Parte dos.

Crónicas de los tiempos del coronavid

Semana equis, día equis. Ya no circulan muchos memes sobre la pandemia del coronavirus, aunque la contingencia sigue, ya pasó de moda; así se miden los asuntos de interés público ahora. Los políticos, los gobiernos, los economistas, iluminatis, feministas, incluso los sabios de Sión siguen con sus protocolos pero a nadie le importa, no se imponen en el imaginario colectivo, los nuevos silogismos y diagramas de flujo de la comunicación llegan al mismo punto: no meme, no comunication.  El meme genera una fisión entre el ethos y la semiótica, entre lo que somos y cómo lo expresamos, el núcleo cultural se divide, no ahora, ahora funciona como un archivo zip, como un gajo de peyote, una taza de ayahuasca o una fórmula matemática, según le acomode, una cosa pequeña que contiene y remite una serie de cosas mucho más amplias, más complejas y también comunes a grandes sectores sociales. Pero, no en unos años, en unas semanas, se pierde la conexión entre lo vivido y lo expresado, se sintetiza tanto el signo, y es eficaz ahora, pero al tiempo se pierde la referencia, el significado. Si Clifford Geertz y Umberto Eco se reunieran no podrían hacer un meme sobre la pelea de gallos tan eficaz como lo haría un plebe de 15 años.

Aunque estamos en el momento más crítico de la curva de contagio -uno de los nuevos términos incorporados a nuestro vocabulario gracias al coronavid-, los memes bajaron en las redes y la gente en la calle vuelve a salir. A pesar de los retenes inútiles y hostiles, la gente sale, hay quien tiene que salir, a trabajar, a atender a sus padres o adultos con mayor riesgo, otros tienen que atender la casa chica, pero la gran mayoría sale porque quiere salir. Llega el momento en que el miedo pasa, el hastío te embarga y prefieres correr riesgos que estar encerrado.

Las primeras semanas había cálculos optimistas, a pesar que la pandemia empezaba y había mayor temor, muchos auguraban un renacimiento de la conciencia humana, quesque el planeta se estaba limpiando, quesque se estaba cerrando el agujero de ozono, que los animales retomaban los espacios que les habíamos robado y varias cosas más que daban un halo romántico al tiempo post pandemia que vendría. Nada más falso, en cuanto se incrementaron los días de encierro y se empezó a escasear la  cerveza, todos volvimos a ser los mismos seres humanos pedestres y prosaicos  que siempre hemos sido, unos más que otros, la búsqueda del preciado licor cebado se tornó grotesca y ridícula, largas colas en los oxos y expendios  para conseguir cerveza, unos de verdad porque son unos alcohólicos, otros tantos haciendo placa porque piensan que ser alcohólico y andarse lamentando porque no hay cerveza les da status. El caso es que a las primeras de cambio, esa humanidad renovada, con otra visión de su papel en el mundo, chingó a su madre porque se acabó la cerveza. Los malos padres y malas madres que se gastan media quincena en cerveza, se la gastaron de nuevo pero ahora pagando por un six lo que antes valía un cartón, las tiendas y revendedores particulares hicieron su agosto con el incremento del precio de la cerveza, aprovechándose de del sentido de pertenecía ramplón de la gente que quería tener algo que contar respecto de los tiempos de la cuarentena.

Pasará la cuarentena, la epidemia, la pandemia, así como pasaron Hiroshima y Nagasaki, el holocausto, el 68, Aguas Blancas, Ayotzinapa, el ciclón Liza o el Odile y seguiremos siendo los mismos; somos los mismos, quien nunca ha leído un libro no lo leerá en este momento, quien nunca ha empezado a escribir ese libro por falta de tiempo, no lo hizo ahora, yo mismo tengo abandonado este apreciado espacio. Pocos son los que tienen una actitud diferente, los que por fin se pusieron a pintar la casa, a arreglar es gotera, a ensayar nuevas recetas. Volvemos a construir rutinas modorras, repasando el netflix, el pornhub, el face, pocos arreglamos el jardín, abrimos el cofre del carro a ver que trae adentro.

Quién ha redescubierto a su pareja, quien la ha vuelto a ver desnuda y ha descubierto nuevas curvas, nuevas estrías, las pecas que asoman en el dorso de la mano, a reconocer el olor de su sexo, quién ha descubierto que su mujer es realidad es güera vodka; quiénes han redescubierto porque se enamoraron de su pareja o han confirmado el porqué ahora los aborrecen, las manías, los defectos que superan las virtudes. Algunos se sentirán aliviados de salir, otros tantos, los menos quizá, se extrañarán, a fin de cuentas el ser humano es un animal de hábitos, físicos, sociales y sentimentales, no cabe duda que la costumbre es más fuerte que el amor, Juanga dixit. Quiénes han podido hacer del encierro un encerrón.

Al tiempo uno a pesar de todo puede reconocer ciertas cosas, no necesitamos gastar 600 pesos en el cine, no necesitamos Liverpool ni Starbucks, no pasa nada; no necesitamos tanta ropa ni tantas cosas para estar bien. De todos los “amigos” que tenemos en redes sociales a muy pocos les importa cómo estás, los ciudadanos desconfían de sus gobernantes, los ingleses dudan de su gobierno, los españoles del suyo y nosotros del nuestro, eterna dicotomía estado-ciudadano que en el fondo da sentido y equilibra la relación poder-libertad.

Buenos patrones, malos patrones, gente solidaria, gente egoísta, todo sale a relucir en determinados momentos, gente que no puede estar consigo misma, que necesita de los demás para que refuercen su autoestima, todo se vuelve relativo, de qué sirve tener un carrazo, un cuerpazo, joyas, si nadie los puede ver, si tienes que estar en tu casa, desde luego los avaros moleriános se regodean checando su estado de cuenta y viendo como aumenta porque no tienen que gastar en muchas cosas, traen el fundillo fruncido como diría Froid tratando de retener su riqueza. Otros tantos necesitan volver a trabajar no porque les haga falta el dinero, si les siguen pagando, sino porque su trabajo no es lo que hacen, es lo que son. El burócrata que necesita sentir ese ínfimo poder detrás de la ventanilla para sentirse vivo, antes de llegar a casa y volver a la mísera justa medianía Benitojuariana, a perder ese poder frente a su esposa, a sus hijos adolescentes que lo ven con cara de pobrediablo cada que le piden que les cambie el celular, que les compre un aypad. Otros tanto necesitan volver al trabajo porque ese es su único círculo social, el afecto godiniano es el único calor que recibe, el único café que comparte, no tiene hobbies, no tiene amigos por fuera, no hay actividades ni gustos que pueda compartir por fuera del trabajo.

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