Cubeta en mano, trapos al hombro y gorra empapada de sudor: el inframundo de los lavacoches
Un hombre sucio, con cubeta en mano, trapos al hombro y gorra empapada de sudor podría pasar por un hombre trabajador, pero, a veces, la policía dice no, es un sospechoso.
Un hombre sucio, con cubeta en mano, trapos al hombro y gorra empapada de sudor podría pasar por un hombre trabajador, pero, a veces, la policía dice no, es un sospechoso.

Unos llegaron del centro del país empobrecidos y con historias colgando: amadas esposas que después fueron ex esposas hijas de la chingada; hijos que mantener muy al sur de México; «escapando de la jura» del estado vecino en el norte. Pero otros siempre han estado aquí, no aspirando de pequeños lavar autos para comer, pero sí seguros de que su destino no era precisamente el de los estudiantes de Yale; otros que crecieron bajo el calor del desierto y que ahora lavan autos ajenos bajo el mismo calor del mismo desierto luego de haber sido reconocidos peleadores de barrio en la secundaria.

También existen los que ya dejaron el mundo irreal de la cordura (sobre todo por la buena mala vida de las drogas) y buscan estacionamientos de tiendas de conveniencia, alguien les da un peso, otros dicen «no le des nada a ese borracho», siempre terminan manchando los parabrisas y al final del día pueden comprar, si ha sido un día sublime, algo de meth, cigarros sueltos y mezcal o alcohol del 95. Algo así es la vida de los lavadores de carros en las calles de La Paz.

Para empezar, podemos hablar de la historia de Peter Vila, por llamarlo de alguna manera, el único varón de tres hijos en una familia sin padre. Vila vivió sus años de bailes y vagancia en la colonia 20 de Noviembre del Distrito Federal, escuchando The Doors, Creedence, Hendrix y, hay que decirlo, cumbia. Fue machetero en La Merced y vendedor de puerta en puerta para la transnacional Tupperware. Gracias a un certificado falso de secundaria logró colarse a la compañía Telemontajes Ericson. Ganaba buen dinero, pero las comunicaciones avanzaron y la crisis llegó al mismo tiempo, así que perdió su dinero y familiares de su esposa en esta ciudad lo invitaron a invertir. Con el dinero ahorrado construyó un salón de belleza para su esposa. Él intentó colocarse en los empleos de la pequeña ciudad de La Paz, pero le fue muy complicado, era la crisis del 94. Tras un largo tiempo de desempleo, tres hijos y veinticuatro años de casado, su esposa decidió dejarlo, por ser «un bueno para nada». Sin dinero para volver con su familia en la capital del país y con el amor profesado a sus hijos, no pudo dejar la ciudad. El alcoholismo entró en su vida, furtivo pero con convicciones y Peter cayó profundo por dos años. En 1996 empieza a lavar coches en el centro de la ciudad y como pudo, logró, junto a la ex esposa con salón de belleza, dar una carrera a sus hijos. Es 2011 y ha dejado de beber y tiene amigos lavacoches y sabe cómo se mueve ese inframundo de la competencia por lavar carros de otros y que desearía tener, sabe del arreglo al que se debe llegar con los policías y sabe que siente orgullo de su trabajo frente a la librería de los misioneros.

Existe un registro de lavacoches, únicamente en la colonia Centro. En administraciones perredistas pagaban $150 pesos anuales, mas hoy sólo los controlan a través de un padrón y la policía turística revisa las limitaciones de los grupos, pues lavar un coche que no pertenece a tu esquina puede derivar en pleitos con cubetas, puños y encarcelamientos. Todo tiene su técnica, su modo, su recoveco. Los lavacoches como Peter Vila pueden estacionar autos en sitios prohibidos, conocen entradas y salidas de las cocheras de sus vecinos, así que «si se va a tardar menos de una hora, póngase aquí. ¿Le lavo el carro?» y no hay problema. Los policías conocen a los lavadores, y por dejar pasar «detallitos» y ser «flexibles» los lavadores tienen el deber de lavar sus patrullas, aunque es cierto, también reciben ciertos pagos, como ropa y botas. Vila vive hoy en la colonia Guelatao, trabaja de ocho de la mañana a cuatro de la tarde y su mundo aparente es lograr un buen brillo en un coche rojo.

La historia de los lavacoches locales es un tanto más complicada o, quizá, simplemente muy distinta, aun cuando su oficio es exactamente el mismo. Los locales, como El Jimmy, suelen provenir de familias conflictivas en donde las hermanas son prostitutas, los padres inhalan cocaína con los hijos en los bautizos de los nietos y al terminar la noche golpean a su mujer para exigir que le cumpla. Y es que quienes vienen de fuera han dejado, de alguna manera, un pasado atrás, si no en el olvido, sí lo suficientemente lejos como para no echar una mirada atrás, para no ser como la mujer de Lot. El Jimmy estudiaba en la secundaria Morelos y pertenecía a la banda de los MK, que se dedicaba a rayar bardas, componer rap y defender territorios, estúpidamente influenciados por Blood in, blood out, allá por 1998. Luego de tropeles de crack, resistol, rivotril, alcohol y pleitos El Jimmy partió a la tierra de los que fueron y ahora ya no son aquí, aunque caminen a nuestro lado. Para mantener los vicios que lo hacen hablar solo, ha optado por refugiarse en los estacionamientos de algunos OXXO. Claro está que no se encuentra registrado y que la policía lo sube cada tres días, pero El Jimmy sigue, y es otro de los lavacoches de La Paz, vagabundo de las colonias Indeco y Balandra.

Es verdad que a los establecidos y registrados lavacoches no les va nada mal, trabajan ocho horas y ganan de $400 a $1,000 pesos diarios (los del centro), situación que les preocupa «que no salga», para «no repartir el pastel», sin embargo es la realidad y un trabajo de ocho horas bajo el sol, convirtiéndote en el lavacoches para el resto de la sociedad, una sociedad inherentemente elitista, merece al menos esa remuneración. Tienen hijos, aspiraciones y adicciones que atender (no menos importantes, si consideramos la farmacodependencia como un problema de salud).

Rigo. Rigo llegó huyendo de un crimen de inocencia, «de verdad, yo no fui», «¿pero qué hiciste?», «yo no fui». Así que también se dedica al lavar de carros de manera informal. Cuando puede en la Universidad (aunque ya los echaron definitivamente), cuando puede en un OXXO, porque «esos no se rajan». También es albañil y carpintero y también tiene problemas con la policía. Un hombre sucio, con cubeta en mano, trapos al hombro y gorra empapada de sudor podría pasar por un hombre trabajador, pero, a veces, la policía dice no, es un sospechoso. Dos hijos en el sur, «¿dónde?», «¿para qué?, tú ponle que en el sur».

Lavar autos es sin duda un oficio digno. Algunos lavadores suelen ser gandallas, pero qué acaso no pasa lo mismo con los políticos, desempeñando un papel idealmente digno y cometiendo atrocidades que mejor decirlas luego. Ustedes ya las conocen.

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