Para este tipo de personas a las que nos referimos, el ser admiradas, aceptadas, queridas y hasta idolatradas es una necesidad emocional imperiosa.

Delirios de grandeza

Quienes persiguen una causa, la que sea, llámese política, religiosa, social, científica, económica, cultural, territorial, o lo que vuesas mercedes gusten y manden, siempre tratarán de ganar adeptos que se sumen a sus fantasías.

Y eso está bien. Es loable sobre todo cuando de una causa justa se trate y sean muchos los que coincidan en esos esfuerzos.

Pero la puerca “tuerce el rabo” cuando se trata de lo contrario.

Así tenemos que desde que el mundo es mundo en la historia de la humanidad predominan las causas viles sobre las nobles.

Y quienes se asumen como los líderes de esas “proezas” siempre han recurrido y recurren a cualquier cantidad de triquiñuelas con tal de lograr sus insanos propósitos. Y para ello no dudan en utilizar todo y a todos.

Se vemos a la luz de los hechos crudos el papel que han jugado los grandes líderes mundiales, y no solo los grandes, sino cualquier mequetrefe que se siente llamado a encabezar alguna actividad de cierta relevancia para su comunidad, veremos que detrás de todas sus banderas, proclamas, manifiestos o arengas siempre ha estado un ser humano cargado de fobias, manías, prejuicios, pero sobre todo de un profundo y arraigado complejo de superioridad.  Estos individuos se sienten predestinados a pasar a la historia por lo que piensan, dicen y sobre todo lo que hacen. Esa urgente necesidad de ser recordados los ha llevado a construir pirámides, templos, acueductos y desencadenar guerras y conquistas. Obras que siempre tratan de opacar las hechas por sus antecesores.

Para este tipo de personas a las que nos referimos, el ser admiradas, aceptadas, queridas y hasta idolatradas es una necesidad emocional imperiosa que en muchos casos los lleva a perder el juicio y la sensatez.

Máxime cuando los aludidos se convierten en poderosos gobernantes y disponen a su antojo de vidas y haciendas.

De acuerdo con Alfred Adler, discípulo de Sigmund Freud, el sentirse inferiores es inherente al ser humano, nos viene de ser niños pequeños, pero al crecer se espera que podamos razonar estas emociones y darles un cauce que nos lleve a la realización como adultos sanos y equilibrados. Pero al parecer a algunos no les funciona así y este sentimiento de sentirse superiores a los demás los rige por el resto de sus días.

No podemos dejar de reconocer que el complejo de superioridad que no es otra cosa que el de inferioridad, pero inverso, es un poderoso motor emocional que impulsa a quienes lo padecen a llevar a cabo acciones a veces extraordinarias.

Si todos aquellos que son víctimas de sus complejos los utilizaran en bien de la humanidad, este mundo sería diferente. Desafortunadamente ocurre todo lo contrario la mayoría de las veces.

Sin ir muy lejos vean ustedes como anda el planeta con personajes como Putin, Trump, Nicolás Maduro, Jair Bolsonaro y un sinfín de impresentables acabando con todo en aras de satisfacer sus egos insaciables.

En otras épocas tuvimos, reyes, Césares y Emperadores. A Mao Zedong, Stalin y Hitler. A Anastasio Somoza (ahora tenemos a Daniel Ortega en Nicaragua) y a Augusto Pinochet, en Chile. Tiranos de aldea y señores de horca y cuchillo.

La otra parte de esta ecuación es que estos desquiciados requieren manipular a una extensa masa de seguidores a los que engatusan para ir tras de ellos en busca de sus obsesiones. Mayormente estos son tontos útiles que caen seducidos por la demagogia y los extravíos mentales de sus ídolos.

Porque para que tenga éxito alguien infectado de delirios de grandeza necesita de un enorme rebaño de seres que han sucumbido a sus propios complejos de inferioridad y necesitan verse reflejados en alguien a quien consideran superior.

Señor danos sabiduría para no pertenecer a los unos o los otros.

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