Terrenos en Cabo San Lucas

Voces cruzadas

Juan Melgar, Arturo Meza, Miguel Ángel Avilés

Comenté en la colaboración pasada, el agradecimiento a estos tres compañeros por como se refieren a mi literatura en Ojos de madera cuchillos de vidrio, y en la novela La ciudad del canal:

cada 7 de abril  en la playa Malarrimo se levanta una densa niebla que dibuja caprichosas figuras de fantasmas, querubines, barcos piratas y el Black Warrior.

Y Miguel Ángel continúa su comentario:

“Es, entonces, la voz del abuelo sentado en el patio a lado de una fogata, que nos conversa a nosotros los lectores, como niños sentados en el suelo y con los ojos bien abiertos, la historia de un lugar que llega a la vida allá en la mitad del siglo XX, desde no sé dónde y cae así como si cayera un meteorito de sal que, un día y otro también, se fue haciendo grande y más grande y más grande hasta extenderse por todo ese lugar virgen y poblarse de conquistadores y conquistados que terminaron convirtiéndose en uno solo, para pasar de migrantes que fueron esos que ahí anclaron sus ansias empresariales, a pobladores fértiles y fructíferos que parieron hijos y le pusieron nombre a lo que no tenía. De seguro estaban locos, pues “solo los locos desquiciados aguantan este infierno helado donde el viento y el silencio parece que (los) quiere sepultar”. Pero no se pudo ni se podrá, y nadie se va a morir menos ahora, pese a los difuntos porque todos, cuando hay memoria, son inmortales. Si no lo creen, cuando lean este libro, pregúntenle a Raudel Tártaro que todavía se hace sentir en ese complejo lagunar de la Bahía Sebastián Vizcaíno.

Fue ahí donde conoció a Don Miguelito y Fidelia, su esposa y también al Pima. Pero si les sigo contando salaré este libro y nadie querrá leerlo, lástima sería porque este sueño al que nos sumergen sus páginas no son de hastío sino de una regresión que, en la medida que vas caminando en esta carretera de acaecimientos, vas espejeando un pasado de 303 páginas que García Manríquez, como voz de muchos, provoca que todos los fantasmas bailen cadenciosos en esta pista de recuerdos dibujada por la tinta de la vida y de la muerte y todo lo que pasa por en medio.

La ciudad del Canal erotiza en momentos, mata en otros, revive en el siguiente capítulo o le da de tiros a un violador cuando este cuelga del tronco de un árbol.

Sé que una vez iniciado, no te querrás ir de esa rueda de niños sentados en el suelo porque te carcome la curiosidad por saber del sacrificio de los primeros pobladores de este canal de polvo y luego cemento. Iras De sur a Norte o al revés, como si andaras una avenida de ida y vuelta. Del pasado al presente o viceversa como una hipnosis, para que el lector sonambulizado, vaya de la mano de Raudel y conozca, como él, todas las etapas de su pueblo.

Zarpen así, en este libro,  y vayan de la popa a la proa y en seguida quédense en cubierta , como si estuvieran mirando, convertidos en siluetas o en voces preñadas de ventisca y sal ,  un mapa de recuerdos desde el Black Warrior, para decir, con la agitación devota de un Testigo de Jehová y al mando del capitán Bobby García:

Atraquemos: porque llegó la hora de iniciar la cuenta larga de las fantasías y los mitos. ¡Atraquemos!” Mi correo: raudel_tartaro@hotmail.com

PASEMOSEL RUBICÓN: El compañero Ramón Cuéllar, en Radio Universidad me preguntó que si cuál era el libro que más quería, el más sentido, el de mayores satisfacciones. Y no me digas que todos, porque no es cierto, me dijo. Y le contesté con la sentencia del proverbio profético: “en la vida hay que escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo.”  Ya planté varios hijos, planté árboles y he escrito libros: Compañero, La ciudad del canal y esta crónica –la de ojos de madera- son los que han recorrido mi piel, mis pensamientos y mis soledades. Hay que escribir para dejar constancia de saber, hay que plantar un árbol para que dé sombra y pueda dar frutos, y hay que tener un hijo para que en la vejez nos cuide y al morir sea nuestro legado.” Es como la adivinanza de la esfinge: Cuál es el animal que anda en cuatro patas en la mañana, en dos en mediodía y en tres por la tarde. El que no la adivinaba moría al instante. Tiene relación con el proverbio del libro, el árbol y el hijo. El ser humano al nacer gatea, luego camina sin gatear y ya viejo se apoya en un bastón. Plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo, son connotaciones que derivan en la acción superior del humano. Es tener los tres saberes: Saber hablar, saber leer  y saber escribir.

Los  padrinos de Ojos de madera y La ciudad del canal, Juan Melgar, Arturo Meza y Miguel Ángel Avilés, tienen los tres saberes…

Los tres maderos siguen atentos a la cuenta larga de los barcos que no encuentran su atracadero. Atentos a la cuenta larga de las fantasías y los mitos…Alea Jacta Est. 21-06-16


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