Zona de Opinión / El capital y las MIPYMES

Con marcado acento optimista, los medios informativos nacionales difundieron hace pocos días cifras halagüeñas sobre el crecimiento de la producción y de la exportación de automóviles hacia el mercado mundial, principalmente (así se dijo) a los Estados Unidos. La firma automotriz que más destacaba en la aceleración de tan importante rama industrial es (también se dijo así expresamente) una conocida empresa de origen norteamericano. Los comentarios adicionales subrayaban que, a partir de esta boyante situación de la industria del automóvil, había que esperar más y mejores empleos, más y mejores salarios y prestaciones y un cierto impulso vigoroso al crecimiento de la economía en su conjunto. Con ello, decían, nos alejamos del riesgo de una crisis.

Es posible que todo esto sea verdad, pues no se puede negar que, en términos puramente teóricos, abstractos, eso es lo que respondería un economista al que se le planteara la cuestión en términos también puramente hipotéticos. Pero, tan pronto como se intenta situar la noticia en la realidad concreta de la economía mexicana y en relación con el comportamiento de las inversiones extranjeras en un país dependiente como el nuestro, comienzan a surgir las dudas y las interrogantes que, desgraciadamente, ningún economista ni ningún político vigente se atreve a contestar de manera directa. Por ejemplo: ¿Qué tan ciertos y numéricamente significativos serán los nuevos empleos que se prometen, si se tiene en cuenta el alto grado de automatización de la industria automotriz? Y los salarios, ¿se calcularán con criterios distintos a los de la simple subsistencia, la calificación del obrero y la famosa productividad de la mano de obra, que son los que usualmente determinan el nivel salarial de todo el país? ¿Se sustituirán por criterios de equidad, justicia social y reparto legítimo de la renta generada por los trabajadores, o se pondrá en primer lugar, como siempre sucede, la “rentabilidad” de la inversión a costa del nivel de vida de la familia obrera?

Y más todavía. ¿Qué pasa exactamente con las utilidades de las empresas de capital extranjero? ¿Se reinvierten realmente en el país para generar el círculo virtuoso de  más empresas con más y mejor tecnología y mayor productividad, más empleos, mejores salarios y mayor crecimiento económico; o es verdad que tales ganancias son remitidas íntegramente al país de origen, dejando en el receptor de la inversión sólo magros salarios para unos cuantos obreros, más contaminación, chatarra industrial y un gran saqueo de recursos naturales, energéticos y de todo tipo? ¿Quién sale ganando realmente, en términos contantes y sonantes, con el crecimiento de la producción y de las exportaciones al mercado mundial de las empresas de origen extranjero? ¿Por qué nunca se da al público una información completa y segura sobre tan importante cuestión?

Pero más allá de las hipótesis y de preguntas ingenuas, hay certezas que todo mundo conoce y que tampoco deberían hacerse a un lado para mostrar sólo el lado bueno de la noticia. Por ejemplo, la polución exagerada de la atmósfera del mundo entero y el daño consiguiente a la salud de la gente y a la capa de ozono que nos protege a todos; la contaminación de los cuerpos de agua potable; la deforestación mundial que tiene mucho que ver con la suciedad del aire y con el agotamiento de los mantos acuíferos; la extinción cada vez más acelerada de especies vivas, animales y vegetales, con la consiguiente alteración del equilibrio biológico y natural del planeta; la explotación acelerada e irracional del petróleo, el gas y todos los recursos minerales de la tierra; la elevación de la temperatura global como consecuencia de la fiebre de “productivismo” en que hemos caído para satisfacer el consumismo irracional inducido en la gente por la publicidad y por los dueños del capital, con tal de satisfacer su hambre insaciable de ganancia y varios etcéteras más. Todo esto ha llevado a algunos de los mejores espíritus de la humanidad a advertir que nos encaminamos aceleradamente hacia un abismo sin fondo y sin remedio: a un planeta convertido en desierto y, además, brutal e irracionalmente sobrepoblado.

La pregunta, entonces, brota por sí sola: seguir fabricando automóviles sin tasa ni medida, ¿no es acaso contribuir de manera significativa y alarmante al agravamiento de todos estos indicadores letales? ¿No es cancelar irracional y conscientemente el futuro de la humanidad en aras de las irrefrenables ansias de ganancia de unos cuantos? ¿A quién le hace falta o a quién beneficia que sigamos atascando las calles y avenidas del mundo con ese artilugio ruidoso, voraz consumidor de combustible e incontenible emisor de gases tóxicos, devorador de todo tipo de materias primas y recursos naturales para su fabricación y, para colmo, al alcance sólo de quienes disfrutan de los más altos ingresos que son, en México y en todas partes, la ínfima minoría? ¿Cuándo nos darán la buena nueva (esa sí) de que se está revirtiendo en serio el desastre ambiental, la deforestación universal, la contaminación de los cuerpos de agua dulce, la extinción de especies y, sobre todo y por encima de todo, que en vez de televisores, computadoras, teléfonos “inteligentes”, tabletas, automóviles y demás parafernalia tecnológica, estamos produciendo en grande más y mejores alimentos, frescos, sanos y nutritivos para el hambre del mundo?

En relación con esto, oí hace poco otra noticia: en México, las micro, medianas y pequeñas empresas (MIPYMES) sobreviven sólo tres años en promedio, y la culpa se le achaca a la falta de capital, al nulo acceso al crédito, a la carencia de conocimientos y habilidades gerenciales y al casi totalmente ausente uso de los medios modernos de propaganda y promoción (redes, internet, etc.). Para mi sorpresa, nada se dijo del mercado, de la demanda potencial y solvente de la producción de las MIPYMES, de la competencia que enfrentan ni de sus costos de producción. Parece un simple descuido, pero el hecho es que se dejó intocado el verdadero talón de Aquiles de las MIPYMES, porque no hay un solo ejemplo de país en el mundo que haya salido de la pobreza y del subdesarrollo mediante la enanización de sus empresas y de sus empresarios. Y no lo hay porque la tendencia del capital no es hacia el enanismo sino hacia el gigantismo de los monopolios y de los grandes corporativos. Evidentemente, entonces, la salida contra la contaminación y contra la falta de crecimiento económico no es volver atrás, al estado primitivo de la humanidad, sino la sujeción de la economía mundial a un plan racional de división del trabajo, distribución de los recursos escasos, planificación de la población mundial y una producción ceñida a las necesidades realmente vitales e imprescindibles del hombre. ¿Podremos hacerlo? El ser humano, el “homo sapiens”, ¿será capaz de defender la sobrevivencia de su propia especie?

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