ni de los huesos que había encontrado. Cuando negoció lo de las bolas de cobre se decidió y se encaminó a la vereda donde había cubierto los huesos: miró sentados cuatro indios en zapeta, un arpón en la mano derecha y una pequeña red a manera de bolsa. Casi corriendo bajó la cuesta y como alma que lleva el diablo llegó hasta la playa donde ya estaban varios rancheros de la comarca.

La tranquila existencia de coyotes, cachoras y víboras, es alterada por el ronroneo medido, cadencioso y sordo de la máquina de un barco. La fauna silvestre escondida entre piedras y matorrales mira con asombro el desembarco de personas distintas a los rancheros que ella conocía. Se inicia entonces un trajinar de pasos, voces y gritos. Los conquistadores de la comarca no respetan nada y la fauna tiene que huir al fondo de cañones y cañadas. Botas, pasos, rieles, maderas, láminas y máquinas terminan por ocupar el contorno de la playa y el cañón entre las dos montañas. El lenguaje de la sierra preñado por el viento y soledad, por el zigzagueo de la caligrafía cotidiana de cachoras, iguanas y lagartos, víboras y juanchitos, por el trotar pedregoso de coyotes y zorras, es masacrado y destripado por el nuevo lenguaje de picos y palas, láminas mancilladas por martillos y clavos, gritos destemplados crucificantes de injusticia. Como tsunami de corcho con ojos de tapones de tabla y teodolito, los dedos ultramarinos iniciaron la invasión desde la playa rumbo al cañón Providencia, formado por las torrenteras de las lluvias en miles de años. Levantaron galerones de madera sin alma, sin corazón. En barracas de la playa vivieron como leprosos, chinos, yaquis y japoneses en promiscuidad gelatinosa. Las montañas que conoció José Rosas, fueron asaltadas por la fiebre del cobre y el poder, por el humo infernal y la rapiña. Por más que buscó ya no volvió a ver los indios en el lugar donde cubrió con matacoras huesos y redes… Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com. Alea Jacta Est (continuaré el viernes.) 9-7-14

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