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Libre mercado y violencia social en EE.UU., lección para México

A nadie sorprende ya saber que en Estados Unidos ocurren verdaderas masacres de gente inocente en lugares tan insólitos como cines, centros comerciales y centros educativos de todos los niveles. Las últimas fueron las recientes explosiones ocurridas en la ciudad de Boston durante un evento deportivo, que causaron tres bajas entre el público, muchos lesionados y un generalizado clima de temor y sentimiento de inseguridad en la población. Me parece útil, frente a las explicaciones anestésicas y convencionales que  suelen ofrecerse al público, dar a conocer algunas de las tesis que expone en su libro más reciente (la traducción que consulto es de agosto de 2012) el famoso economista norteamericano Joseph E. Stiglitz, premio Nobel 2001, titulado en español “EL PRECIO DE LA DESIGUALDAD”. Dado el carácter de mi colaboración, tengo que limitarme a  las citas que considero más directamente relacionadas con mi asunto de hoy, sin pretender, ni de lejos, agotar el valiosísimo contenido del texto.

Dice, pues, Stiglitz: “Los mercados, por sí solos, incluso cuando son eficientes y estables, a menudo dan lugar a altos niveles de desigualdad, unos resultados que generalmente se consideran injustos. […] Lo que ha motivado las protestas en todo el mundo, más que ninguna otra causa, es la sensación de que los sistemas económico y político eran injustos. En Túnez, en Egipto y en otros países de Oriente Próximo, el problema no sólo era que resultaba difícil encontrar trabajo, sino que los empleos disponibles iban a parar a las personas con contactos.” Estos renglones, digo yo (A.C.M.), desmienten a los economistas colonizados del tercer mundo que siguen pensando, con la fe del carbonero, que la mano invisible y todopoderosa del mercado resolverá por sí sola todos nuestros problemas; y se ponen fuera de sí cuando alguien les dice que sólo el Estado puede instrumentar políticas efectivas en favor de una justa distribución de la renta nacional. Adicionalmente, hay aquí una denuncia del influyentismo, tan común entre nosotros, como un peligroso enemigo de la equidad y la estabilidad sociales.

Sigue el autor: “En Estados Unidos y en Europa, las cosas parecían más justas […] Quienes se licenciaban en las mejores universidades con las mejores notas tenían más posibilidades de conseguir los mejores empleos. Pero el sistema estaba amañado, porque los padres adinerados enviaban a sus hijos a las mejores guarderías, a los mejores centros de enseñanza primaria y a los mejores institutos, y esos estudiantes tenían muchas más posibilidades de acceder a la élite de las universidades”. Stiglitz desnuda aquí, sin miramientos, la falacia de que la educación, en abstracto, es siempre camino seguro para el ascenso social, pues esconde el hecho de que los estudiantes pobres están en desventaja frente a los ricos desde el arranque mismo de su proceso educativo,  desventaja social que se mantendrá a lo largo de toda su carrera. La desigualdad social que de este factor, entre otros, se deriva, explica en parte la protesta mundial de los jóvenes. Refiriéndose a los  norteamericanos, Stiglitz valoriza así sus manifestaciones: “Los estadounidenses comprendieron que los manifestantes de Occupy Wall Street (Ocupa Wall Street) estaban apelando a sus valores, y por esa razón […] dos tercios de los estadounidenses decían que apoyaban a los manifestantes […] el hecho de que los manifestantes fueran capaces de reunir, casi de un día para otro, 300,000 firmas a fin de mantener viva su protesta […] dejó las cosas claras. Y el apoyo provenía no sólo de entre los pobres y desafectos […], cabe destacar que incluso algunos policías expresaron su apoyo a los manifestantes”. Es decir, que la inconformidad que generan la pobreza y la desigualdad va más allá de los jóvenes; abarca a una buena mayoría de la sociedad norteamericana. ¿Cómo andarán, pues, las cifras en México?

 “La crisis financiera desencadenó la conciencia de que nuestro sistema económico no sólo era ineficiente e inestable, sino también básicamente injusto […], tras las repercusiones de la crisis (y de la respuesta de las administraciones de Bush y de Obama), eso era lo que opinaba casi la mitad de la población […]. Se percibía […] que era escandalosamente injusto que muchos responsables del sector financiero (a los que, para abreviar, llamaré <˂los banqueros˃>) se marcharon a sus casas con bonificaciones descomunales, mientras que quienes padecían la crisis provocada por esos banqueros, se quedaban sin trabajo; o que el gobierno rescatara a los bancos, pero que fuera reacio siquiera a prorrogar el seguro de desempleo a aquellos que, sin tener culpa de nada, no podían encontrar trabajo después de buscarlo durante meses y años (recordar FOBAPROA, sus secuelas y lo que ha seguido hasta hoy en México, A.C.M.); o que el gobierno no consiguiera aportar más que una ayuda simbólica a los millones de personas que estaban perdiendo sus hogares”. Es decir, el pueblo norteamericano percibió y condenó a tiempo la ley del embudo que aplica su gobierno: para los ricos todo, para los pobres sólo migajas en el mejor de los casos. Nadie podrá negar que, en México, esta “ley” se aplica con toda puntualidad y alegría por parte de muchos de quienes nos gobiernan, y es de esperarse que nuestra gente reaccione de la misma manera.

Los jóvenes de EEUU, dice Stiglitz “… examinan con detalle esos mismos valores (igualdad, equidad y justicia) en términos de cómo funciona nuestro sistema económico y nuestro sistema judicial, y han encontrado que el sistema tiene graves carencias para los ciudadanos estadounidenses pobres y de clase media, no sólo en el caso de las minorías, sino para la mayoría de estadounidenses de cualquier procedencia. Si el presidente Obama y nuestros tribunales de justicia hubieran declarado <˂culpables˃> de algún tipo de fechoría a quienes han llevado a la economía al borde de la ruina, tal vez habría sido posible afirmar que el sistema estaba funcionando”. Y sigue poco más adelante “… en realidad, quienes tendrían que haber sido condenados por esos hechos a menudo ni siquiera han sido inculpados…” “El sector de los hedge funds (fondos protegidos) no provocó la crisis. Fueron los bancos. Y son los banqueros los que han quedado, casi hasta el último de ellos, en total libertad”. (Cualquier coincidencia con lo que ocurre en México es pura casualidad, A.C.M.). “Los estadounidenses —dice Stiglitz- siempre han rehuido el análisis de clases; nos gustaba creer que el nuestro es un país de clases medias, y esa creencia contribuye a cohesionarnos. No deberían existir divisiones entre las clases altas y las bajas, entre la burguesía y los trabajadores. Pero si por una sociedad basada en las clases entendemos una sociedad donde las perspectivas que tienen de ascender los que están en la parte más baja son escasas, es posible que Estados Unidos se haya convertido en una sociedad basada aún más en las clases que la vieja Europa, y que nuestras divisiones actualmente hayan llegado a ser aún mayores que las de allá”. (Otra lección de realismo científico para quienes, entre nosotros, se enferman de urticaria cada vez que escuchan el término “lucha de clases”, A.C.M.).

Termino las citas con esta perla: “Si por lo menos los mercados hubieran cumplido de verdad las promesas de mejorar el nivel de vida de la mayoría de los ciudadanos, todos los pecados de las grandes corporaciones, las aparentes injusticias sociales, las injurias a nuestro medio ambiente, la explotación  de los pobres podrían perdonarse. Pero para los jóvenes indignados y los manifestantes de otros lugares del mundo, el capitalismo no sólo no está cumpliendo lo que prometía, sino que está dando lugar a lo que no prometía: desigualdad, contaminación, desempleo y, lo que es más importante, la degradación de los valores hasta el extremo en que todo es aceptable y nadie se hace responsable”. Esto es prácticamente lo mismo que ha venido diciendo el Antorchismo Nacional desde hace cuarenta años, sin que haya cosechado hasta ahora más que injurias, calumnias, amenazas de cárcel y olímpico desprecio de los “sabios” oficiales.

Stiglitz recuerda un artículo suyo en el cual pronosticó que era sólo cuestión de tiempo que las protestas masivas de los indignados europeos llegasen a EE.UU., y afirma que el movimiento “Ocupa Wall Street”  es el inicio del cumplimiento de su vaticinio. Por mi modesta parte, me atrevo a decir que los hechos de sangre casi rutinarios (incluidos los bombazos de Boston) de que hablé al principio, no son más que la natural continuación de “Ocupa Wall Street”, fruto de la tremenda crisis mundial del capitalismo de que habla el magnífico libro de Stiglitz. Y creo también que, si en México, en vez de escuchar a los inconformes, de respetar su derecho a la protesta pública y de atender sus peticiones cuando sean justificadas, se insiste en la mercenaria guerra mediática de calumnias y exigencias de cárcel para los líderes, muy pronto el país estará convertido en un polvorín. Y entonces, no habrá más remedio que nombrar Secretario de Gobernación a Ciro Gómez Leyva, para que apague el fuego que con tanto entusiasmo atiza hoy.

Tecomatlán, Puebla, a 23 de abril de 2013


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