Su nombre en la lista de los olvidos

De San Ignacio hasta Las Higueritas

El jueves a las once de la noche pasamos por el restaurante de Nano Fon y el espejo brillante de la presa de San Ignacio me encandiló. Transitamos todo el palmar y en una curva miré el local de El Padrino, negocio de mi compadre Abel Aguilar. Llegamos a los dos topes y entramos al pueblo. Miré la antigua negociación de don Manuel Meza, ahora llena de herrumbre y soledad. Chacho Meza, su hijo, con terquedad y amor no quiso perder el oficio viejo de la familia, del negocio y el comercio, y en el local frente a la plaza lo continuó por muchos años. Un día puso una silla un lado del mostrador y se sentó a esperar los pocos clientes que llegaban. Luego la sacó un lado de la puerta, viendo para la plaza hasta que llegó el dios Cronos y le mostró su nombre anotado en la lista de los olvidos.

Chacho, ya llegó la hora, mete la silla y ve y regresa de tu casa. Siéntate en la banqueta y en las bancas de la plaza, regresa tu tiempo a los tiempos de 1960, a los bailes de la trastienda del salón de petróleos, en el negocio de don Vidal y la algarabía de Hercilia su hija. Tómate una cerveza con Luis Castro, platica en la memoria con Mayito Villavicencio y recuerda la bella presencia de Elba su esposa, y su hermana Licha Floriani. Recréate en los pleitos de Montoyita y mira para la banca donde se sentaba Jorge Fischer; camina por esa banqueta y descansa en la de Arnoldo y Judith, comerciantes como tú. Mira con atención para la plaza y de repente observarás la figura inconfundible de la Güera Zúñiga, enfundada en su vestido negro, vaporoso y largo acariciado por el viento vespertino. Pon un poco de atención para que escuches música que sale de Petróleos y mirarás a Ramón El Trompeta, a Jacobo y al profe Luis con su saxofón. También escucharás Granada y Ojos Tapatíos cantadas con maestría por Quelo, tu hermano.

Por las tardes escucharás el susurro de los frailes Franciscanos.

Serían las once con 15 minutos cuando el picap pasó por la plaza; miré a la derecha la portentosa iglesia construida por los Franciscanos. Pasamos las casas de los Zúñiga y llegamos a lo que antiguamente era la huerta de don Chente y que hoy se llama Callejón Gilberto Valdivia Peña. Continuamos para el hotel la Huerta.

Regresé a la década del 60, época en que un puñado de maestros jóvenes y solteros nos comíamos el mundo a mordidas. Recordar la huerta en su esplendor llena de acequias y emparrados. Me miré en los bailes de Petróleos, años en que el gobierno realizó perforaciones por las mesetas de los cerros del Telésforo y Las Mulas en las inmediaciones del restaurante de Fischer que es el referente para tomar la brecha de la izquierda, hoy pavimentada, y llegar a La Bocana y Punta Abreojos en la Pacífico Norte.

En ese entorno de Petróleos la memoria colectiva apuntó el tránsito del profe Luis Manríquez, que era músico y tocaba en los bailes, y al terminar acompañaba a su novia, con saxofón en mano, que vivía por el rumbo de El Rincón, barrio que estaba antes del internado de la escuela Vicente Guerrero, escuela en la que un puñado de maestros jóvenes trabajábamos.

 En una de tantas acequias recostaba su saxo para tener libres las manos y buscar el punto “astral” de su amada. Llegaba al internado y le preguntábamos por su saxo. Lo dejé en una acequia, mañana voy por él, -nos contestaba.

Otro día –domingo- pasaba por El Rincón y bajaba rumbo a la huerta con tan mala suerte que ese día tocaba riego y el saxo nadaba en la acequia. Parsimoniosamente se sentaba en su cama y lo empezaba a desarmar. En la ventana colocaba la boquilla, la caña, la llave y las corchetas para que se orearan con el sol.

También sirvió la vereda y acequias de la huerta para que el profesor Salomón Ojeda, después de dejar a su novia Tony en su casa, -casa famosa porque Rosa Amelia, su mamá, nos vendía cerveza- caminara entre las acequias y emparrados tejiendo mil escenarios que terminaban en la iglesia. Por fin sus sueños se hicieron realidad y se casó en esa iglesia con Tony.

Los maestros comíamos con doña Andrea, que tenía su casa un ladito de la de Rosa Amelia. Bartolo, su hijo, nos llevaba los platos con comida. Los viernes después de la cena nos íbamos con Rosa Amelia a “pachanguiar.” Ya entrados nos encaminábamos a la cantina de Luis Castro, un lado del salón de Petróleos.

A las once con 30 minutos de la noche llegamos al hotel y me asignaron el cuarto un lado de la administración. Un hotel muy bonito, con cuartos lujosos con servicio de primera.

Otro día –viernes- llegué a la plaza del pueblo –frente a la iglesia- y a las diez de la mañana ya desayunaba en el changarro de Toto Floriani. Regresé al hotel a esperar a Güero Verdugo, que era el chofer y guía.

A las once y media de la mañana iniciamos el trayecto por un camino pavimentado que llega cerca de la laguna de San Ignacio. Llegamos al rancho San Joaquín, rancho muy antiguo que en los años del sesenta era visitado por el profesor Gilberto Valdivia, director de la escuela y por “el ejército” de maestros jóvenes: José Miranda, Luis Manríquez, Arturo Apodaca, Epifanio Fiol, Salomón Ojeda, Bobby García. Las maestras, muy jóvenes también, no participaban en esas bacanales: Juana Carmona, Chata Ruiz, Rufina Melgar, Consuelo Peralta.

Llegamos al rancho, saludamos a los residentes: hay tres casas bien construidas que nada tienen que ver con los orígenes de casas de palma y adobe de principios del siglo XX. Miré parte del viejo esplendor: árboles enormes, palmeras, una pila y acequias de piedra construidas por los Franciscanos, enormes árboles de higo y brevas, emparrados. Nos invitaron a tomar café. Salí y caminé por sus alrededores. Entre piedras y ramaje observé tramos que parecen veredas antiguas. Le pregunté al joven que nos acompañaba:

¿Lo que estamos viendo son veredas de vacas, o qué son?

Antes de que las ramas y arbustos las cubrieran se miraban mejor. Nos dicen los abuelos que era la ruta que seguían los frailes Dominicos que venían desde la misión de Guadalupe y que le llamaron camino misionero, acompañados por indios Cochimíes y algunas monjitas, arreando ganado que llevaban a San Ignacio.

¿Y no han escuchado o visto algo raro en tanto tiempo? –le dije.

Nosotros no, pero me platicaba mi padre, que murió hace años, que antes se escuchaba por el cerro como que arreaban ganado, y algunos gritos, pero que nunca vieron ni vacas ni caporales.

Los abuelos trasmitieron a nuestros padres, que algunas noches miraban un caporal muy bien vestido y que en las noches de luna lo miraban montado en un caballo muy negro y bonito. Que portaba una túnica muy larga en negro y blanca, cubierta la cabeza con un sombrero en piel café, muy grande que le llegaba hasta los hombros. Que sus espuelas de plata brillaban en la noche, así como un Rosario que le llegaba hasta la cintura. Que más o menos para 1950 no lo volvieron a ver ni escuchar ruidos de ganado.

Faltando diez minutos para la una de la tarde nos despedimos y continuamos el viaje para atacar la sierra de San Pedro. Muy luego se terminó el pavimento y empezamos a sufrir las inclemencias de un camino pedregoso, con subidas y bajadas impresionantes, que nos fue adentrando en los dominios de la sierra. Unos arroyos increíbles y crestas de montaña que parecían tocar el cielo. A cada brinco y hoyanco, Güero Verdugo me miraba y sonreía. Luego pasamos por San Zacarías y El Álamo y para las cuatro de la tarde me atreví a preguntar “al chofer” si faltaba mucho para llegar al rancho Las Higueritas, rancho de don Mayelito Rojas… soltó la carcajada.

¡Mañana como a las diez llegaremos!

Creo que no aguantaré la chinga, me dije…

Transitamos parajes increíbles: cañadas cortadas a plomo, arroyos que desde lo alto de la cuesta parecían culebras multicolores; pedazos de arroyo con agua cristalina que se abría paso entre mil rocas; luego el caudal se ensanchaba y se transformaba en un manto amarillo inmóvil, petrificado como si fuera una pintura de un gran artista. El arroyo desaparecía entre mil rocas y al rato emergía como si fuera saliendo desde el fondo de esa orografía del demonio.

Una mole montañosa moteada por cientos de cabras que hacían mil malabares. Pasamos muchos cercos de púas y ranchos. Güero Verdugo me decía los nombres, pero yo ya no entendía nada por el ajetreo y cansancio; pasamos por: La Puerta, San Marcos, San Simón, San Juan, San Tadeo, El Paraje, Los Patos. Los rancheros y “mi chofer” me hablaban de mil aventuras y yo ya no asimilaba nada: “esta pila la construyeron los Dominicos,” me dijo el ranchero.

Ya habíamos encumbrado la parte más alta de la sierra a más de mil cien metros.

Llegaremos a San Quintín a dejar un tinaco que le traigo a mi compa ranchero, me dijo “mi guía.” Se bajó el Güero y cuando quise hacer lo mismo casi me caigo del picap. ¡Cuidado! me gritó el dueño del rancho tomándome de un brazo. Allí la familia nos platicó de las inclemencias del huracán Odile; nos señalaron la marca que dejó la corrida del agua: dos metros y medio de altura sobre la torrentera del arroyo.

A las cinco de la tarde retomamos el rumbo para llegar a El Dátil, rancho que fue seleccionado por la empresa minera de El Boleo en aquella época, para recibir la carne de la matanza de ganado, frutas y hortalizas, alfalfa. También fue oficina para pagar a los trabajadores. A más de 130 años de que este rancho fue centro importante de la compañía francesa, todavía se observan corrales de piedra, tramos de tubería, pedazos de un motor para jalar agua, una enorme pila y el cuarto que servía de oficina pagadora.

A las ocho de la noche llegamos al rancho de Martín Rojas, rancho destinado para pasar la noche.

El sábado muy temprano continuamos el viaje hasta llegar a Las Higueritas, de don Mayelito Rojas. Allí desayunamos y para las diez de la mañana continuamos para llegar a la Casa del Medio, rancho de Toribio Rojas. Y nuestro interés, además de saludar la familia, era porque nos habían dicho que don Toribio sabía el corrido de La vaquerada.

 Tomó su guitarra y nos cantó el corrido.

Don Toribio, un hombre ya muy mayor, pero con alma de trovero, aunque el demonio de la sierra y las distancias sin fin lo han golpeado sin doblegarlo. Su voz y su corrido recorrieron toda la sierra.

A las doce con cuarenta minutos nos despedimos de él y su familia. El regreso fue menos pesado porque ya no entramos a ningún rancho.

A las siete de la tarde Güero Verdugo me dejó en el hotel La Huerta.

Abordé mi camioneta, pasé por la plaza y frente a la iglesia portentosa de los Franciscanos, miré la antigua negociación de Chacho Meza, miré para el antiguo Salón Petróleos, pasé el palmar y la presa, llegué a la gasolinera que está sobre la Carretera Transpeninsular, cargué gasolina, tomé un vaso con agua y eché el contenido de dos sobres de sal de uvas, tomé el líquido, entré a los baños, vomité por el cansancio, tomé un respiro y enrumbé hacia Santa Rosalía.

A las nueve con veinte minutos de la noche de ese sábado, y como si me hubiera tragado el tiempo, ya que tomé conciencia de mí hasta que bajé por el Espinazo del diablo y miré la línea oscura del mar, entré por La Maquinita, estructura simbólica de la empresa minera de El Boleo, llegué hasta Calle Cuatro, recogí a mi esposa y nos fuimos al hotel. Alea Jacta Est.- 27-04-17.- Miembro de ESAC

¡Comparte!
0 0 votes
Article Rating
Subscribe
Notify of
guest
0 Comments
Inline Feedbacks
View all comments