Aquí hasta hace poco no sabíamos distinguir a la demás gente: gringos, chilangos y tahualilas

Los del Altiplano (Segunda y última parte)

Desde que arribaron al estado, mandados castigados por sus empresas al lugar más alejado e incomunicado del país, ponen los pies en esta bendita tierra clavando simbólicamente también la cruz y la espada, ahí empieza su epopeya para civilizarnos, para decirnos que somos unos huevones porque hacemos siesta, que no sabemos manejar, que somos bien pasmados para todo, que son chingaderas que cierran las tiendas a la hora de la comida, y un largo rosario de quejas y críticas hacia nuestra media península y a su gente.

¿Porqué son así? Según gente más sinquehacer que yo que se ha dedicado más tiempo a reflexionar sobre el tema, -Roger Bartra, Octavio Paz, Carlos Monsiváis, entre otros-, hay dos factores determinantes para que los chilis posean cualidades tan aborrecibles; el primero, desde luego, la conquista, son los perdedores de perdedores. Si bien los aztecas habían logrado sojuzgar a los pueblos vecinos, con los españoles se la pellizcaron lindo y bonito, ni a la segunda ronda llegaron. Además fue de una forma por demás infame, prácticamente entregados por Moctezuma, traicionados por los tlaxcaltecas y apoyados por la Malinche, desde entonces la traición ha marcado la historia del país. ¿Verdad diputados?

A diferencia de Baja California Sur y de las demás entidades norteñas, a los del altiplano los españoles les heredaron, o mejor dicho, les impusieron sus ideas y forma de ser, cabe decir que nunca los españoles se han destacado por ser muy refinados o bañadores; más bien llegaron con toda la contrarreforma a cuestas y a los chilaquiles y demás naturales del centro del país les tocó vivir lo más atroz de la imposición religiosa través de la Santa Inquisición y asumir culturalmente todo lo que ello conllevaba. En Baja California Sur la poca población indígena desapareció a la llegada de los misioneros, no se sabe a ciencia cierta porqué, si los curas ya traían las mañas que tienen ahora, seguramente los indígenas prefirieron inmolarse en un suicidio colectivo aventándose en los desfiladeros como berrendos antes que permitir que los jesuitas les tocaran sus cositas. El asunto es que si ahorita somos pocos, gracias a dios y a la virgen morena, endenantes éramos más pocos, los pocos españoletes que llegaron, más otro tantito de franceses, italianos, gringos, chinos y alemanes, pues dio como resultado un mestizaje más variadito que en el centro del país, por lo que físicamente y culturalmente durante décadas estuvimos poco influidos, en la cotidianeidad, por la cultura del centro del país. Aquí en la Baja Sur, los más chinampos son los que descienden de españoles, de ahí en fuera son más finolis, y no me refiero a que de alguna manera todos descendemos del mono o del hombre de Java, me refiero a que son descendientes de abuelos o bisabuelos llegados directamente del viejo incontinente.

Aquí hasta hace poco no sabíamos distinguir a la demás gente, para los sudcalifornianos nomás existían tres tipos de personas: gringos, chilangos y tahualilas. Los gringos venían, como hoy, a dejar dinero, los tahualilas a chambearle duro y los chilangos, como hoy, a estar jodiendo.

Otro de los factores que han determinado la forma de ser de los chilaquiles es vivir en la ciudad más grande del mundo. Cuando llegan aquí fanfarroneando de lo que son y de lo que saben, al principio uno se enoja y se les pone al tú por tú, después, ya que te das cuenta que ni son ni saben lo que dicen, te dan lástima y los dejas que hagan el ridículo hasta que alguien menos tolerante los ponga en su lugar de un patadón en las corvas o ellos solitos dejen su paranoia de lado.

Cuando se dan cuenta que tú, aunque seas su empleado, aún siendo un sudcaliforniano huevón tienes mejor casa que la que ellos dejaron en la capital, o es más, tienes tu propia casa y hay dos o tres carros, y no rentas como ellos en una vecindad o un multifamiliar, le van bajando a su rollito. Después que se dan cuenta que serán muy jefes y su puesto tendrá un nombre muy rimbombante pero se los trajeron ganando la mitad de lo que ganan sus subalternos, empiezan a entender muchas cosas.

Quieren ser lo que no son, ser alguien, porque la ciudad les ha negado ese privilegio. Vivir entre millones de seres humanos imposibilita la individualidad, en el sentido del reconocimiento a una identidad propia, la ciudad los despersonaliza y en se genuino afán de ser reconocidos es que se da la batalla feroz con los demás; aquí ya nos desmadraron el tránsito, ya no se respetan los cuatro altos ni nadie cede el paso al peatón, porque ahora hay chilangos que creyéndose muy vivos si tu haces el alto, ellos se pasan aunque no les toque. Se te meten en la cola de las tortillas o del oxxo, a los sudcalifornianos todavía nos da pena que nos vayan a decir hey, usted no va, haga cola. A los chilis les vale tantisisíma madre, son conchudos hasta el paroxismo. Acostumbrados a que nadie los conozca, pues no hay dignidad personal que defender. Y se entiende, pobrecillos, vivir en el de efe, donde el espacio y el tiempo son tan limitados, donde hay tanta gente queriéndose subir al metro o llegar a tiempo al trabajo, no existe espacio para la educación ni para la urbanidad. Una amiga que trabajaba en una agencia de empleos en Los Cabos me platicó que llegó un momento en que las empresas empezaron a pedirle que ya no les enviara chilangos para trabajar, los motivos: que eran muy conflictivos y largos. Al principio estaban muy contentos porque trabajaban por un tercio del sueldo que cobra la palomilla de aquí del estado, además de horas extras sin cobrar, hasta le llevaban los niños a la escuela al gerente, son barberos a más no poder.

Después empezaron a darse de puñaladas en la espalda entre ellos mismos con tal de quedar bien con el jefe, y estoy hablando de arquitectos, ingenieros, contadores, todo el día andaban llevando mitotes para chingarse al compañero, incluso entre chilis que compartían casa; después empezaron a llevarse lo que podían de la oficina, aunque sea una pluma, pero algo, diario. No es que sean cleptómanos ni traidores por naturaleza, natural born traitors, es que en su concepción del mundo un día que no transes, que no agandalles es un día perdido, es un día que la ciudad te ganó, es un día donde no te salen las cuentas porque otro te chingó a ti de una u otra manera.

Esa es la ecuación bajo la que viven, no los mexicanos como dice Paz, Octavio, no va a faltar el vivo que diga ¿Espinoza? Sino los chilangos. Ese es el paradigma que guía, no su vida, sino su sobrevivencia, porque en la capital muy pocos se dan el lujo de vivir, todos más bien se aferran a sobrevivir entre codazos, apachurrones y mentadas de madre. Chingar o no chingar, esa es la cuestión, diría el bardo de Mixcoac, ese es el dilema, entrar en la vorágine de egoísmo donde la constante es la escasez: de tiempo de dinero, de espacio, de honestidad, de humanidad. Si Buñuel en el Ángel Exterminador lo auguró, Saramago lo confirma en Ensayo sobre la ceguera, la convivencia social rompe todos los postulados de civilidad ante la insuficiencia de alimentos, espacio, agua, afecto, para todos los miembros de la comunidad, pasando luego a la lucha por la supervivencia propia.

Esa terrible afición, tan ingeniosa como de mal gusto de estarse albureando corresponde de igual manera a esa necesidad patológica de vencer al prójimo; dice Paz en el Laberinto de la Soledad, que el mexicano no considera homosexual al que penetra, sino al que es penetrado, o como se traduce en la psique colectiva, al que es chingado. Será el sereno, pues Paz era muy inteligente pero que tu digas ¡que bruto que hombre era Octavio Paz!, tampoco; ese juego de albures es bastante homosexual, digo, paradójicamente ejercido por quienes se creen tan machos, pero no importan las implicaciones homosexuales porque más allá de eso lo importante es ganar. Es una forma de jugar “espadazos” pero con palabras.

 Intermedio

 Diálogo en el metro entre el Maquiavelo y el Montesquieu.

 prestas

chupas

agarras

atravieso

sumo

medallas

sobas

 ¿Qué es eso de estarse diciendo con otro vato: me agarras aquí, te entierro por allá, me prestas aquello?

 Afortunadamente en Baja California Sur no necesitábamos, como los chilangos piensan, que vinieran a sacarnos del subdesarrollo, que vinieran con sus cadenotas comerciales, con sus empresotas a cambiarnos espejitos por oro; ¿Somos huevones los sudcalifornianos? Quizá sí, ¿Porqué? Porque podemos –que trabajen los pobres-, porque todavía nuestra tierra da para eso, para vivir bien sin vender la dignidad, porque desde hace muchos años, mucho antes que en el centro del país se conocieran los liváis o los nike, aquí eran las cosas de uso común, porque siempre tuvimos tecnología de punta, china si ustedes quieren, pero tecnología al fin; porque nunca anhelamos lo que ustedes geoegocentristas creen que necesitamos, porque esas son sus necesidades y sus aspiraciones, porque, por suerte si ustedes quieren, somos de alguna manera vecinos y hermanos bastardos de California, the Golden state, el estado más rico de los Estados Unidos y la meca del cine basura que marca la tendencia de la cultura occidental a nivel mundial, por favor, no sean ingenuos creyendo que nos interesa lo que ustedes puedan proponer o mucho menos que nos apantallan con su idea de modernidad, quédense con sus carros nacionales, con su mayonesa mckormick, con su sardina con huevo, con sus sanborns hediondos, son su selección nacional y su rosa de Guadalupe, con sus cursitos de superación personal y su jarmon jol. A la bestia, que bien ando manejando el idioma de checspir.

Además, lo único que hemos ganado con su pinche Soriana y su pinche Chedraui es que ya no podamos encontrar los productos americanos que acostumbrábamos consumir y que nos mantenían tan sanos y sonrosados; ahora en lugar del veg-all Springfield tenemos que comprar ensalada de verduras de la costeña, mas malos y duros, y en lugar de dulces brach´s ahora puro dulce sonrics y chilitos con esto y chilitos con esto otro, así que nos han venido a fastidiar la vida más que a mejorarla. Si si, es más barato, y ni tanto, porque para lo chafa que son los productos y lo miserable de los salarios que le pagan a la gente, esas tiendas resultan carísimas para el estado.

 Es una grosería que vengan aquí a criticarnos, es como si invitas a alguien a comer a tu casa y te dice: chale, que mala está la comida, que feíto tu comedor, pero que buena esta tu mujer. Si somos huevones, así déjennos, así estamos bien, nos gusta trabajar de 8 a 3 y de ahí irnos a tomar unas ballenas a la playa, fin. Si ustedes quieren matarse trabajando, andar de arrastrados atrás del jefe y necesitan demostrarle al mundo que son exitosos, adelante, háganlo. Pero eso sí les digo, si el sur del país está bien jodido y siguen sumidos en la miseria y el atraso y por eso ustedes creen que son la mera neta del país, deben de saber de Sinaloa para arriba ni los necesitamos, ni nunca han sido nuestro modelo a seguir, más bien para la región norte del país el centro significa atraso, imposición, autoritarismo y un lastre cultural e ideológico; no son ni de broma el faro que guíe nuestras aspiraciones, a lo mejor somos malinchistas, pero más jodidos estaríamos si cambiáramos a Woody Allen por Chespirito.

Así que ahí está la invitación franca como ranchero sudcaliforniano, bájenle dos rayitas y vámonos respetando, porque a los del norte nos la pelan.

 

Salmo responsorial: vete pa la casa

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