Don Mario – como muchos jóvenes de su pueblo-, llegó a Tijuana con la idea de cruzar la frontera

La cofradía del síndico… (primera parte)

 “Escribir reanima mi alma, denunciar alimenta mi espíritu “

(FZM)

Don Mario – como muchos jóvenes de su pueblo-,  llegó a Tijuana  con la idea de cruzar la frontera y cumplir el sueño americano. Llegó con toda la esperanza que a un hombre le da su juventud. Atrás dejó su pueblo, que es la típica aldea de caseríos dispersos, lejos de toda civilización, enclavado al sur y en lo más alto de la Sierra Madre Oriental. También dejó su casa que es la inconfundible casa donde habita la pobreza extrema. Un cuarto desde donde se puede ver zumbar el viento y la tradicional  estufa de ladrillos de adobe con el techo calcinado y un famélico perro que entra y sale; la milpa en el traspatio y el frío que no cesa, que se cuela por los mil orificios  y que cala hasta los huesos.

A Don Mario –también como a muchos jóvenes de su pueblo-,  lo que más le dolió fue dejar sola a su Madre y a sus pequeños hermanos. Su Padre, quien cuando pudo fue un hombre muy trabajador, había sucumbido al vicio del alcohol, un vicio ya endémico en su región, y  que lo llevó a la muerte cuando la milpa apenas empezaba a producir.

Don Mario tuvo un golpe de suerte al llegar a la coqueta Tijuana, en ese tiempo, una ciudad apenas en ciernes. Ganó la confianza de un viejo empresario y, decidió, de una vez por todas, establecerse en la fronteriza ciudad ya que había que enviar dinero a su casa… a su humilde hogar.

No fue fácil soportar una ciudad creciente en el juego, en el vicio; una ciudad hedonista y trasnochadora que exigía a propios y extraños, el brindis por el pecado y por el placer. El joven Mario sorteó todo eso… y aún más. Su esfuerzo y su trabajo lo llevaron a conquistar la más alta confianza del viejo empresario y, pronto, empezó a viajar hacia el sur de la península, donde tuvo roce con hombres de gran valía como Don Julián Santillán Apodaca y el empresario pesquero y licorero, Don José Lino Ahumada Armenta, de quienes recuerda épicas charlas en largas noches en vela y a la vera del camino real peninsular.

Don Mario logró con el tiempo hacerse de un modesto capital. Las canas pintaron sus sienes y sus hijos empezaron a crecer, uno de ellos, el mayor tuvo un deceso temprano y, volvió el tiempo de emigrar. Los recuerdos de su hijo mayor y el “boom” minero, lo hicieron trasladarse al viejo puerto y mineral de Santa Rosalía, BCS. Su finado hijo que vivió un tiempo ahí,  le había contado de las bondades del pueblo y de su gente. Tomó sus pertenecías y le dijo adiós a la coqueta Tijuana donde dejó su juventud  y partió con un profundo agradecimiento porque fue por Tijuana que sacó adelante sus esperanzas, a su Madre y a sus menores hermanos.

Al principio todo fue bien. La hospitalidad de los “cachanías” lo impresionó. Decidió montar un negocio que suponía escaso en el lugar y empezó a prosperar. Compró un enorme terreno donde programó su futura vivienda y la sede de su negocio. El predio tenía como procedencia una vieja posesión de treinta años, que  anterior dueño lo había adquirido a la Compañía Impulsora  Minera SA de CV, quien era la apoderada de la extinta Compañía Minera y Metalúrgica de Santa Rosalía, SA de CV, empresa para estatal que explotó los yacimientos de Cobre en la era post Boleo.

 La vieja posesión ya había despertado la ambición de su joven vecino, quien haciendo honor a su estirpe, ha depredado el mar sin ninguna contemplación de su parte y, muy al parecer, con la anuencia de las autoridades pesqueras, encabezando una empresa con un permiso de pesca de fomento que, irónicamente,  lejos de fomentar su reproducción, casi han exterminado la exótica especie de Pepino de Mar, en los litorales que van desde Punta Prieta, al pie del cerro de La Reforma, hasta las inmediaciones de la Isla San Marcos.

El vecino de Don Mario, de apellido Leyva y, quien ya ha invadido algunas propiedades privadas sin la autoridad municipal intervenga para nada, y justifica su prepotencia, en  que  siempre ha pasado por allí  y que solo por eso el predio le pertenece  gritando a los cuatro vientos que él financió la campaña de Pedro Osuna López (sic) y que por eso, Osuna López le pagará el favor, quedándose con el predio de Don Mario.

Pero aún más allá, el joven influyente  y  prepotente pseudo pescador, asegura tener el apoyo de “su hermano” (sic), el Síndico Municipal, Gibrán Francisco Lucero Alvares… y es aquí donde empieza la Cofradía del Síndico… continuará.

Mosaico Político

Los lamentables eventos de Nochixtlán, en el estado Oaxaca, es algo que todos debemos reprobar… uno de sus orígenes, al margen de las supuesta incursión de la guerrilla, es la Reforma Educativa… dicha Reforma es calificada por investigadores renombrados de la UNAM y el Colegio de México, entre otros, como una reforma, eminentemente laboral, que diseñaron organismos neo liberales, como la OCDE y el FMI, para poner de rodillas a una nación donde abunda los pobres y el dinero le pertenece a una élite de cinco personas… y me viene a la memoria la metáfora del Doctor David Antón, donde un viejo y desvencijado autobús, con los asientos roídos, las llantas deshilachadas, sin vidrio y sin parabrisas, con mecate de palanca de cambio y un endeble  timón de madera y conducido por un chofer con el uniforme lleno de polvo, al más puro estilo de los pistoleros de las novelitas vaqueras después de cruzar el desierto, pretende subir –por supuesto sin lograrlo-, una cuesta muy empinada, estrecha y  llena de baches, piedras y con continuos deslaves y derrumbes… El propietario del viejo autobús, para solucionar el caso, agarra al chofer, le pone un uniforme nuevo, con zapatos brillantes y una impoluta gorra de capitán de marina, teniendo como resultado que, de nuevo, el viejo y desvencijado camión, no pudo subir la sinuosa y muy empinada subida, llena de hoyos y piedras. La subida vendría siendo el Sistema Educativo Mexicano; el viejo y desvencijado autobús la  Reforma Educativa y propietario del viejo y desvencijado autobús la Secretaría de Educación Pública. Pocas o ninguna vez se cumple con la ambición que no sea con daño de tercero. Miguel de Cervantes (1547-1616) Escritor español.

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