En la colaboración del 7 de septiembre abordé el tema sobre tres poemarios que me impactaron

Viernes de Cachanía

En la colaboración del 7 de septiembre abordé el tema sobre tres poemarios que me impactaron, de dos extraordinarios poetas: Christopher Amados y Jorge Alberto Chaleco, dos jóvenes brillantes del posmodernismo sudcaliforniano (movimiento que a grandes rasgos sostiene que la modernidad falló al pretender renovar las formas de pensamiento y expresión) De tal suerte, entonces, se trata de dar un vuelco a las artes, romper con lo viejo e inventar nuevas formas, principalmente en la literatura con su antipoesía.

Leyéndolos (Amador Cervantes y Chaleco Ruiz) surgió la idea de plasmar algunos momentos de mineros fallecidos, personajes y edificios emblemáticos de Cachanía.

Inicié con Mauro Flores, minero que en 1903 mató de una puñalada, dentro de la mina, al capataz francés Pierre Sancey. Fue el primer acto rebelde documentado en la azarosa historia de mi pueblo. Un acto como el de Espartaco ya que el minero se arriesgó a las peores consecuencias. Seguidamente documenté en poema el episodio de Reyes Álvarez, minero joven amante de pesadas bromas y carrilla. Tenía agarrado a cargo al comerciante Rómulo Bastida. Esa noche lo estuvo molestando hasta el cansancio. Rómulo impuesto a aguantar borrachos desde que vivía por el Nivel Cincuenta, lugar donde vendía cerveza y tequila y hacían peleas de gallo, cuando Reyes ofendió a sus hijas, tomó el cuchillo matancero, lo correteó y a la altura de la casa de Panchito Espinoza lo alcanzó y le clavó el puñal. Luego escribí el poema para el Chicali, joven de Ranchería que se enroló en la lucha que dimos por la alcaldía mulegina. Un día llega a mi casa y me dice que va a cambiar y que dedicará toda su energía para luchar por la justicia y la libertad. Unos días antes de las elecciones lo toman preso y amanece colgado en la reja de la cárcel. Todo mundo dijo que el gobierno lo había matado, que era un escarmiento para que no votaran por mí en la elección que se desarrolló el nueve de noviembre de 1980. Cuando lo llevamos a sepultar la gente de Ranchería estaba muy asustada. El siguiente caso que hice poema es el de don Ricardo Rivera, minero matado que echaba el alma en las labores. Cuando enfermó lo visité en su casa del Barrio el Canadá… los fantasmas transparentes lo hicieron levitar en su catre.

Anda tan despistada la poesía moderna

Que hace unos días al doblar una esquina

Se tropezó con su sombra

Por eso hay que masticarla masacrarla

Hasta romperle sus páginas

 

Les entrego otros dos poemas de ilustres mineros:

Los mineros de mi pueblo caben todos

En la palma de mis versos

 

El Nufa

Si tú poeta de profundas rimas

que las haces hundirse en ríos de vocales

si tú poeta que escribes en el agua

y el pargo deletrea tus anzuelos

si tú poeta que escribes rosas

y las dejas a los pies de Eros

si tú poeta de ojeras cansadas

de escribir poemas sin lauro

Si tú poeta no conociste al Nufa

sencillamente la inspiración se te vuelve mierda

El Nufa no tenía poemas ni libretas

era tan bronco como el más bronco

de los Cancholas de Ranchería

hablaba gritando y soltando madrazos

si acaso sabía leer y escribir

pero en la mina era un topo de fierro

Vivió las tres muertes de Melquiades

dos veces quedó enterrado en un socavón

a la tercera el corazón se le llenó de poros

La primera la vivió en la mina la Testera

cuando lustraba su lengua para madriar a Dios

llegó la brigada de rescate

En la segunda las horas se complicaron

la asfixia fue ganando la batalla

se metió a un carrito de la mina

y entre palos quebrados vigas terrones

su voz oscura increpó al Salvador

“me vas a matar porque no quieres los pobres

no importa el diablo me tiene un lugar

pinche culero”

El ahogo le llegó por un pedazo de riel

la sordera por ocho horas de muerte

negrura y silencio entumecieron sus latidos

“Si fuera posible un deseo

quiero una mujer vestida de organdí

que dibuje sus chichis y su vulva

una ramera del burdel que me haga nacer

la raya del sábado un coño un anzuelo

un plato de picadillo

con la pinche lengua y ojos del patrón”

Convaleció en su casa de Ranchería

los estragos del segundo entierro

llenaron de poros y suspiros el corazón

que no llegaban a ninguna parte

y una tarde de verano ardiente

miró una mujer vestida de organdí

por el Nim socarrón de la ventana

dos cenzontles un anzuelo mariposas

miró su catre preferido y la muerte

oscura ceniza tornasol le guiñó un ojo

recordó entonces lo que pudo recordar

el ruidajo el derrumbe las tinieblas

maderas rotas terrones cayendo

quiso gritar levantarse no pudo

recordó la tormenta carmesí de fuego verde

arrastrándose entre los escombros los terrones

tomada de la mano por Hipnos y Tánatos

le quemaron los ojos y los sueños

Fue un Canchola emblemático

donde ponía el ojo ponía la piedra

Rudo torvo como lobo del Santo de Asís

ni tinieblas ni derrumbes derrumbaron

 

Güero Chulos

Cuando se ponían la zapeta

parecían cachoras besuconas

eran muy feos orejas abundantes picudas

uno era visco el otro labio leporino

transparentes como orejas de liebre

sus cejas un manojo de barbas de elote

los muslos recorridos

por afluentes azules del Danubio

Nacieron y vivieron para que nada más

les recordaran en las minas y por feos

eran a la vez agua y aceite lodo y caca de vaca

Describir los Güero Chulos

ocupa un trazo de bic –que no sabe fallar-

en la hoja del poema

Alea Jacta Est.- 05-10-17.- Miembro de ESAC.-

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