Juan Díaz el Buscador de Perlas Parte III

Armando de Jesús Romero-Monteverde

 El alquimista de la memoria

 

Vuestra Excelencia, he trabajado en estos últimos días para prender en mi corazón aquellos grandes deseos que sentía desde que salí de la Villa de Colima en busca de la mejor perla que jamás se haya visto en la California y tierra alguna. He recibido el pliego donde os manda de respuesta a las preguntas que se me hacen : ¿cómo los indios de la California se rebelaron al yugo de la religión? y  ¿cómo de corderos se volvieron matadores de sus preceptores los mártires Nicolás Tamaral y Lorenzo Carrasco?

 Antes de entrar al asunto de que se trata debo deciros a Usted que: con el vivir se hace parcela y la práctica como usted sabe es peregrina en testa ajena, por ello os he pedido a mi escribano si es oportuno aquí, asentar los pormenores de las vicisitudes de su humilde siervo, que aunque ya camina con bordón su memoria no necesita de lazarillo para encontrar la luz, que ya en sus ojos es cuasi menos que peregrina. Muy sin embargo, para  este dilatado informe he echado mano de algunas cartas, relaciones y recuerdos, de algunos que como yo esperan el toque de la última trompeta anunciando el juicio final, para dar cuenta no a su majestad, sino a Dios de sus pecados. Vuestra Excelencia no omito señalar que son tres las razones que me empeñan a responder sin vaguedad o engaño en lo que se juzga; primero por motivo, segundo por honra y tercero por conciencia. Que será ésta la última que Juan Díaz hará en vida, que la otra ya Dios dirá. La paz de conciencia es el don mas preciado y llega cuando las preguntas se han acallado, quizás porque la única verdad es el misterio del Verbo Encarnado. Cuando se oyeron los tambores de la sublevación en el año de 1734, yo había cumplido los años de Cristo y veinte de haber entrado en la California. Me hallaba  en el real de Nuestra Señora del Pilar, con otro soldado de centinela y guarda de las embarcaciones que entraban al puerto, venidos de Chametla, de Ahome y del real de Loreto, pues hacía algunos años que a los indios misionados se los habían llevado al presidio de Todos los Santos. La Paz era sitio inepto para cabecera de una misión porque no teniendo agua, sino solo para beber no podía tener siembra alguna ni otros frutos con que poderse mantener, ni con que comprar víveres. Los bastimentos traídos de Loreto en los principios de la misión fueron conducidos sin problemas, pero no siempre podían conducirse ya que en largas temporadas también allá escaseaban. En el Puerto de La Paz quedaban de la nación guaycura una gruesa ranchería de los callejúes que no quisieron irse a la misión de Todos los Santos, por impedírselos su capitán o hechicero. Siendo los callejúes los primeros cristianos del sur, como ya dije en otro momento, nada ejecutaban como cristianos, pues vivían después de bautizados con las mismas costumbres, hacían sus bailes comúnmente en una loma donde como seña tenían una gran piedra a la que adoraban, seguían sus supersticiones y sus brujerías, abusos y ritos como cuando eran gentiles, pasando así una vida que era, como dijo el padre Jaime Bravo, su primer misionero: “a petra escandali y deshonra del cristianismo”. Aunque monteses bajaban a la misión de Nuestra Señora del Pilar, de cuando en cuando, para pescar o hacer comercio con los barcos de los armadores, o ya sea para cambalachear con los salineros.

Por estos días se vio en los cielos un gran resplandor que causando horror y sorpresa en españoles e indios. Como de estos sucesos siempre se hacen novelas unos dijeron que vieron una bola de fuego, que parecía lanzada por las estrellas; otros que era una larga y luminosa lengua, que se vio salir de en medio de la tierra de los pericúes, abajo del trópico de Cáncer. Luego que en su tracto, pasó por las tierras de los guaycuras que se hallan en la parte meridional, para seguir su derrota y caer más allá de la última de las misiones norteñas de la nación cochimí. Dio al caer un formidable estallido que hizo temblar la tierra. Este estallido desató la centella de la rebelión en los Californios. Sepa vuestra excelencia que los indios en sus ceremonias gentilicias pedían a sus dioses enviaran una señal para sacudirse el yugo de la religión y de sus preceptores, los padres vestidos de negro. Bien pudo llamarse a esto un fenómeno natural, pero mezclado con las creencias de los indios prendió la centella de la rebelión. Pues, para los indios, sus numenes o deidades siegan la vida de aquellos que los desairan. Por ello, el poeta Mariano de la California[1] cantó:

  Con sacrílego incienso llenan sus abominables altares,

invocan al  monstruo de las tinieblas y  lanzando voces como truenos se levantan.

Publica a sus adeptos, que los más gratos a él son aquellos que desprecian  horrendamente las leyes. En los demás sacia con tormentos su ira rabiosa.

Es oportuno asentar aquí Señor, que os escribo estas cartas por mano de su escribano que ha hurgado no en mis recuerdos, sino en mis dilatados papeles donde he registrado los pormenores de mi humilde existencia. Si el mayor tirano del mundo que he conocido me lo permite, viajaré a Nueva España para entregar en persona esté dilatado informe. Fue esta conquista de la California en el año de 1697 y en el mismo mes de octubre del año de 1734, se desató el demonio de la sublevación e intento destruirla. Esto, por sí temible, lo hicieron muchísimo más formidable las circunstancias, como lo diré más adelante.

Comentarios: romero_monteverde@yahoo.com.mx

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