La suerte está echada / A 127 años de aquel estallido que parió bolas de cobre

Bobby García

A 127 años de aquel estallido que parió bolas de cobre

Mi querida y centenaria Cachanía cumplió el  sábado siete, 127 años de fundación. Por lo inclemente del clima se festeja el aniversario en el mes de octubre. En 127 años han pasado muchas cosas: la primera liquidación en 1945, que desparramó a muchas familias a Sonora, al norte y a La Paz, principalmente. Muchas casas dieron un salto en la historia y se plantaron en cerros de Guaymas y en las planicies de Ensenada y Mexicali. Aquí en La Paz hay algunas por la Navarro, a un costado del Santuario. Luego vino la liquidación de 1954 y la última Hégira anudó las amarras del tiempo en 1985. Santa Rosalía ha vivido a salto de muerte desde 1945. Soportó el gran chubasco de 1934-35, que saltó el muro por Calle Dos y ahogó a la familia Persebú; el de 1959 que arrancó de cuajo casi toda la escuela primaria Antonio F. Delgado y tumbó muchos techos de las casas. En la época contemporánea la han azotado varios ciclones y el arroyo que le cincela su panza desde la sierra de Santa Águeda y en calle Once hace una curva como “s”, es rebasado por las aguas broncas que brincan esa calle y  remolcan piedras, palos y lodo que casi sepultan Calle Playa, el Parque Morelos y La Maquinita; en la playa asoman algunos capacetes de carros y camiones. Las calles quedan hechas un asco y la F. Montoya (arroyo) parece campo de batalla. Recuerdo que en una de tantas corridas del agua, en la bajada de Calle Once quedó un dompe amarillo del gobierno dentro de la corriente; tiraron unos cables y el  personaje pintoresco llegado de “alguna parte del mundo”, y que a todo mundo le vendió el cuento que venía de Nueva York, apodo con que fue conocido y ya como policía la gente decía: “mira, allá viene el Nueva York, se agarró de los cables y empezó la tarea de salvar a Fermín, chofer del dompe. Seguidamente se lanzó al rescate otro policía llamado El Pachuco. Los dos fueron arrastrados por las aguas y en el codo que hace el muro por la Benito Juárez y Casa de Leonel Miranda, fueron rescatados. A pesar de todo Cachanía se ha mantenido: sufrió los humos infernales de la fundición, que por las tardes bajaban al pueblo y parecía que los pobladores traíamos un veinte en el paladar. Siempre ha sufrido por la falta de agua, los apagones en el verano y el manoteo de la Ley Federal del Trabajo que se acuesta con los patrones. Desayunó, comió y cenó con los franceses, luego con los patrones mexicanos de la minera, enseguida con los asiáticos calamareros y hoy estrena nuevo “invitador” en los patrones de la minera El Boleo. Y como una maldición ha sufrido presidentes municipales y sus corifeos, rapaces, corruptos, cínicos y rateros. Pedo Osuna, el Che Murillo y el Guille Santillán, han dejado al municipio más jodido que todos los ciclones juntos. Ayer el pueblo se lamentó de los desmanes de Santa Apodaca en tesorería y ahora lloran contra el bandolero salteador Erick Cisneros y sus gatilleros. No entiendo como los habitantes soportan tanta injusticia. En pleno siglo XXI no es posible que los Cachanías no se hayan organizado contra las tropelías orquestadas desde tesorería municipal. Ya raya en un episodio dantesco el actuar de Erick Cisneros y la complicidad del alcalde Santillán. Viven como reyes en una sociedad con mil necesidades. El tesorero vive en un hotel y tiene varios ayudantes viviendo donde mismo. Los gastos de hotel, comida y diversiones las paga el pueblo. Pero con todas estas calamidades el gobierno y el pueblo se preparan para las fiestas del 127 aniversario de fundación de mi querida cachanía. Un pueblo bohemio, nostálgico y terco, bueno para poner sobrenombres, para jugar béisbol, con la historia dulce de los lonches de Monobe y los sabores que saben a gloria en el pan del Boleo. A pesar de los episodios negros, me quedo con la imagen del Estadio Hidalgo, los Cuervos, La Progreso, Los Tiburones de Isla de San Marcos, Los Alijadores y los Rojos de la Sección 117. Me quedo con la recta de humo de Carlos Casillas, la enorme curva de Kico Rouseau, la estampa de Matías Villalvazo, los torpedos de Magallanes, la finura estilizada de Güerito Murillo y Toño Martínez, los batazos de 4 esquinas, enormes, del Chambelán García –mi hermano- y la gloria toda del béisbol de aquella época. Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOS EL RUBICÓN: A pesar de todas las calamidades, los viejos no podremos olvidar las mágicas tardes de la cantina del Viejo Domínguez que luego Manuel Antonio Escárcega la transformó en el museo de la amistad, con recuerdos vivos en los cientos de fotos que marcaron parte de la historia política y social. Y cómo olvidar la bella voz del Güero Apodaca que interpretaba a los clásicos de todos los tiempos. A su compadre Adelaido, la guitarra magistral del Many, de Nopalera, El Charo y sus muchachos, a mi gran amigo Felipe, de Ensenada. La voz de Quelo Meza, la de Amado Moreno, Pancho Padilla, Jaime Miranda. Y todo ello, con un carapacho de caguama en las clásicas mesas de la tecate… Salud, en mis saudades más sentidas.

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