¿Creen ustedes en ese simple cuento de que todos tenemos, desde que nacemos alguien que nos cuida?

Angel

¿Creen ustedes en ese simple cuento de que todos tenemos, desde que nacemos alguien que nos cuida. Un ángel de la guarda? Yo Angel Rodríguez no creía… Pero lo que viví. Cambió mi opinión
Mi ángel, no era. Era una ángela.
La conocí el primero de septiembre de 1979. Nunca se me olvidará, ni la fecha, ni su rostro. ¿Y su nombre? Tampoco, si lo hubiera sabido. El día, porque fue mi primero en la Universidad Autónoma de Baja California Sur, en su edificio de la desaparecida escuela Primaria 18 de marzo. Y su rostro, por lo delgado, puntiagudo y unos ojos brillosos y escudrillantes.
Se sentó junto a mí en ese destartalado camión urbano, en la Ruta al Santuario. Eran las ocho de la mañana. Un día soleado. Sin preámbulo de por medio, me soltó un mensaje que me dejó frío” Te viste muy mal anoche, pediste una beca en Rectoría. Y no la ocupas. Hay otros más pobres que tú. Regrésala, no la aceptes. Extrañado y molesto, reacciono con coraje: ¿Quién le dijo? El mitotero del maestro Margarito Espejuelas, le chismeó. El me la autorizó. Y nadie más lo sabe.
-Yo lo sé todo. No hay secretos para mí. Regrésala.
¿Quién es usted señora? ¿Cómo se llama?
Soy lo que tú te imagines. Y mi nombre nunca lo sabrás.
Avanzamos ya callados por varias calles. Por la Ramírez y la Navarro se bajó del camión.
Llegué a mi trabajo en el almacén ferretero donde me contrataron un día antes. Había buen sueldo. Y excelentes prestaciones.
Día espléndido en todos los sentidos. Vendí mucho. Despaché dos camiones torton de cemento para Cabo San Lucas. Y otro de varilla para Loreto, Por la tarde a las cinco en punto ya entraba a la Uni. Antes de pasar al salón, fui a Rectoría. Ahí estaba el maestro Margarito. Me obsequió una sonrisa. La sangre se me calienta. Y le reclamo. “Pensé que los asuntos universitarios se tratan con discreción. No a base de mitotes”.
El funcionario se sorprende y contraataca. “No se por qué lo dices. Si es por la beca que te autoricé, agradecido deberías de estar. Y hubieras evitado la molestia a tu madre de venir en tu nombre a cancelarla”.
¿Cómo?
Si. Vino. Me trajo tu carta. Y procedimos a cancelarla. Por cierto te dejó este sobre.
Estiré el cuello para ver la supuesta carta. Y si, era mi firma. Ahí dejé el tema. Y solo me salió un lánguido “adiós maestro, buenas tardes”.
Llegué al salón ubicado en el segundo piso. Y la curiosidad mató al gato. Abro el sobre. Y solo estaba una serie completa de lotería nacional con el número 4189. Y un papelito blanco y escrita una palabra “Disfruta”. Firmaba el recado: tu madre.
Me molestó. Soy huérfano. Un ciclón que azotó fuerte al estado se llevó a mi padre y a mi madre. Fui recogido por el padre José Menegoto, de la ciudad de los niños. Por eso, lo de mi madre, no era cierto. Era una broma de alguien ¿pero de quién?

Suerte

Guardé los Cachitos y el recado. Pero no quedó exento de la curiosidad de mi compañero de mesa banco Jorge Fernández Monteverde, que vio los cachitos, de reojo. Era martes. Y sesiones intensas de clases.
El miércoles. Igual. Buenas ventas en el negocio. Y a la Uni. No alcancé a entrar al salón cuando Jorge me enfrentó afuera y me grita: “Le pegaste al gordo Ángel. Eres millonario. Eres millonario, cabrón. Le pegaste al gordo.
No le creo. Pero me provoca asombro su actitud. Suda, se desespera. Me abrazo, me suelta. Le tira agarrones a mis cuadernos ¿Ahí la traes? ¿Traes la serie? Reaccionó y busco los Cachitos. Ahí están bien dobladitos. Los tomo. Y arrancó cuatro. Y se los doy. “Ten, te comparto al gordo”
Ya no entramos a clase. Nos fuimos a beber cerveza al restaurante: Pan, vinos and beer.
En efecto. Era millonario. El premio eran cuatro mil millones de pesos (de los viejos pesos) Jorge recibió una buena tajada. Cobramos el premio en el Banco de Comercio.
Al salir. En la banqueta veo otra vez a la misteriosa dama. Me da escalofríos. Cubre parte de su rostro con una chalina negra. Pide que me acerque. Y me dice quedito “No dejes que el dinero te venza. Gánale, la partida”. Y después murmura palabras raras. Otra vez le pregunto con desesperación ¿Quién es usted señora? No responde. Se va.
El dinero cambia. Mi vida cambio. Mas bebidas más amigos. Me brotaron familiares. Y más viajes. Descuidé la escuela. Y compré muchos amores. Y placeres.
Un día especial en mi vida, fue al cumplir treinta años. Ese día cerraba la compra de una cadena de ferreterías, incluida donde empecé a laboral. La firma de escrituras y festejo fue en el salón presidencial del Hotel Los Arcos.
Por nimiedades llegué con un retraso de quince minutos. Y ya estaban ahí: vendedores. Y notarios. Me siento. Y frente a mí una copa champañera. Y una botella abierta, lista. Después del acomodo, volteo hacia un lado. Y después de diez años de no verla. Ahí está la mujer. Vestida con el uniforme del hotel. Se acerca por mi espalda. Y me dice al oído “No bebas, por favor” luego simula limpiar la mesa, acomoda un florero. Y después se va. Otra vez mis escalofríos y temores.
El vendedor Luis Osaka, un tipo raro. Tiburón de negocios, conduce el protocolo. “Después del brindis, firmamos” .Y se llenan las copas. Con inteligencia separo mi copa de champaña. Y con discreción la cambio por una copa de agua. Y salud! Otra vez. Y otra vez salud.
No caí, como era el plan de los caballeros. Y además No seguí la operación. Adujé trivialidades. Después comprobé que eran empresas lavadoras de dinero. Y comprometidas con el narco.
Después de los cuarenta me casé. Antes de hace6rlo, volví a la UABCS y después de tres años, terminé la carrera de administración de negocios. Y manos a la obra: instalé una empresa arrendadora de aviones ejecutivos. E invertí en la construcción del aeropuerto de Cabo San Lucas, donde instalé una sucursal – la más importante- de mi negocios “ Fly Pleasure”.
Antes de cumplir los cuarenta, organice una cena de socios en el recién inaugurado Hotel Ventanas El Paraíso. Era un viernes. Saldría del aeropuerto a las seis de la tarde. En otro avión se adelantó mi esposa Marbella y mi hija Teresa. Yo los alcanzaría un par de horas después.
Al salir de casa en Fidepaz, Lupercio, mi chofer se acerca y me dice “Patrón, afuera está una señora muy rara, misteriosa. Quiere hablarle. Dice que es urgente”. Ok- le respondo.
Salgo y la veo. Idéntica como la primera vez. Su mismo rostro, afilado, ojos misteriosos, voz pastosa. “No vueles, hoy no vueles, Ángel. No puedes volar. Y después de lanzarme una mirada, como todas, raras se va. No me agrada su expresión. Le grito con todas mis fuerzas. “Estas loca. Vieja metiche. Déjame vivir mi vida”. No voltea. Solo veo su chalina negra que se levanta con el aire.
Me vale un comino su advertencia. Y vámonos. Llegó al hangar. Está mi adorado jet. El Cachorón. Un Cessna color café elegante. Me subo y a volar.
Un viaje de 30 minutos. Y este a Cabos, el más placentero. Cruzamos la Sierra de la Laguna. Fernando Mautilos mi experto piloto hace un chou del viaje. Me acerca a la Sierra, campechanea por el mar turquesa. Después por las marismas. Y coquetea al irse un tramo por el Pacífico en busca del aeropuerto. Me asusta al acercarse mucho al suelo. Me pasa por unos terrenos de playa que tengo cerca de Migriño. Yo feliz.
Pero al enfilarse a la pista. Se escucha un fuerte trueno en el tren de aterrizaje. Me abrocho más fuerte el cinturón. El Capitán me grita algo. No entiendo nada. El impacto se da. Pierdo el conocimiento.
Me ubico en la sala intensiva del hospital Millionaire de San Lucas. No siento mi cuerpo. Veo solo sombras. Y siluetas blancas. Parece que flotan como fantasmas.
De pronto una de esas siluetas se va aclarando. Y pintándose de negro. Y ya pegada a mí. Me musita al oído. Y lo que me dice me sorprende. Estas muerto Ángel. Ya no te puedo salvar. Ahora yo naceré. Y tú me cuidarás. Esta es la regla de la vida.

Vidas Paralelas

Dos actos relevantes. El primero muy de mañanita. Un encuentro del gobernador Carlos Mendoza y el secretario de Turismo Miguel Ángel Torruco, esto en el centro de Convenciones de La Paz. Y el segundo la asunción al Rectorado de la Uabcs de Dante Salgado. Y el informe del rector saliente Gustavo Rafael Cruz Chávez… Y con esto nos despedimos: hagan el bien. Y sean felices.

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