Columna Invitada: Infiernos grandes  Soberbia: derrota  País para foráneos

Rafael Loret de Mola

En enero de este mismo año, Beatriz Paredes Rangel, a quien muchos reconocen méritos suficientes para incursionar en una candidatura presidencial si bien ella se resiste a divagar sobre el tema –la salud mermada y el ánimo no están para eso–, mantenía plena confianza en el destino triunfal de su partido, el PRI:

–Nos basta –aseveró– con no cometer errores.

Pese a ello, desde aquella hora precisa cuando se tenía plena convicción de ganar, cuando menos, diez gubernaturas de las doce en disputa arrollando en nueve entidades, las fallas se han repetido sin cesar. Una de ellas, acaso la más grave, consistió en privilegiar a los gobernadores permitiéndoles señalar a los candidatos a sucederlos con la condición de «asegurar» con ello, esto es en uso de la parafernalia gubernamental, los comicios y, por ende, los éxitos. El efecto de ello fueron las imposiciones que segregaron, en algunos casos de manera escandalosa –Sinaloa, Durango, Puebla–, a los priístas mejor posicionados; y dos de éstos –Mario López Valdés, José Rosas Aispuro– acabaron por presentarse como aspirantes «aliancistas» encabezando la extraña amalgama del PAN y el PRD. Saldos ominosos.

Por desgracia, los vicios se copian, no las virtudes. En Jalisco hace tiempo que se habla de un «PRI azul» para explicar la mutación de los viejos opositores panistas listos a integrar una nueva clase política como una versión, corregida y aumentada, del otrora partido de Estado. Allí, los gobernadores de esta extracción –ya van tres–, proceden con sus correligionarios en la misma línea de los viejos lobos priístas sobre las aguas procelosas del presidencialismo autoritario. Cada uno ha sido el eje de las decisiones partidistas –lo mismo que sucede en el feudo federal desde la arribazón de los Fox–, y operan discrecionalmente en función de lealtades y consignas. Lo mismo que antes pero más descarado.

Cuando, hace diez días, llegué a La Paz el primer referente a la situación de la entidad, bajo el dominio del PRD desde hace dos sexenios –primero con Leonel Cota Montaño y ahora con Narciso Agúndez Montaño–, fue la de un calificativo similar al utilizado en Jalisco: aquí le nombran el «PRI amarillo» porque tal es el color del perredismo que, como otrora sucedía bajo la hegemonía del partido «casi» único, tomó para sí los antiguos vicios operativos y hoy procede con idéntica discrecionalidad, esto es sin más consensos que los derivados de la casa de gobierno.

DEBATE

Por supuesto, en las filas del PAN sudcaliforniano, siempre relegado a la tercera posición, hay bastante más que un simple encono. Al entregarse la batuta al ex perredista Covarrubias, la corriente local, en pro del senador Luis Alberto Coppola Joffroy, se diluyó aun cuando, más bien, recobrara forma de río rebelde rebosante de arrecifes. No fue un acuerdo bien recibido pese a las indiscutibles posibilidades de éxito del abanderado sucedáneo quien, en apariencia, tiene los votos aun cuando falta resolver si los conservará por fuera del andamiaje oficial, cernido al PRD. A la vieja usanza priísta, insisto, sin apenas diferencias.

Por cierto a Coppola lo persigue y sitia el gobernaor Agúndez. El hotel propiedad de su familia en el malecón paseño, cerrado desde hace dos años por conflictos laborales políticamente prefabricados, luce una manta monumental con leyendas infamantes contra el personaje acusado de explotar a sus trabajadores y no pagarles de acuerdo a las liquidaciones de ley. Como si se tratara de un foco rojo encendido para determinar territorios y aplastar oposiciones sin la menor vocación democrática.

Lo dicho: el PRI azul y el PRI amarillo, con emblemas equidistantes en apariencia –ya hemos visto que con igual facilidad de unen y enfrentan de acuerdo a como soplen los vientos–, exaltan no los valores de una nueva cultura política, sino los vicios acendrados del sistema político mexicano que no parece destinado a renovarse, en serio, salvo en lo tocante al maquillaje. En el fondo, y las fraguas recientes lo corroboran, cada facción partidista confluye hacia los mismos escenarios turbulentos porque, sencillamente, apuesta por el sectarismo obcecado y no por el concurso libre, democrático. Todo lo demás es consecuencia lamentable.

EL RETO

Al principio de este año, insisto, entre los priístas de cepa afloraba el triunfalismo, incluso ramplón. No parecía haber nada que interrumpiera el vuelo triunfal de Peña sobre la gaviota de las alas televisivas. Ahora, en vísperas del matrimonio religioso del político «mejor posicionado» en el ámbito nacional, coronado como el rey de los medios, las condiciones parecen haber cambiado y los momios también: se dice bien que el PAN, como en 2006, podría remontar, campañas negras en cierne con el diseño de los empeñosos y muy caros operadores hispanos, y que quienes auguraron la muerte y desaparición de López Obrador se equivocaron en toda la línea.

Si bien, hasta este final de año, el PRI mantiene la mejor posición, la diferencia estriba en que no se le considera invencible de cara al 2012 por cuanto a la ausencia de liderazgos en las otras opciones. Fabricar oficiosamente a una figura fue, durante varios lustros, fórmula priísta; pero en los escenarios vigentes, también el PAN, el PRD y los radicales de izquierda tienen capacidad para armar entramados similares apenas si sopla el viento.

Todo se basa en la capacidad de cooptar. Por ejemplo, ¿quién apuesta por una candidatura de Lydia Cacho, recientemente recibida por los príncipes de Asturias en un ensayo ad hoc para la nueva aristocracia mexicana y contra los demonios del edén, en calidad de fenómeno en la defensa de los derechos de las mujeres y otros géneros? La fuerza mediática da para eso y mucho más en el complejo México gobernado por las televisoras y las casas de encuestas.

LA ANÉCDOTA

«Vemos que entre nosotros goza de más prerrogativas el extranjero que el nacional», sentenció el apóstol Madero en su ensayo contra la dictadura porfiriana, La Sucesión Presidencial en 1910.

Cien años después, la reconquista hispana es un hecho y se siguen preservando los intereses del exterior sobre los mexicanos. Un ejemplo: hace una semana, tras el estallido del subsuelo en el bar del hotel Princess de Cancún, varios reporteros fueron agredidos por personal de la empresa cuyos argumentos no han sido del todo registrados:

–¡Este es un hotel para turismo extranjero!, gritaron, sobre los cadáveres de cinco canadienses víctimas del suceso. ¡Y ustedes tienen pintas de mexicanos! Así que no pueden pasar.

¿Y aquello de que las playas son patrimonio de los mexicanos y no se encuentran a disponibilidad de consorcios particulares ni herederos privilegiados, como los Azcárraga, dueños de grandes heredades en la llamada Riviera Maya? Leamos a Madero como si oteáramos al presente.

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