José Peralta Montoya.

Los Fariseos en Cachanía

En la colaboración de la semana pasada me referí a la definición de tiempo que asigna Aristóteles, el tiempo de Renato Leduc y la de un servidor, apunté: “y la impúdica mordida entre lesbianas”. El verso está asentado en el libro “Tres voces una cruz y el agua”, que publiqué en octubre de 1990. Es decir, ya han pasado 30 años y en ese tiempo muchas cosas han cambiado. Por lo tanto, el acto lésbico es tan normal como cualquier otro.

Los Fariseos, de Pepe Peralta Montoya

“Hay una ley de la memoria que hace que las cosas de la niñez se queden fijas para siempre“

Lo dijo el escritor colombiano Gabriel García Márquez, y vaya cuánta razón tenía.

Hace más de 40 años salí de Santa Rosalía; ya me queda menos tiempo para vivir y a veces siento que soy más pasado que futuro.

Uno siempre anhela regresar al lugar donde recuerda que vivió los años más bonitos de la vida.

Algunos regresan a su pueblo a caminar con pasos pausados por las calles que corrieron en la niñez, otros a la distancia sueñan que ven pasar el dompe que trae de regreso a los mineros.

Cómo olvidar cuando de niño jugaba a agarrar tortuguitas en las playas negras para regresarlas al mar.

Cómo olvidar la cuaresma si era el tiempo más esperado de la niñez, porque era el momento de disfrutar la fiesta de los fariseos, esos hombres que con máscara, cobijas y cascabeles salían a bailar por las calles de Cachanía.

A dónde agarró el Pepito dijo mi Tata Severiano y no faltaba quien le dijera: allá va atrás de los fariseos.

Y así era, seguir a los fariseos era uno de los momentos más felices, y ya por la tarde en calle diez jugábamos a los fariseos con máscaras de cartón que eran hechas de las cajas que decían 360 las conocidas como cajas de huevos Mónica.

Nos peleábamos por ser el fariseo “el Esperanza”, porque él hacía las máscaras más bonitas, nadie quería ser el Memo el Mussolini, porque nunca nos gustaron sus máscaras.

El Obedcito de la Moncha quiso ser el Torito, pero el Prieto de Lucila lo impidió porque ese año le tocaba a él, mientras el Bule le dijo al Obed, yo voy hacer el diablito.

El Obedcito se fue llorando a decirle a su Tata Cárdenas que el Prieto no quería que jugara a los fariseos, mientras el Chema de la Josefina le daba igual cualquier personaje.

Está bien, vas ir a la ramada el miércoles de tinieblas y si llegas temprano irás el sábado de gloria a ver quemar las máscaras. Dijo mi madre.

Nosotros los chamacos de calle diez, también quemábamos las máscaras en el arroyo, pero antes de prenderle fuego le comprábamos al Tibo Patrón la tractolina en su cueva del cerrito blanco.

Qué bellos momentos, qué gratos recuerdos, cómo olvidarlos.

Sirvan las palabras como un homenaje al grupo étnico de los Yaquis que trajeron a estas tierras la tradición de los fariseos.

Los indígenas llegaron provenientes de Sonora para trabajar en las minas de la región y fueron ellos quienes iniciaron con la tradición.

Una de las personas que dio continuidad a los fariseos fue Manuel Manríquez quien era conocido con el apodo del Toro Mocho, personaje de la vida citadina de Cachanía.

Pero, sobre todo, el reconocimiento a los descendientes de la cultura yaqui que han seguido la tradición de sus abuelos, y que aún hacen sonar los cascabeles por las calles despertando recuerdos y años vividos en el pueblo que se negó a morir.”

Datos del autor
Lic en Comunicación
Mtro en Tecnología Educativa
Docente por 33 años en la Universidad de Sonora.
Jubilado

Alea Jacta  Est- 26-04-20

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