¿Habrá cambios de fondo en la política económica?

Aquiles Córdova Morán

El  lunes 7 de los corrientes, en un noticiario matutino, escuché un interesante mensaje del Presidente de la República. Bajo el impacto, al parecer, de lo que vio y oyó en la recién concluida cumbre del G-20 (las 20 economías más grandes del planeta), en Cannes, Francia, el eje de su discurso era la crisis de la deuda externa de las economías más desarrolladas del mundo, aunque puso especial énfasis en el caso de Grecia cuya enorme deuda exterior calificó de prácticamente impagable. De este gigantesco problema, que afecta a toda la Unión Europea más los Estados Unidos de Norteamérica, el Presidente saca la conclusión de que se avecina una crisis económica severa que sin duda alcanzará al mundo entero y, por tanto, también a México (sin que haya “blindaje” que valga, agrego yo, ya que nuestras exportaciones tienen como destino el mercado norteamericano en más del 85 por ciento). Por esta consideración, el primer mandatario hace sonar la sirena de alarma y plantea (no lo estoy citando textualmente, pero me responsabilizo de lo esencial) la urgencia de buscar y encontrar rutas de escape que minimicen los devastadores efectos de la crisis que prevé, y propuso al efecto dos medidas básicas: 1) un cambio de orientación de nuestras exportaciones en favor de los países emergentes con altas tasas de crecimiento (no dio nombres) y que, por lo mismo, están ávidos de bienes e insumos del exterior y 2) fortalecer nuestro mercado interno hasta volverlo capaz de absorber lo que no podamos vender en el extranjero.

Creo realmente que el planteamiento presidencial es oportuno y muy necesario; y también asaz novedoso, claramente distinto a lo que le veníamos escuchando hasta hoy en materia económica. Cuando habla de reorientar el rumbo de nuestras exportaciones, da la razón, implícitamente, a todos aquéllos que, comprometidos con el destino de México, vienen insistiendo desde el siglo pasado no sólo en la conveniencia, sino en la absoluta necesidad de disminuir nuestra excesiva dependencia del mercado norteamericano, dependencia que muchos daños comprobados nos ha causado según nuestra historia reciente. Y al llamar a fortalecer el mercado interno, da la razón a quienes, desde hace más de 20 años, venimos sosteniendo que no sólo el interés de las mayorías, sino la mínima racionalidad económica, exigen que el aparato productivo y la actividad económica de los países satisfaga, en primerísimo lugar, las necesidades de su población, es decir, de su mercado interno, antes de pensar en ganar más vendiendo en el mercado mundial. Está dicho y repetido: volcarse a dicho mercado con abandono casi total del bienestar doméstico, es una política económica errónea e insostenible que tarde o temprano pasará la factura a quien se empecine en ella.

Pero… para respaldar su propuesta número uno, el Presidente comparó la situación de los países emergentes y con gran dinámica de desarrollo, con una colonia recién fundada y en rápido poblamiento. Sus habitantes, dijo, por la velocidad de crecimiento poblacional, necesitan de todo y están dispuestos a comprarle a quien les venda. La analogía es válida si se la ve desde el lado de la demanda rápidamente creciente; pero resulta de un simplismo extremo (y por tanto falsa) si se la examina desde el lado del abastecimiento de esa misma demanda. Los nuevos colonos, en efecto, no son productores (o lo son muy pocos) y tienen que comprar todo lo que necesitan; los países emergentes, en cambio, sí lo son (y, en los casos más destacados, de mayor eficiencia que nosotros), razón por la cual buena parte de su demanda la satisfacen ellos mismos y no son tierra de conquista para el primero que llegue. Además, para nuestra desgracia, lo que vendemos es casi lo mismo que ofrecen muchos países semejantes al nuestro (entre ellos casi toda Latinoamérica); esto desata una competencia feroz por los mercados emergentes tornando su conquista mucho más difícil y compleja que una colonia de reciente formación. Se requiere para ello no sólo reorientar nuestro esfuerzo exportador; antes y como condición necesaria para el éxito de esta medida, hace falta modificar la estructura de nuestro PIB para adecuarlo a la demanda de nuestros posibles clientes; ello implica, a su vez, una reconversión total del aparato productivo completo. Y algo muy similar exige, obviamente, el propio mercado interno.

En relación con éste último, el Presidente incluso fue al detalle. Propuso el apoyo decidido, con financiamiento y tecnología, a las pequeñas y medianas empresas (Pymes), para generar más empleos; más apoyos al campo (dinero y asesoría técnica) para acelerar su crecimiento económico; ambas medidas implican la reactivación de la banca de desarrollo para el crédito barato y oportuno. Además se requiere, dijo, más inversión pública en infraestructura (otra novedad que nos alejaría del fundamentalismo de mercado) y atraer más inversión extranjera (vieja receta que no crea empleos y nos descapitaliza). Salta de inmediato a la vista la gran omisión, la ausencia de la más efectiva de todas las medidas cuando de fortalecer en serio el mercado interno se trata: el incremento sustancial de los salarios de los trabajadores, sin cuya demanda solvente no se puede ni hablar de un mercado interno fuerte, capaz de sacarnos de la crisis. De nada sirve (o de muy poco) dar empleo a los desocupados, si la totalidad de la masa laborante sigue ganando salarios de hambre. La cuestión es, entonces: si las dos medidas básicas propuestas por el Presidente son correctas, ¿hay la intención de llevarlas hasta sus últimas consecuencias? ¿Hay la decisión y la voluntad política de hacer frente a los riesgos y graves dificultades que entraña todo cambio verdadero? Si así es, diremos con los versos de don Manuel José Othón: ¡Bien venido y acércate, progreso!…/ La humanidad que muere te saluda. Si no, que Dios nos coja confesados.

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