Un tema raro: la piedad humana

Aunque el espectáculo se presenta con cierta frecuencia, no deja nunca de provocar en mí los mismos sentimientos, las mismas reacciones aparentemente contradictorias pero, en el fondo, coherentes y complementarias. Me refiero al caso de los hombres que un día fueron poderosos, que hacían su voluntad y cumplían sus deseos de manera prácticamente ilimitada, fueran esos deseos y voluntad justos, legales y legítimos o un simple capricho, que se veían siempre rodeados de cortesanos y aduladores, prestos siempre a obedecer el menor de sus gestos y que los colmaban de elogios fementidos y les colgaban, viniera o no al caso, virtudes sobrehumanas y capacidades taumatúrgicas. Y que, de pronto, caen en desgracia y de la noche a la mañana ven tornarse su poder en humo, sus méritos y glorias de ayer en vicios repulsivos y acciones infames, sus virtudes maravillosas en delitos graves motivo de persecución, y a la cohorte de turiferarios en sus peores detractores, calumniadores y acusadores, que a coro y a grito abierto piden su cabeza.

Quiero advertir con toda claridad que no es la culpabilidad o inocencia de tales personas lo que provoca estas reflexiones. Estoy convencido de que, independientemente de que sean lo uno o lo otro, las reacciones que sospecho en ellas, si no ando muy errado, seguirán siendo casi exactamente las mismas. Me refiero al sufrimiento, la ansiedad, la angustia y el temor que debe apoderarse de quien se ve de pronto en tan crítica situación, sentimientos que inevitablemente debe compartir con su familia, con sus seres queridos, que a causa de él y al mismo tiempo que él, pasan súbitamente del paraíso al infierno y se ven arrastrados al abismo de la desgracia, del deshonor y de la persecución, legal o social, que para el caso es lo mismo. Todo esto, creo y repito, no depende de la culpabilidad o inocencia del acusado, sino del hecho elemental de que se trata de un ser humano, de alguien hecho de carne, huesos y sangre como todos, y, en consecuencia, que por fuerza debe tener las mismas reacciones que cualquiera ante el giro súbito, vertiginoso y negativo de su suerte y de la de todos los suyos.

Es más, estoy por afirmar que su abatimiento debe ser aún mayor que el de un hombre común y corriente en situación semejante. Porque me parece obvio que quien ha tenido una vida de éxito, holgada, cómoda, regalada, sin carencias de ningún tipo; quien se ha acostumbrado al respeto y a la obediencia de los demás, a satisfacer sus deseos y necesidades con poco o ningún esfuerzo; quien se ha habituado a mandar siempre y nunca a obedecer (o sólo en muy pocas y contadas excepciones), un mimado de la vida, en resumen, no ha podido, por lo mismo, endurecerse ante los sufrimientos y las carencias materiales, ante los rigores de la naturaleza y de la sociedad, que son el pan de cada día de la gente sin riqueza ni poder; ni ha tenido ocasión, tampoco, de mentalizarse para resistir la violencia, la brutalidad física y sicológica propias de la condición del reo, ni, finalmente, las estrecheces físicas y espirituales de la cárcel, tan duras y acentuadas en el sistema penitenciario mexicano. Por tanto, el duro viraje de la suerte encuentra en el poderoso de ayer a un ser inerme, desarmado, desvalido, incapacitado para resistir la dura prueba con serenidad, con entereza; su quiebra moral y anímica debe ser, por ello, mayor que la de un delincuente común, curtido por los golpes de la vida y los de los cuerpos de seguridad con los que tiene frecuente contacto.

Por todo ello, cada vez que ocurre un caso así, surgen en mí, inevitablemente, dos reacciones aparentemente opuestas, como ya dije al principio. La primera es de compasión y de verdadero sufrimiento por la desgracia ajena, aunque tal desgracia sea buscada o merecida. Para decirlo con las palabras que Heine dirige a los destronados dioses griegos de la antigüedad: “Mas piedad santa y compasión ardiente/de mi sensible pecho se apodera”, cuando pienso en lo que debe estar pasando el ídolo destronado y toda su familia, víctimas de los embates de la adversidad. Y esta “compasión ardiente” se trueca en ira, en sorda sublevación, cuando veo y escucho la saña, la sevicia con que se lanzan sobre ellos los medios, los cercan, los acorralan, los acosan como una jauría de feroces y amaestrados mastines; cuando veo y escucho a personajes de nuestra vida pública levantar la voz engolada y el índice flamígero para condenar apriorísticamente al acusado y pedir para él la pena capital, cuando todos sabemos que muchos de ellos son reos del mismo delito que condenan, y los que no lo son, es sencillamente porque no han tenido la oportunidad requerida. Nuestra sociedad, desgraciadamente, ha perdido la vergüenza y la capacidad de compadecerse del dolor ajeno, aunque sea el de un criminal.

Creo honradamente que la salud política del país exige terminar de raíz con la práctica viciosa e ilegal de convertir el proceso legal de personajes relevantes en un “show” mediático y en un “debate público”, como si la inocencia o culpabilidad del acusado fuera asunto de sufragio universal. ¡Basta de “pruebas y alegatos” en los medios! ¡Basta de juicios sumarios y condenas adelantadas de locutores y líderes políticos, al margen de las instancias encargadas de la impartición de justicia! ¡Respeto irrestricto a la secrecía de los juicios! ¡Respeto absoluto al dolor, al decoro moral y a la legítima privacidad de las familias de los indiciados! ¡Y que los poderosos tengan presente siempre la frase de Kempis que suele recitarse al nuevo Papa para recordarle la fragilidad del poder humano: ¡Sic transit gloria mundi!

Para terminar, diré por último que me parece totalmente insuficiente, para erradicar la corrupción de los funcionarios públicos, perseguir y encarcelar a los ladrones y prevaricadores siempre post festum, es decir, siempre después de consumada la fechoría. ¿Qué gana el pueblo, qué gana la nación en términos de recursos reales, contantes y sonantes, para elevar el bienestar de todos, con ver en la cárcel a un culpable de peculado? ¿Cuándo se ha sabido de una verdadera restitución de lo robado al pueblo de México gracias a este procedimiento “curativo”? La sana lógica diría que, si bien no debe quedar sin castigo quien saquea las arcas públicas y sólo se le descubre después de abandonar el cargo, estos casos deben ser siempre la excepción. De lo que se trata aquí no es de castigar, aunque eso sea inevitable a veces, sino de prevenir, de impedir que se lucre con el erario. Por eso, el ataque a la corrupción, la vigilancia, la denuncia, la persecución y el castigo deben recaer sobre quienes están en funciones, sobre quienes ahora, en estos precisos momentos, están “dando manotazos al cajón”, como dijo alguien. Actuar a posteriori puede gustar a los viscerales y a los vengativos, pero no dejará de ser un acto fallido en términos de verdadera justicia.

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