Viernes de quincena, apenas alcancé a llegar

Walmart blues

Viernes de quincena, apenas alcancé a llegar. Lo primero que pude observar fue la contradicción dialéctica que terminará por destruir todos los supermercados: un chingo de cajas, y muy pocas cajeras. A lo que iba. En dos minutos ya estaba haciendo cola. Tres delante de mí, los carros rebozados de mandado. El de enfrente, igual que yo: treinta y tantos. Todavía llevaba la camisa del trabajo, un despacho de contadores. Volteó a verme por inercia, contrario a mis más profundas convicciones le sonreí, a ver si se apiadaba de mi y me dejaba pasar primero, yo traía una sola cosa en la mano, él, chorrocientas. Se desvolteó de mí sin contestar el saudo y se puso a ver las cosas de su carrito. Sacó un hacha de juguete y la dejó en el aparador de un lado de la caja, al hacerlo vio un paquete de tres rastrillos desechables marca shick. Los tomó, antes de dejarlos en el carrito volvió a ver el aparador, checó el precio y los colgó de nuevo en su lugar.

Parecía triste, raro para ser quincena, uno de los pocos motivos que tenemos para alegrarnos los de clase media en este país hediondo. Empezó a poner las cosas en el mostrador en cuanto la banda avanzó con los productos de la persona que le tocaba pagar, la primera delante de él y la segunda delante de mí. Jabones neutro balance y dos tipos de crema, una también neutro balance y otra que tenía un panal de abeja en la etiqueta, shampoo y otra botella similar, acondicionador supuse, TRESemmé, qué raro pensé, tenía muy poco cabello para darse el lujo de shampoo y acondicionador, pero bueno, aunque tuviera un solo pelo y quisiera invertirle toda la quincena, incluso ir a planchárselo a alaciárselo, muy respetable. No se veía de cualquier manera muy entusiasmado de llevar esas cosas, en el caso que fuera de esos hombres de ahora, que les gusta “consentirse”.

Una marqueta de carne roja que alcanzó a generar un destello en sus ojos, muy magra, la buceó entre las otras cosas para ponerla primero en la línea de espera ante la cajera empistolada con el láser del código de barras; posteriormente y con desgano, incluso a veces con sorpresa siguió desalojando el carrito. Sacó un montón de germinados y mamaditas así, mucha verdura, mucha papaya y kiwis, un frasquito de Dolca instatáneo que no se lo deseo ni a mi peor enemigo, mucha pechuga de pollo, unas cosas de esas de soya con forma y sabor a otras cosas, tres tipos distintos de maizoros, algunas cajitas de lalalái, pinche nombresito, como mi falsete no es muy bueno a nivel del mar no lo puedo pronunciar.

Una cartera de huevos, huevos grandes, bonitos, no como los huevitos que tiene el señor de la tiendita, tiene unos huevitos chiquitos y apestosos, quién sabe que comerán esas gallinas, pura comida chatarra, yo no lo sé de cierto, pero lo supongo. Casi al final sacó unas barras de granola, debajo del carrito llevaba dos almohadas blancas, las puso de igual manera en el mostrador, todo con una paciencia de autómata que pocas veces se interrumpió durante los minutos que duró la transacción de compra-venta walmartiana, al final, y desde luego que ya para concluir la ponedera de cosas cobrables por la cobradora, levantó un juego de pijama, blusa y pantalón de niña, volteó hacia el final de las cajas y una mujer con el ceño fruncido le dijo que la dejara por ahí, mientras una pequeña abrazada de la pierna de la mujer volteaba a verlos a ambos. El tipo titubeó un poco, se le agolpó la sangre en el rostro, se le empañaron los lentes y se volteó para poner la ropita entre los chocolates, rastrillos y baterías que invariablemente se encuentran en los estantes a lado de las cajas. Yo no quise ver, desvié la mirada cuando él giró para dejar la prenda. Jaló su carrito y lo puso al final, donde ya se acumulaban poco más de una decena de bolsas. La mujer se acercó a la caja esperando la cuenta, poco más de tres mil pesos, la mujer amenazó con sacar dinero de la bolsa, pero alguna fuerza extraña se lo impedía, revolviendo la bolsa para sacar el escurridizo monedero, después ojear rápidamente los múltiples compartimentos del mismo sin resultado alguno, el marido, digámoslo así, -solo por decir algo, como sinónimo de hombre pues, ya es bastante incómoda la escena para además ensuciarla aún más con cacofonías-, ya no esperó a que la mujer obtuviera algún resultado de esta búsqueda, al parecer frenética, pues sus dedos con la agilidad de Rachmaninov esculcaban un compartimento y otro, haciendo a un lado papeles estorbosos y…nada, sacó entonces su cartera, guardó algunos billetes que había sacado con anterioridad y los canjeó por una tarjeta.

Pagado el mandado, firmado un ticket y el otro hecho bolas en la bolsa de la camisa, se encaminó empujando el carrito, la mujer estiró su mano para darle, por fin, el dinero: doscientos veinte pesos. Él negó con la cabeza, ella insistió, él acepto con resignación. Pagué la botella de vodka y les pedí permiso para salir, ella hacía un inventario de los bienes, me miró con ojos duros, él jaló el carrito hacia sí para abrirme paso. Me sonrió.

 

Salmo responsorial: sí, porque si te digo que no…

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