Terrenos en Cabo San Lucas

Y todo por unos huesos que le llevamos al profesor Valdivia

Después de unas “merecidas vacaciones” vuelvo a mi ejercicio de enviar dos colaboraciones por semana

Después de unas “merecidas vacaciones” vuelvo a mi ejercicio de enviar dos colaboraciones por semana. Y como todas las cosas, como cualquier deporte, cuando dejas un tiempo de practicarlo te encuentras un poco fuera de cancha. Pero aquí estoy de nuevo. Gracias a los medios que me publican y a mis lectores que algunos me preguntaron si ya no escribía.

Cuando pasas parte de tu infancia y juventud en una comunidad rural o pequeño pueblo. Cuando menos así era antes ya que hoy no hay tiempo de nada, no observas a tu alrededor, no te interesas por las “costumbres” de los pájaros, la lluvia no tiene el mayor sentido, aunque digo, a lo mejor en los ranchos todavía se impactan por estos fenómenos.

Nací en la comunidad minera de San Luciano, cerca de Santa Rosalía. Muy chico, al cerrarse la mina, la familia fue a dar hasta Mexicali. Allá mi padre se empleó con un hacendado que tenía varios ranchos, animales, máquinas, una casa de película hasta con alberca. Le prestó una casa con una parcela en la que mi padre sembraba tomate, sandía, melón, papa, camote, chile, calabaza y una a la que llamábamos calabaza china; era una lindura con un canal donde el agua nunca escaseaba.

Mi mundo en el que mis ojos solamente sabían de cerros con piedras, metal, carritos de la mina y sus rieles, mineros y la torre de San Luciano, abruptamente cambiaron de escenario… ¡y tuve que aprender a mirar enormes sembradíos de trigo, de alfalfa, de cebada, enormes canales y maizales, cercos de púas, vacas, toros, caballos y yeguas, cochis, borregos y muchas víboras! El olor a estiércol, el olor de la leche recién ordeñada, el olor de los canales llenos de hielo en invierno, se prendieron en mi alma.

Fuimos a vivir en esa casita de techo de palma, paredes y pisos de madera, rodeada por árboles y una fila enorme de laurel, a la vera de un canal. La parcela nos dio de comer. Aparte de la casa y la parcela había algunas casas y ruinas de otras.

Allí aprendí a lidiar con toros bravos de ranchos con cerco de púas, a esquivar las víboras, los panales de abejas, perros con rabia; nunca olvidaré una pelea de caballos en una noche clara. Fue impactante ver cuando uno tomó del cuello al otro y un chorro de sangre (se vio oscuro) explotó en esa noche.

Mi padre iba por leña a los alrededores. Un día salió con una pala y un pico: voy a ver si encuentro un entierro, nos dijo. Tomó rumbo a unas ruinas de casas de adobe y se nos perdió entre las paredes. Por la tarde regresó con la pala y el pico. En esas ruinas acampaban jornaleros que trabajaban en ranchos. Luego nos comentó que un peón había sacado el entierro que él buscó. Y lo supo porque otros peones le dijeron que “fulano” había encontrado oro pues de ser un pobre diablo había puesto una tienda en la Colonia Ribera, llamada así porque en el límite de ella pasaba un canal muy ancho que siempre llevaba mucha agua.

Cerca de la casa, por las noches se miraba entre muchos eucaliptos una flama azul como veladora, que rápidamente subía entre la arbolada y bajaba a la misma velocidad. Decía mi padre que allí había un entierro. Y también fue a buscarlo.

Así mi espíritu se fue nutriendo de entierros, espantos y aparecidos.

Luego regresamos a Cachanía, pero quedé prendido en esos recuerdos.

Ya de maestro me mandaron a San Ignacio y el escenario sirvió para que reviviera el afán por los entierros y aparecidos: nos decían, en fulana parte los indios enterraron mucho oro y allá íbamos el sábado; que en el cerro Cadipá los indios trabajaban la obsidiana y dejaron algunos entierros de oro; que había que subir la montaña para ver al fondo, en la planicie, los lugares bien marcados, rectangulares, donde losCochimíes y otros grupos nómadas trabajaron la piedra. Suban el cerro y observen la planicie –nos decían- y donde vean un gran cardón quebrado apuntando el suelo, allí hay un gran tesoro, no lo pierdan de vista… y así, por mucho tiempo.

Buscábamos viejos residentes para que nos platicaran de entierros y aparecidos.

Una noche en la cantina de Luis Castro nos platicaron que “el Güero Ciénegas” (creo así le decían) en una cueva de indios había encontrado mucho oro. Como la cantina de Luis era la más visitada, al siguiente sábado encontramos al famoso Güero.

Nos platicó:  en el gran arroyo que nace en lo intrincado de la sierra hay una cueva que si la buscas por el arroyo nunca la encontrarás. Tienes que ir a “la aterrizaje” (una pequeña pista en la meseta rumbo al norte), caminarla despacio viendo la falda del gran arroyo, no impacientarse porque la cueva está muy escondida y se dificulta verla. Encontré unos esqueletos, pero no encontré oro.

El sábado, muy temprano iniciamos la aventura. Dimos como tres vueltas por la pista y nada. Por fin alguien la vio. Colocamos el auto en línea para que nos sirviera de referencia, bajamos la planicie y atravesamos el gran arroyo. Batallamos para encontrarla, pero al fin dimos con ella. Como a cinco metros de la entrada –se miraba con el sol- encontramos una superficie totalmente juqueada con grandes hoyancos. Había uno en especial, que parecía sepultura como de tres metros de profundidad. En un perímetro grande había muchos huesos humanos: costillas, brazos, manos, pies, cráneos. Todos los huesos por algún lado se miraban quemados (renegridos). También había zacate y pedazos de red como las que se usan en la pesca.

Los compañeros recogieron algunos huesos, hasta un cráneo y a mí me impresionó un fémur que se me hizo muy largo. Caminamos más adentro y cientos de murciélagos salieron en estampida. Nuestros pies se enterraron en el guano y la peste agria nos hizo devolvernos.

Regresamos a la pista y enfilamos rumbo San Ignacio y al internado de la escuela Vicente Guerrero. En la plática acordamos llevar los huesos el lunes al profe Valdivia. “Hay que poner una vitrina en la dirección” dijimos. Cada quien llevó sus huesos a su cuarto. Yo coloqué el fémur debajo de la cama.

El lunes esperamos que Valdivia llegara a la Dirección y nos encaminamos con “nuestros trofeos;” los colocamos sobre el escritorio. El profe pegó un brinco y casi tumba la silla; violentamente se apartó y nos dijo que los sacáramos de allí. Le explicamos nuestro propósito de colocarlos en una vitrina, y se negó rotundamente: “¿qué no saben que los indios murieron por una gran epidemia y el virus está enquistado y puede salir con la luz solar y el aire?” Regresamos con los huesos y los compañeros los depositaron en los tibores de la basura y yo llevé mi fémur a mi cuarto.

Se me hacía muy largo y no estaba quemado. Lo medí con un metro de madera y su longitud fue de 65 centímetros aproximadamente.

Esta medida hace suponer que su dueño tenía una altura de 2.40 m, aproximadamente. En aquel tiempo no tenía esa conclusión.

Sin tomarle mayor importancia lo dejé debajo de la cama, llegaron las vacaciones y al regreso el fémur ya no estaba.

Por allí comenté de lo extraño del hueso y a medio año llegaron unas personas a buscarme y los acompañara a la cueva del hallazgo…

Ya venían de regreso cuando desde el fondo de la planicie salió un indio como de dos metros y medio con una enorme lanza en su mano derecha. Miró el carro, se detuvo un instante, subió el brazo como para disparar. En ese momento llegaron las personas que me pidieron los acompañara, lo vieron y le dispararon. El indio emprendió una carrera como a 30 Km por hora.

Los arqueólogos regresaron al sitio, encontraron dos indios, les dispararon en las manos de las lanzas y una pierna y en redes aceradas los llevaron a la iglesia de San Ignacio. Los exhibieron frente la plaza del pueblo. A los dos días los indios dejaron que los atendieron de sus heridas y pareció que agradecían las atenciones.

A los cuatro días por el techo de la iglesia y en el patio frontal aparecieron no menos de cincuenta indios amenazando con sus enormes lanzas. Los cautivos les gritaron brincando y haciendo ademanes. Los que iban a rescatarlos bajaron las lanzas, se acercaron sigilosos, los liberaron y tomaron rumbo a la gran Sierra de San Francisco.

Para 1940 llegó un sacerdote y ordenó que limpiaran el sótano.

Entre tanta basura, tablas, camastros, cobijas, encontraron un libro sacerdotal.

El cura se recostó en una hamaca y lo empezó a leer. Allí encontró el relato que escribió un fraile Jesuitaa finales de siglo XVIII. El cura no daba crédito a que esta parte de la península estuviera poblada por indios gigantes…

Y todo por unos huesos que le llevamos al profesor Gilberto Valdivia Peña…

Alea Jacta Est.- Miembro de ESAC,. 12-04-18


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