Felicidades padrino
El 'padrino del soul'; James Joseph Brown.
El ‘padrino del soul’; James Joseph Brown.

Eran los 60. Las cámaras grababan a color, pero con ese tinte de emulsiones viejas. El hombre en el centro del escenario vestía un elegante conjunto azul eléctrico con el que daba vueltas en sus pies que podían arder si paraban. En un primer plano se podían ver millones de cristales de sudor descender por su piel negra decorada con sonrisas. Su peinado y su cuerpo desafiaban las leyes de la gravedad.

Pero su voz, esa caja llena de súcubos poseídos por el ritmo, hacía duelos altísimos con las trompetas y acentuaba el color visceral del bajo eléctrico. Era toda una combinación inflamable de gritos, gruñidos, gemidos y sonidos de cuerdas vocales de propano. Era el ‘padrino del soul’; era James Joseph Brown. Si se enfocaba la lente en su banda, The Famous Flames, se descubría un ensamble tan concentrado y a la vez tan activo que hacía pensar en una variación afro de las meditaciones conscientes de la India.

Las luces seguían a Brown pero detrás se veía a Bobby Byrd, Bobby Bennet, Baby Lloyd Stallworth o Clyde Stubblefield sudando la gota gorda (músicos que junto a Brown desarrollaron esa idea de poner énfasis en el ritmo por sobre la melodía y la armonía; el funk). Aparte de que un show de James era tan intenso como cualquier actividad cardiovascular, si alguno se equivocaba mínimamente, el jefe le hubiera puesto una multa anexada a un escarnio público de proporciones bíblicas. Pero paciencia, lo mejor del show estaba por llegar. Con un popurrí de Cold Sweat, Maybe the Last Time, I Feel Good y Please, Please, Please, el ‘showman’ entraba en un trance final justo cuando las percusiones invitaban al descontrol en las gradas. Un sobrio hombre vestido de terno gris salió del costado portando una extravagante capa dorada y la puso sobre los hombros de Brown.

El músico parecía retirarse exhausto bajo el abrazo de esa tela que lo invitaba al reposo. Pero la banda continuó tocando y en el repique de la batería, el espíritu del baile convulsionaba en él.

Con un manotazo se despojó de la capa, pateó el soporte del micrófono y continuó con el delirio. Esto lo hizo dos veces más con dos capas diferentes para provocar el éxtasis del público. En la lucha entre el reposo y el funk, James Brown cedía siempre al encanto de su propia invención. Él decía que para que la gente escuchara, se debe primero llamar su atención.

Esta filosofía de vida se repetía cada año durante casi 330 días; por algo se ganó el mote de ‘el hombre más trabajador del negocio’. Mantuvo el ritmo pese a sus problemas con la ley, de salud y su edad. Así, el día antes de ser hospitalizado en el 2003, Brown estuvo en un evento por Navidad y tenía en mente hacer otro en Año Nuevo. Nadie pudo contenerlo, salvo una neumonía que le colocó su última capa y lo dirigió hacia bastidores hace 6 años.

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