Ramón Cota Meza- el Pirri

Cuaderno de Santa Rosalía  ( III )

Por el sentimiento de antropología estética que imprime Hélene Escalle en sus cartas, y por la visión rigurosa de Ramón Cota Meza, transcribo párrafos de sus misivas a sus hijos en las que narra costumbres de los yaquis, sobre la Semana Santa y La Ramada:

“Hélène Escalle a su hijo Jean, 28 de enero, 1887:

Llegamos [a Cerro Verde] a la primera campanada de misa, antes que el tren que llevaba a algunas personas de la colonia. El altar había sido decorado por mujeres indias, a su gusto, un poco pagano a mi parecer, muchos moños de tela sujetos con alfileres sobre sábanas blancas eran el fondo del altar, otros tantos espejos de diferentes tamaños que habían logrado juntar, grabados de todas clases y al fin, en lugar de la cruz, una pequeña muñeca con un gran sombrero y una especie de abrigo azul, representando a un peregrino que no era otro que San Antonio de Padua. Jamás hubiera reconocido a mi santo favorito en esa vestimenta.”

“Después de la misa hubo una danza religiosa, seis indios ejecutaron pasos y gestos cuya cadencia es guiada por el talón; llevan una especie de cabeza de animal sobre sus propias cabezas, una camisa muy blanca, un pantalón resplandeciente y un cinturón rojo y negro; siguen el ritmo golpeando con la mano derecha una calabaza llena de semillas, ejecutando

una música monótona, menos agradable y rítmica que la de los violines hechos también por ellos; con la otra mano sostienen una especie de carcaj hecho con una decena de plumas de gallo de todos colores; cuando giran el carcaj, lo hacen muy bien (…)

“Hélène Escalle a Suzanne, 12 de abril, 1887:

La semana pasada no hubo más novedad que un paseo a Cerro Verde (…) Llegados al pueblo, más bien a las chozas de los indios, fuimos en busca de la pequeña muchacha que me interesaba; ella estaba lejos recogiendo leña (…) y cuando llegó tuve el inaudito placer de ponerle una blusa y un faldón de su talla. Sus pobres piernas negruzcas y flacas estaban heladas por la brisa de la noche y estaba tan feliz con su faldón, el cual mostraba con gestos coquetos; en cuanto al bebé que ella tenía en sus brazos, estaba desnudo, cubierto por el rebozo de su hermanita y ¡tenía miedo que le pusiera su camisa! pero al fin logré ponérsela.”

“La semana pasada tejí mucho, ¡lo que me ha impedido seguir en detalle las fiestas religiosas de los yaquis! (…) jamás hubiera podido hacerme una idea de la fe tan viva de esta religión ¡tan primitiva en su aspecto! Me sentí penetrada hasta el fondo de mi alma y jamás había orado con tanto fervor a los pies del bello Cristo que tu padre hizo traer desde Boston para ellos.”

“Entonces los cuatro reanudamos el peregrinaje a la capilla, remontando al llano sobre el que estaba la construcción enramada, en la cual hombres y mujeres persistían en su actitud de recogimiento y penitencia con los pies desnudos, el cabello despeinado y cantando con una voz lastimera al son de una chirimía que simulaba con dos notas tristes ¡el lamento de la virgen!”

“Fue entonces que el Cristo fue bajado de la cruz y acostado sobre una cama blanca recubierta bajo una especie de dosel con las exiguas riquezas de la tribu. A nuestro arribo se organizó la procesión; seis angelitos de piel oscura pero vestidos completamente de blanco, con el cabello arreglado como cuerdas de ébano, portaban el lecho de Cristo, la cruz era cargada por el patriarca, acompañado por la gente que cantaba un salmo doliente, mientras que unos payasos, representando el papel de los malos espíritus, buscaban distraer a los angelitos con gestos infantiles y graciosos que, pese a su extravagancia, no hacían sonreír a los fieles.”

“Al regresar a la capilla, todo mundo retomó su lugar, cantando u orando; los pobres niñitos dormían solos afuera a cielo abierto; los veladores de reemplazo aguardaban al otro lado del llano. Vimos también a Judas, colocado sobre una estaca, un curioso muñeco rellenado con pólvora, que sería hecho estallar el sábado por la mañana. Todo esto lo contemplamos con tu padre, quien presidió nuestra caravana” (…)

“Después de mi travesía en mula sentí que me cocía bajo un sol de fuego [y] luego me sentí helada. Una vez que oramos y depositamos nuestras piastras en ofrenda, regresamos de prisa. Sufrí una dolorosa migraña que me obligó a acostarme por la tarde. ¡Conservaré siempre el recuerdo de una Semana Santa que pocas personas han experimentado! ¡Todo lo que se pueda contar al respecto no podría describir exactamente tan extraño espectáculo!”

“[En la ramada de los yaquis en Providencia]

Permanecimos a distancia, besamos los pies de Cristo, depositamos nuestras piastras y partimos. Pero el campo de los indios presentaba un aspecto de lo más singular; por un lado, los veladores nocturnos, sentados a la turca, con su sarape a la espalda, sus perros echados junto a ellos, del otro lado los largos durmientes, y un poco más lejos un fardo con todos los puñales y pistolas, ya que esos cuatro días son como una tregua con Dios, no se pelea, ni se bebe, ni se trabaja. El campo estaba marcado por la bandera con los colores mexicanos, coronada por una cruz” (…)

“El sábado por la mañana fuimos con Pierre, la señora Dato y los niños a cantar Gloria y ver estallar a Judas (…), esta vez con una vestimenta menos ofensiva a la vista de nuestra nacionalidad (…) Hacía un calor intenso (…) y no pude quedarme en la capilla para gran escándalo de los indios ¡que creyeron que los despreciaba! Afortunadamente la señora Dato se encargó de explicarles (…) estuve tan cansada que me metí a la cama y dormí toda la tarde del sábado santo.” (Una mirada de mujer sobre el mineral del Boleo: las cartas de Hélene Escalle- 1886-1889. Mario Cuevas y Juan Manuel Romero. Archivo Histórico Pablo L Martínez. La Paz BCS, 2018

El Pirri hace la siguiente reflexión sobre las relaciones de los franceses con los yaquis:

Los sentimientos expresados en estas cartas son elocuentes. Por desgracia, no contamos con testimonios de los sentimientos de los yaquis hacia los franceses, salvo el comentario de la misma señora Escalle al principio del párrafo final, donde dice que los yaquis cambiaron la vestimenta del Judas por una “menos ofensiva a la vista de nuestra nacionalidad.” Es decir, los yaquis habían vestido a Judas con los colores de la bandera francesa, lo que sugiere que sus sentimientos hacia los franceses no eran recíprocos.  CONTINUARÁ.

Alea jacta Est- 24-05-20- Miembro de ESAC.

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