La suerte está echada / “La familia, forjadora de valores”

 “Y vamos por Bahía Magdalena” 

El lunes platicaba con un compañero y me decía: “mira profe, tienes razón en parte pero en la familia sí se adquieren costumbres y hábitos buenos. Yo vengo de una familia pobre y mi mamá iba por mí a la escuela y de allí le llevaba lonche a mi papá que trabajaba en una peluquería. Adquirí hábitos de responsabilidad, puntualidad y honradez”. Y el compañero tiene razón ya que el origen de los valores viene de la familia decente y honrada. Pero él proviene de una familia “vieja”, de esas que ya casi no hay; de una familia que caminaba a pie, que pedía fiado en el changarro de la esquina o del compadre, que no había televisión o si había apenas “hacía sus pininos”; no había novelas violentas, ni celulares, ni internet, ni facebook, ni películas pornográficas; viene de una familia de aquellas en que los hijos escondían la cajetilla de cigarros debajo de una piedra o en el tronco de un árbol antes de llegar a la casa; de una familia de aquellas en que los hijos tenían un profundo respeto a los padres, nunca decían una grosería, pedían permiso para salir ¡y nuca llegaban muy noche a la casa!. No había  “barras libres ni nochadas y amanecidas”; no había pachangas en las casas donde hasta el perro se emborracha. Mi compañero viene de una familia, de esas viejas, que cultivaron profundos hábitos de rectitud y responsabilidad. En algún momento esa convivencia familiar y social se perdió “en aras de la modernidad”…viene de la época en que las autoridades se vestían de vecinos y vivían en casas como las de los demás, ¡y no tenían guaruras que las cuidaran!; viene de una familia de esas que saludaban en la calle al delegado de gobierno y a los tres o cuatro policías, uno o dos montados en la parte de atrás de “la Julia”: de esas familias que dormían en las banquetas y las casas permanecían con puertas y ventanas abiertas y cuando salían al mercado se la encargaban al vecino; viene de esos pueblos y ciudades en que las autoridades permanecían en ellas y no hacían viajes al Distrito Federal, a ciudades del país y ¡viajes al extranjero! Esas familias y autoridades antiguas hablaban de respeto y responsabilidad, del bien común y la solidaridad y practicaban con el ejemplo. Claro que esas familias y autoridades sí eran forjadoras de valores. Ahora, en este mundo globalizado, en este mundo cibernético en que una noticia corre el mundo en unos minutos y un ciudadano se puede comunicar con otro que vive a miles y miles de kilómetros, no conocemos al vecino y si lo conocemos “nos cae gordo por mamón” y nuestras casas parecen fortalezas enrejadas por todos lados y aún así, cuando se quedan solas los maleantes las dejan vacías. En este mundo globalizado nuestras autoridades son fantásticas por las tontadas que publicitan de un mundo mágico que solamente vive en sus deformados cerebros. Autoridades fantásticas que amasan riquezas incalculables, que hacen negocios oscuros con terrenos, que ponen sus ojos en bahías e islas, que imponen compadres, amigos y familiares en puestos públicos, que practican el nepotismo y el peculado beneficiando vergonzantemente con bienes y riquezas a familiares directos. Autoridades que hablan de que la unidad familiar resuelve todos los problemas sociales por difícil que estos sean y en la práctica la sociedad se cae a pedazos por la desintegración familiar y social, por los vicios y la droga, por la corrupción gobernante y social, por la gravísima corrupción en partidos políticos y sindicatos y por el entramado social que ha creado la función pública, que mantiene al pueblo entrampado en ese mundo de corrupción y vicio. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: El programa del valor sudcaliforniano está viciado de origen porque no tiene base social y filosófica que lo sostenga. Las viejas familias y las viejas autoridades sentían y practicaban el bien común como proyecto de vida. No mentían ni robaban. Sus aspiraciones se movían en el contexto circundante; no pensaban en ser dueños de El Mogote ni de Bahía Magdalena. El valor sudcaliforniano estaba inscrito en cada ciudadano, autoridad y familia y por lo tanto no había necesidad de publicitarlo. Los niños, jóvenes y familias siempre estaban en contacto. La modernidad y el mundo globalizado y cibernético nos secó el alma y abrió la compuerta de la corrupción. ¡Bienvenido sea el progreso pero que redima a la familia, políticos y gobernantes!! Alea Jacta Est. 24-10-12

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