Arranque de año y los sueños fallidos

No sé ustedes, amigas, amigos, pero en mi opinión, cada año que comienza nos brinda dos grandes momentos de reflexión. El primero, es poder hacer el balance final de los resultados obtenidos en el año que recién termina, el contraste entre nuestros sueños y la realidad. Y el segundo, hacer la lista de buenos propósitos y comenzar esa vertiginosa carrera nuevamente para esta vez sí lograr lo que queremos para nuestras vidas.

Conforme los años van pasando, sería lógico pensar que uno aprende a diferenciar entre  lo que es un alocado sueño de adolescente y la brutal realidad que nos da de lleno en la cara. No sé si a eso se le llama conocerse uno mismo mejor o envejecer.

 En mi caso personal -espero que a ustedes no les pase igual- pero año con año vengo arrastrando los mismos propósitos que me he planteado cuando menos en los últimos veinte años de mi vida.

Aunque parece absurdo lo cierto es que cada año, la mayoría de las personas nos proponemos obtener las mismas cosas, que a saber se dividen en cinco grandes campos. Salud, dinero, amor, bienes materiales y crecimiento personal.

Visto esto de manera superficial, parece que toda la humanidad haría girar su vida sobre esos propósitos básicos. Pero es una mera ilusión. La realidad es otra más distinta. Veamos porqué.

Es innegable que por lo regular el grueso de la gente, no se plantea ninguna meta de forma clara, definida y sistematizada, mucho menos elabora un detallado plan que establezca los objetivos a alcanzar a corto, mediano y largo plazo. Y menos aún señalar con toda puntualidad la fuente de financiamiento para lograr sus objetivos, dicho de otra forma, de donde saldrá la lana para la compra del auto nuevo o ese ansiado viaje en crucero a las islas del Mar Caribe.

Al carecer de una ruta de vida por lo general llegamos a donde el destino nos empuja. Somos como un velero que viaja impulsado por los vientos sin timón. Sometido a todos los caprichos y vicisitudes de la incertidumbre.

Los salvadoreños tienen un dicho muy apropiado para estos casos que dice:

El que a nada le tira, segurito le atina.

Pero también, por otro lado, ocurre muchas veces que la causa real de que no alcanzamos nuestras metas radica en que no son nuestros sueños, sino los de alguien más. Como el caso del joven que estudió ingeniería porque era el sueño de su padre, cuando en realidad él quería ser médico.  Y en consecuencia es un ingeniero mediocre y frustrado. Lo mismo pasa con quienes viven luchando por tener bienes materiales porque es lo que la sociedad les impone como estándar de éxito y pasan la vida angustiados tratando de aparentar ser lo que no son y no quieren ser.

En estos casos bien valdría la pena preguntarnos ¿En verdad estoy dispuesto a hacer tanto esfuerzo y sacrificio para obtener esto o aquello? O de una buena vez me convenzo a mí mismo que si no lo he logrado en tantos años es porque realmente no me importa tanto y dejo de engañarme a mí mismo.

Llegar a una conclusión así no implica ser derrotista, o fracasado. Más bien es un encuentro con la realidad.

Es como si yo con mis ciento seis kilos, mi estatura y mi torpe andar me propusiera ser un exitoso bailarín de valet. Solo imaginen ustedes cómo me vería metido en un leotardo representando el lago de los cisnes.

Amigas, amigos, desde este espacio, les deseo que tengan ustedes un excelente año 2023. No sin antes recordarles aquello que dice el viejo cliché; tengan cuidado con lo que sueñan porque se les puede hacer realidad.

 Por mi parte, y para efectos prácticos, tomaré la lista de mis buenos propósitos del año anterior-que es la misma de hace veinte años- y solo le cambiaré la fecha y listo.

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