Ayer vi llover.

Callecitas caprichosas

Ayer vi llover/ el techo del corazón/ se llenó de huecos. 

Hace unos días leí y miré en “Face” que el ciudadano Luis Castro, de San Ignacio, solicitó al delegado de gobierno que forestaran con algunos arbolitos y plantas el frente de su negociación y su vivienda. Rápidamente algunos trabajadores cumplieron la solicitud. En una imagen está el compañero Luis, al que reconocí de inmediato, con muchos años más, pero con la bondad reflejada en la imagen.

Y es que Luis Castro fue –y es- uno de los mejores amigos y compañeros que tuvimos los maestros de aquella época. Por nuestra Juventus todos éramos solteros: Epifanio Fiol, Salomón Ojeda, José Miranda y yo, éramos la tropa que los fines de semana “caíamos” en la cantina y billar de Luis.

Fue tanta la amistad y confianza, que algunas veces nos dejó en la cantina diciéndonos: “me juntan los tambos y mañana se los apunto.” Salíamos a vacaciones, íbamos al Distrito Federal, hacíamos un préstamo en Pensiones y le mandábamos lo que quedamos a deber. Fueron varios años los que realizamos esa “hazaña”.

Llegué a San Ignacio como el día 5 o 6 de septiembre de 1960 –si mal no recuerdo- siendo un joven de 20 años.

Me presenté ante el director de la escuela y me asignó sexto año. Ya tenían sus grupos: José Miranda Meza, Epifanio Fiol Salinas, Arturo Apodaca López, Luis Manríquez Beltrán y 4 maestras. A Luis Manríquez no lo conocía.

Por la tarde, después de clases me llevaron a conocer “el centro”. Cruzamos el pasillo donde estaba la dirección. Entonces reparé en que la escuela había sido construida a prueba de bombas. Tomamos la callecita, a la izquierda, al final de la construcción estaba la casa de Pino Meza, panadero del internado, luego un pequeño callejón, la casa de Óscar Fischer, un taller mecánico y la tienda de la familia Floriani, atendida por Licha Floriani. A la derecha de la tienda inicia la primera callecita caprichosa, el callejón de unos 150 metros vigilado por huertas. Termina el callejón, de subidita, a la izquierda estaba la casa y tienda de Carlitos Jordán (que también nos fiaba) para topar, al frente, con la tienda de Liu Min Do. Seguir a la izquierda y una callecita corta y luego a la derecha otra callecita también corta, y al final la casa de Doña Andrea y a la izquierda la de Rosamelia, seguir por otra callecita muy corta, pasar por el billar y cantina de Leree, encontrar la tienda del padre de Humberto Mayoral, y otra callecita a la derecha de unos cuantos metros, tomar a la izquierda, ver un eucalipto muy grande –que seguramente allí sigue-, frente a la tienda de don Vidal Ceseña y Hercilia, su hija, el Salón Petróleos, llamado así porque allí, unos años antes se realizaron los bailes al que asistían los trabajadores de petróleos, cuadrillas que perforaron alguno cerros aledaños. Seguir de frente, encontrar la cantina y billar de Luis Castro, luego una bomba de gasolina, muy antigua, para toparnos con la casa y tienda de don Manuel Meza, tomar a la izquierda y pisar la “callecita principal” para irrumpir frente la portentosa iglesia y la plaza central… allá al fondo la banca donde se sentaba Jorge fischer. Pasar la plaza, mirar la tienda de Arnoldo y Judith, luego la casa del enfermero Florentino Márquez, pasar por el Correos y llegar a la callecita que inicia después del callejón, donde estaba la casa de Carlitos Jordán. Esa es la vuelta que dan las callecitas emblemáticas de San Ignacio, callecitas muy cortas con sus recovecos que brincan de la izquierda a la derecha, como locas.

Por esas callecitas caminamos varios años los jóvenes maestros del internado y escuela Vicente Guerrero. Por el callejón que inicia en la tienda de Floriani y termina en la casa de Carlitos, por ese callejón caminaron con nosotros alegrías y tristezas, nostalgias y recuerdos, amores y desamores.

Esas callecitas caprichosas que cuando fueron “inventadas” pelearon el derecho de ser la más importante y prolongada, que pelearon para desenredarse en el vientre del tiempo, parir por los recovecos que nos llenaron de nostalgias y recuerdos.

Las veces que he pasado por ellas, me caen en cascada mil recuerdos, me miro caminar por ellas lleno de alegrías, canciones, años y nostalgias. Veo a Pino Meza, Hercilia, Lichita, Yaqui, mi compadre Abel y la tropa alegre y bullanguera. Por la plaza veo a Jorge Fischer, Chacho Meza y Lupe Zúñiga.

Luis Castro me espera en su cantina… Los músicos del pueblo tocan mis canciones…

En el racimo de esas callecitas se nos casaron dos compañeros de la alegre tropa: José Miranda Meza y Salomón Ojeda Hernández…

 

AYER VI LLOVER

Ayer vi llover

Recordé San Ignacio

Verde de palmar

Ayer vi llover

Callejones de piedra

Memorias de hoy

 Ayer vi llover

Callecitas de voces

Oídos mudos

 Ayer vi llover

El techo del corazón

Se llenó de huecos

Ayer vi llover

La huerta de don Chente

Amarró sueños

Ayer vi llover

La cantina del pueblo

Barre suspiros

Ayer vi llover

El salón petróleos

Guarda guitarras

Ayer vi llover

En la presa desbordada

Van mis sueños.

(De mi poemario en haiku, género poético de origen japonés, “Voces y desiertos”)

raudel_tartaro@hotmail.com

Alea Jacta Est—20-07-20

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