Otro efecto adverso de la pandemia de Covid-19.

Desavenencias conyugales

Armando Sánchez Salcido

Como otro efecto adverso de la pandemia de Covid-19, encontramos que la tasa de divorcios y violencia intrafamiliar se incrementaron drásticamente en nuestro país desde que comenzó la emergencia sanitaria.

Esto de alguna forma tiene su explicación racional en que por un lado el encierro provocó mayor fricción entre los miembros de la familia y por el otro la angustiante situación económica sometió a las familias a un mayor estrés.

Como un elemento adicional notamos que la mala comunicación que se da entre los cónyuges propicia que se levanten barreras de intolerancia y cerrazón absurda.

Vistos más a detalle estos elementos dentro de la relación de los que comparten un mismo techo denotan una clara señal de falta de empatía, egoísmo e indiferencia en el sentir del otro.

Como ejemplo podemos ver que entre las parejas que peor se llevan predomina la incapacidad de uno, o ambos, de reconocer los errores cometidos.

Pongamos el caso de un marido que, pese a los altos índices de contagio del mortal virus, se obstina en no usar el cubrebocas en espacios públicos, lo que provoca airados reclamos no solo de la esposa sino de otros miembros de la familia. ¿Y cuál es la razón de no utilizar la recomendada protección? Ninguna, simplemente no le da la gana usarlo, siente que al hacerlo le concede la razón a la mujer, y eso sí que no.  A él, nadie le dice que hacer. El problema adicional de esto es que. Siguiendo su mal ejemplo, sobre los que tiene cierta influencia tienden a imitarlo.

Siguiendo por esta ruta de tratar de entender el pensamiento obstinado vemos que aquellos que transitan por ahí, en la mayoría de los casos, están privados de un espíritu de autocrítica. Son incapaces de aceptar o reconocer sus errores, porque asumen que de hacerlo darían una señal de debilidad. Pero contradictoriamente, son feroces al señalar los errores de su pareja, al grado que al hacerlo no buscan encontrar la forma de que se enmienden los yerros, sino lastimar, humillar y someter. No se trata de convencer sino de doblegar. Y la crítica hecha por estas personas intolerantes termina siendo un acto de venganza.

Al verse cuestionados, él o ella, para el caso es lo mismo, tratarán de revertir las críticas en su contra haciendo parecer sus fracasos como logros y así podemos ver por ejemplo a una madre de familia sobreprotectora, que tenderá a justificar el mal comportamiento de los hijos, haciéndolo pasar como muestra de tolerancia y comprensión, cuando sus vástagos en verdad pueden estarse convirtiendo en unos verdaderos rufianes. Los que actúan así no solo desvirtúan la realidad, sino que pueden obtener el respaldo de esos a los que les solapa todas sus bribonadas.

El fenómeno de la descomposición de la relación de las parejas, con frecuencia lleva a que los padres utilicen a los hijos y otros familiares para lograr sus propios fines y los empujen a una confrontación continua.

Y ni hablar del recurso frecuente de amenazar, chantajear o ridiculizar a la pareja con tal de mantenerla sometida y callada. Con la intensión de que se abstenga de cuestionar las decisiones del otro, o la otra, -digo, para ser inclusivo-

Al final todas estas expresiones que hemos visto, exacerbadas por la pandemia, desnudan la verdadera naturaleza de quienes integran el núcleo familiar.

Encontramos que la supuesta armonía que debería de reinar en muchos hogares mexicanos es una simple apariencia y esta desintegración familiar podría ser la causa subyacente del incremento de los índices delictivos que padecemos, en todas sus modalidades.

Si al interior de cada familia no existe la libertad de disentir y a quien lo hace el que tiene la mayor autoridad, sataniza, agrede, exhibe y presiona para hacerle callar, el resultado de esto, tarde o temprano se verá reflejado en la calle.

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